martes, 23 de agosto de 2016

Empleo en Costa Rica: una tragedia que no admite maquillajes



Empleo en Costa Rica: una tragedia que no admite maquillajes
Luis Paulino Vargas Solís

Repasemos brevemente aspectos relevantes en relación con el comportamiento de los datos del empleo en Costa Rica:

-         En el primer trimestre de 2014, y según datos de la Encuesta Continua de Empleo (ECE) del INEC, habían 2 millones 310 personas que conformaban la “fuerza de trabajo” es decir, la población que tenía un trabajo remunerado o, caso de no tenerlo, lo estaba buscando. Dos años y tanto después, ese número nunca fue superado. Hasta el segundo trimestre de 2015 los datos tienden a estancarse un poco por debajo de la cifra indicada. Pero a partir de ahí lo que se observa es, ya no un estancamiento, sino una clara tendencia a la reducción. Así, y por cuatro trimestres seguidos –hasta culminar el II trimestre 2016 que es el dato más reciente disponible– el total de personas que conforman la fuerza de trabajo va reduciéndose de forma gradual pero sostenida. Nos encontramos entonces que, al comparar el II trimestre de 2016 con el II trimestre de 2015, se registra una reducción de la fuerza de trabajo del orden de 148 mil personas, equivalente a un -6.4% (si comparásemos con el dato correspondiente al I trimestre de 2014, la reducción sería de -6.7%).

-         Con la población ocupada –la que efectivamente sí está trabajando remuneradamente– nos encontramos con tendencias muy similares. Entre el I trimestre de 2014 y el II trimestre de 2015 los datos muestran un estancamiento, y a partir de este último trimestre, y por cuatro trimestres seguidos hasta llegar al II trimestre de 2016, una sostenida tendencia descendente. En total, entre el II trimestre de 2015 y el II trimestre de 2016, esa población ocupada se reduce en casi 133 mil personas, un -6.4%.

-         Y, sin embargo, en este mismo lapso no deja de crecer el total de la población en condiciones y edad de trabajar (mayores de 15 años). Eran 3 millones 628 personas en el primer trimestre de 2014, hasta llegar a 3 millones 772 mil en el segundo trimestre de 2016. Un crecimiento total del 4% en ese lapso de poco más de dos años.

Imposible no subrayar el hecho contradictorio de que el aumento en la población en condiciones de trabajar, se vea acompañado de una reducción de la fuerza de trabajo y de la población efectivamente ocupada. O sea: hay más gente en capacidad de trabajar, pero menos gente que lo hace.

Pero la cuestión se vuelve más “interesante” –si cabe el término– cuando diferenciamos entre hombres y mujeres. Lo cual se sintetiza en estos datos (en todos los casos comparo el segundo trimestre de 2016 con el segundo trimestre de 2015):

-         El número de mujeres con una ocupación remunerada se reduce en -10.5%; en el caso de los hombres la reducción es de -3.8%.


-         Si observamos las personas con trabajos formales (con seguridad social, empresas inscritas legalmente, etc.), la reducción es bastante similar en mujeres y hombres: -2.0% y -1.9% respectivamente.

-         Pero si dirigimos nuestra atención a empleos informales, que son más precarios y de inferior calidad, la reducción en el caso de las mujeres es muy pronunciada: un -19.6%. Entre los hombres la reducción es de -6.3%. En el dato global la reducción es -11.8%.

Evidentemente este problema sobre todo tiene cara de mujer; son ellas, más que los hombres, las que se salen del mercado laboral.

