sábado, 18 de febrero de 2017

Una alternativa de izquierda es necesaria



Una alternativa de izquierda es necesaria

Luis Paulino Vargas Solís

Como pocas veces en mucho, mucho tiempo, el mundo está urgido de una alternativa de izquierdas. Una alternativa viable y persuasiva; cercana y entrañable a la gente de a pie. Pero, sobre todo, radicalmente democrática. Y es esta una necesidad aún más urgente, precisamente porque la crisis económica, política y cultural que asola al mundo entero –y en especial al occidente capitalista, rico y opulento–  está provocando una peligrosísima involución hacia propuestas de tintes claramente nazi-fascistas: intolerantes, xenofóbicas, misóginas, racistas, homofóbicas, tóxicamente machistas y violentas, rabiosamente enemistadas con la ciencia y el raciocinio. Y, tengámoslo claro, ello vale también para Costa Rica, donde están dadas condiciones que podrían favorecer el ascenso de demagogos provenientes de la derecha más recalcitrante.

Falsos redentores e izquierdas embaucadas

La figura icónica por excelencia de este ascenso de un fascismo trajeado de respuesta popular frente a la crisis, es Donald Trump. A él se han confiado las clases trabajadoras blancas estadounidenses, imaginándolo la respuesta ante la devastación que la globalización neoliberal ha traído a sus vidas. Pero, además, hay sectores nada despreciables de las izquierdas en el mundo entero, que se han sentido entusiasmados con Trump y que, inclusive, lo percibe como líder de un movimiento progresista. Lo cual resulta particularmente grave, ya que ello refleja una terrible confusión ideológica y una distracción de la fuerza que esos sectores representan a favor, paradójicamente, de una opción retrógrada y oscurantista.


No me extenderé mucho sobre ese punto, y tan solo lo ilustraré en relación con un detalle: el nacionalismo que Trump pregona, y que tan seductor ha resultado para esos sectores de izquierda que he mencionado, es del tipo más reaccionario que cabe imaginar. Un nacionalismo que se alimenta de una ideología xenofóbica y racista y que, asimismo, reivindica la identidad, no como factor que posiciona y concede un lugar respetable en un mundo diverso y multicolor; solidario e inclusivo, sino como fuerza que alimenta el odio a quien es distinto y establece un adentro y un afuera, entre quienes sí valen y quienes del todo son desechables. En esto, como en muchas otras cosas, Trump representa una negación violenta de cualquier ideario de izquierda que merezca respeto. O, como mínimo, el ideario de una izquierda de nuevo tipo, radicalmente otra, y, por lo tanto, dispuesta a reivindicar en forma radical, los valores de la vida, la paz, la democracia, la libertad, el pluralismo, la solidaridad, el respeto, la justicia y la inclusión, como pilares indispensable en el proceso emancipador que construya un mundo en el que, efectivamente, “todas y todos quepamos”.



Costa Rica: el riesgo de una involución neofascista

El coctel está servido y es peligroso: profundo descrédito del sistema político, de la institucionalidad democrática, los partidos y sus dirigencias; gran insatisfacción con las instituciones públicas y con la calidad de sus servicios; grave desprestigio de las burocracias públicas (en parte merecido, pero sobre todo inducido por una campaña mediática realmente obscena). Pero, además, la gente –y sobre todo la gente más humilde– siente que la economía no le responde; que el dinero (independientemente de qué tan baja sea la inflación) no les alcanza, que no hay empleo, que la incertidumbre económica es cada vez más atenazante. La desigualdad social asimismo produce mucha indignación, lo cual pasa también una factura al funcionariado público, que tiende a ser percibido –a partir de una generalización abusiva– como relativamente privilegiado.

Todo esto es, claramente, combustible para la muy inflamable demagogia de derechas. Los mal llamados partidos “libertarios” –ahora en versión duplicada– son insignes voceros de ese discurso oscurantista, de lo cual es excelsa muestra el pretendido referendo sobre RECOPE, una propuesta mentirosa, manipuladora e irresponsable. Pero hay más. También en sectores de la Unidad, pero sobre entre algunos “outsiders”, esos arribistas que estimulan el odio a la política para así apropiársela y desde ahí promover sus agendas de intolerancia y retroceso. Es lo que hizo Trump en Estados Unidos o Farage en Reino Unido. Lo que quiere hacer Le Pen en Francia y sueñan con lograr Juan Diego Castro y algunos otros en Costa Rica.

Las izquierdas: viejos y nuevos discursos

Las izquierdas deberían concebirse a sí mismas como heraldos y portadoras de un proyecto político de emancipación. Lo cual comportaría exigencias morales, intelectuales y afectivas máximas, en términos de una adhesión radical a la verdad, al respeto a la dignidad de la vida humana y de la vida de la naturaleza, como también una opción radical por la democracia y la libertad. Esto tiene múltiples, complejas y ricas implicaciones. Imposible tratar de desarrolla esas ideas aquí. Tan solo lo ilustraré diciendo que, a mi entender, la adhesión a cualquier gobierno, líder o partido, ha de pasar necesariamente por el tamiz de la comprobación de esa fidelidad a ese proyecto emancipador, sin quedar sujeta –como sin embargo sigue siendo frecuente– a criterios de mero realismo político. Porque, desde esta perspectiva, el poder político no es un objetivo en sí mismo, sino tan solo una herramienta para promover la emancipación social. El poder por el poder mismo, es solo un mecanismo de dominación. De lo que se trata, todo lo contrario, es de intentar la disolución de todas las formas de opresión, para construir así sociedades y seres humanos realmente libres. Pero, eso sí, sin perder de vista el sino inevitable de nuestra limitación e imperfección humanas. Lo cual podría resumirse en: aspiramos a lo mejor que esa fragilidad humana nos permita, pero bien sabemos que la perfección no está a nuestro alcance. Entender esto es indispensable para prevenir nuevas (o viejas) formas de dictadura y violencia. Aun haciendo lo mejor que podamos, no evitaremos el fallo. Y esto debe ser reconocido con humildad.

Pero la emancipación  no se logra sino es con la gente misma: a su lado, hablado su lenguaje; tratando de entender sus ideas; intentando sentir sus sentimientos. Resulta entonces patética la inconsistencia de izquierdas que se dicen “defensoras del pueblo”, no obstante lo cual lo tildan de estúpido mientras lo miran con desprecio desde la altura de su púlpito de iluminados.

La emancipación se construye dialógicamente, mirándose a los ojos en un cara a cara franco y respetuoso. No hay de otra. Es, primero que nada, una enorme tarea educativa y de cambio y elevación de conciencias, que exige capacidad persuasiva y de comunicación y respeto absoluto por las inquietudes y demandas que cada quien exprese. Por otra parte, y tratándose de una realidad social compleja y extremadamente dinámica, ello inevitablemente exige lenguajes nuevos, máxima creatividad y una enorme capacidad de adaptación, según la diversidad de circunstancias a las cuales hay que enfrentarse y frente a las cuales se requiere gran energía propositiva.

No se trata de repetir los grandes discursos que la ortodoxia de izquierda prescribe como liturgia obligatoria. Se trata, en cambio, de articular mensajes comprometidos hasta el tuétano con la verdad, pero que expresan esa verdad en un lenguaje amable, que despierte la inteligencia, toque la afectividad y gane el corazón de la gente, y sobre todo de la gente más humilde.

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