Por su parte, el semanario El Financiero (edición del 22 al 28 de agosto) dedica un reportaje a este tema, y, apelando a datos del INEC, nos ofrece una explicación muy tranquilizadora: básicamente nos dicen que simplemente las mujeres quieren “retornar al hogar” y dejar los trabajos fuera de casa. Con seguridad esto es falaz y entraña claramente un intento por dulcificar una realidad muy cruda y dolorosa. La mejor manera de constatarlo es observando que el movimiento de retiro de los mercados laborales, proviene fundamentalmente del mundo de los trabajos informales. De hecho, en el período en consideración (el año comprendido entre los segundos trimestres de 2015 y 2016), 76 mil mujeres y 34 mil hombres que trabajaban en la informalidad, se retiraron del mercado laboral. El retiro desde empleos formales se da en menor cuantía: casi 14 mil hombres y más de 8 mil mujeres.

En el caso de las mujeres, ese retiro se ve “facilitado” (¿?) por el lugar que la sociedad patriarcal les asigna en el mundo doméstico. En general, esa posibilidad está vetada para los hombres, que en mayor grado tienen la obligación, culturalmente impuesta, de ser proveedores de la familia. Pero a estas alturas, suponer que ese “regreso al hogar” es algo que se asume por gustosa decisión resulta tremendamente forzado. Lo que hay, con seguridad, es un sentimiento de insatisfacción y fatiga –incluso de desesperación– frente a un panorama del empleo que, por ya largos nueve años, no ofrece perspectiva alguna de mejoramiento. Se deserta de los mercados labores por cansancio, desilusión y hartazgo.

En la misma edición de El Financiero se incluye un reportaje titulado “Auge en las zonas francas”. Datos mostrados gráficamente señalan que ahí se emplean menos de 80 mil personas. Cualquiera sea el parámetro de comparación que utilicemos, esa cifra resulta casi ridícula…y eso que están en “auge”. Pero no olvidemos además que, igual que ese periódico hace un panegírico de tales zonas francas, el gobierno de Costa Rica las considera pieza  clave en su engranaje de políticas económicas.

Entretanto, altas autoridades del gobierno, incluido el presidente Solís, atribuyen los graves problemas del empleo a una inadecuación entre las calificaciones que las empresas demandan –sobre todo las de zona franca– y las que la gente efectivamente posee. O sea, las culpables son las propias personas por no tener las destrezas que deberían tener. Eso no solo es cruel e inhumano, sino también insostenible, porque esas empresas que demandan cierta calificación, tan solo generan una cuota muy limitada de empleos. Los datos sobre las zonas francas –en pleno “auge” según El Financiero– lo ratifican una vez más.

Está clarísimo que, si de resolver los problemas del empleo se trata, la estrategia económica vigente no ofrece salida ni solución. Hay que dejar de culpar precisamente a quienes sufren ese terrible flagelo, y tener el coraje de emprender una reorientación en profundidad.

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sábado, 6 de agosto de 2016

Costa Rica ante la economía mundial: lo que el viento se llevó




Costa Rica ante la economía mundial: lo que el viento se llevó
Luis Paulino Vargas Solís

¿Por qué la economía mundial no logra salir del bache depresivo en el que quedó atrapada tras la fase aguda de la crisis en 2008-2009? Las razones son seguramente diversas y muy complejas, e incluyen el factor político en lugar destacado, sobre todo en relación con el catastrófico abordaje que se le ha dado a la crisis de las deudas públicas europeas, con toda la secuela de devastadores efectos que ello ha tenido, lo cual, de paso, evidencia que siguen dominando teorías económicas comprobadamente fallidas. Pero algo más, no estrictamente político o ideológico, sino más bien enraizado en el funcionamiento del capitalismo global de hoy día, parece subyacer a ese estado de anemia crónica.

Dos tesis me parecen especialmente fructíferas para tratar de entenderlo. La de Yanis Varoufakis sobre la atrofia del mecanismo global de reciclaje de excedentes (que él ha metaforizado como el “Minotauro global”), y la Michael Hudson acerca de la deflación de las deudas.

En resumen, la tesis de Varoufakis propone que el capitalismo del período posterior al decenio de los setenta del siglo XX se movía jalado por la dinamo que le proporcionaban los dos grandes déficits gemelos de la economía estadounidense: el de su cuenta corriente de la balanza de pagos y el déficit fiscal. Estos déficits eran financiados –sobre todo al avanzar los años noventa y en el inicio del siglo XXI–  por los superávits de China, Japón y Alemania.  Ello alimentó tanto la maquinaria planetaria de la especulación financiera centrada en Nueva York y, secundariamente, en Londres, a la vez que generaba la demanda que mantenía en movimiento las economías. Los traumáticos acontecimientos de 2008-2009 posiblemente cortocircuitaron la capacidad de los grandes centros financieros para movilizar aquellos excedentes y generar desde Estados Unidos la demanda que nuevamente ponga en marcha las economías. Lo acaecido, de muy grandes consecuencias, podría quizá ser irreversible.

Por su parte, Hudson centra su atención en el dominio adquirido por los bancos y los circuitos de endeudamiento que éstos ponen en marcha, concomitantes al freno que se aplica sobre los ingresos de los grupos medios y las clases trabajadoras, durante el período de dominancia neoliberal. La deuda –en países ricos pero no solo en éstos– permite sostener una ilusión de riqueza, asociada sobre todo a la vivienda, para así mantener vivas ciertas aspiraciones de consumo. De donde surge una suerte de “esclavitud de la deuda”  que, a la larga, tiene un efecto contrario al esperado: la gente y las empresas se ven en la necesidad de limitar su demanda de consumo e inversión, por la presión ascendente del “apalancamiento” acumulado. De ahí la deflación de la deuda que frena la dinámica de las economías.

Todavía podríamos mencionar una tercera tesis: la de Michael Roberts sobre la baja rentabilidad como explicación de la desfalleciente inversión empresarial (la hipótesis marxista acerca de la “tasa descendente de la ganancia”). Siendo verdad que, en general, la rentabilidad empresarial anda golpeada en todos lados (al menos en el ámbito productivo) no es tan claro que las razones de tal cosa sean las que Roberts sostiene.

Las tesis de Hudson y Varoufakis  son a mi juicio las más esclarecedoras y ambas apuntan hacia problemas de gran envergadura, de muy difícil resolución. Cuando vemos la crisis a través de estos lentes, diversos aspectos de la evolución de la economía costarricense durante el período que inicia en 2008 se vuelven más claros. Brevemente:

1) La revalorización sostenida y de largo plazo del colón frente al dólar –que empezó a manifestarse en 2006– claramente refleja el dominio de los mecanismos financiarizados a que estos dos autores hacen referencia y, en especial, la hegemonía de la deuda, que en nuestro caso se visibiliza a través de la masiva entrada de capitales (tanto financieros como de inversión directa) y el círculo local de endeudamiento a que se da lugar, en gran parte en moneda extranjera y sobre todo en el ámbito de las familias.

2) Esa revalorización daña la competitividad de los sectores productivos en mayor grado integrados a la economía nacional y que más valor agregado incorporan: lo mismo en el sector exportador que en el que compite con importaciones, con inevitables consecuencias negativas sobre el empleo y la inversión empresarial productiva.

3) Los sectores exportadores menos afectados por esa revalorización tendencial del colón –como sería el caso de las zonas francas– entran en un claro proceso de declive, sobre todo a partir de 2012, lo cual posiblemente refleja el hecho de que, en efecto, los mecanismos globales de reciclaje de excedentes (la tesis de Varoufakis) se averiaron, frenando en consecuencia el comercio mundial y, en especial, la demanda originada en Estados Unidos, de la cual se alimenta la actividad de zona franca.

4) La banca costarricense en buena medida refleja las pautas dominantes a escala mundial; incentiva el endeudamiento privado a lo interno, y elude el financiamiento productivo a favor de otros negocios, más fáciles y, finalmente, más especulativos.

5) La atonía de la economía mundial en algunos aspectos favorece a la economía costarricense, sobre todo por la caída de los precios de materias primas, en especial el petróleo. Ello ha propiciado una cierta recuperación del consumo. Pero las tendencias de fondo siguen vivas y actuantes y se manifiestan en una empobrecida dinámica de la economía nacional (la cual crece entre 30 y 40% por debajo de sus tendencias previas a 2008). He ahí una de las razones principales –no la única pero sí una muy importante– detrás de la perpetuación del problema fiscal, dado el trasfondo de crónica debilidad de la economía nacional.

Incluso organismos internacionales como el FMI admiten que la debilidad de la economía mundial persistirá durante algunos años más, aunque sin aportar ninguna explicación convincente. Entretanto el Banco Central de Costa Rica augura para 2016 y 2017 menores entradas de capital, lo cual quizá sea resultado de la fatiga inducida por el bajo crecimiento de la economía costarricense por ya tantos años consecutivamente, lo que reduce las oportunidades de rentabilidad a disposición de esos capitales.

La estrategia de desarrollo actual en Costa Rica fue pensada –con no muy buena fortuna por cierto– para el mundo pre-2008. El viento se llevó ese mundo. Necesitamos replantearnos las cosas.

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domingo, 24 de julio de 2016

Proyecto del agua: más allá de la novela de terror y ciencia ficción



Proyecto del agua: más allá de la novela de terror y ciencia ficción

Luis Paulino Vargas Solís

Desde hace meses vengo leyendo (y escuchando) críticas muy encendidas contra el proyecto del agua. Yo, la verdad, no tenía una posición formada sobre el tema, aunque sí me preocupaban los graves defectos que se le atribuían. Ya para entonces, sin embargo, algo en tales cuestionamientos me generaban mucho malestar: los encendidos ataques personales en contra de quienes lo promovían, en muchos casos personas que respeto mucho. A mis ojos eso desacreditaba –y no poquito –los cuestionamientos planteados. Y no solo por el atropello gratuito a esas personas. También, y de hecho más importante, por las rajaduras y resentimientos en los sectores progresistas y de izquierda que ello provocaba –y hasta el día de hoy– lo cual reedita una vieja historia en las izquierdas costarricenses: los círculos viciosos autodestructivos, que imposibilitan el avance de ninguno proyecto progresista viable y facilitan que la hegemonía neoliberal y conservadora conserve plena vigencia.

Un buen día me senté a leer el proyecto. Y de entrada me llevé una gran sorpresa. Es que una de las críticas reiteradísimas que yo había leído, era la que afirmaba que se había eliminado la disposición de que el agua debía estar disponible “en cantidad y calidad adecuadas” ¡¡¡Pero si precisamente ÉSO es lo que se dice en el primer artículo del proyecto!!! Un enorme signo de interrogación se me pintó en mi cabeza a partir de ahí, el cual iba más allá del disgusto provocado por la degradación –por completo innecesaria– hacia el insulto personal.

He seguido leyendo los cuestionamientos, y noto que hay como una especie de explosión demográfica. Se multiplican fuera de todo control. Sobre todo es llamativo el intento por construir escenarios apocalípticos y de catástrofe, que se asegura serían las consecuencias derivadas de ese proyecto, especialmente en relación con el concepto de “bien económico” mencionado en un inciso del artículo 2. Una vez traspasado ese umbral, resulta imposible tomarse en serio lo que se diga.

Muchas críticas son jurídicas. No puedo opinar al respecto. Acaso sean valederas. Acaso no. Que lo digan los expertos. Los cuestionamientos en cuanto al contenido del proyecto muchas veces se reiteran alrededor de cuestiones totalmente opinables (por ejemplo: ¿qué es mejor? ¿Que la gestión del agua esté en manos del MINAET o de SENARA? Hay que ser superlativamente “carga” para dar una respuesta concluyente, puesto que SENARA mismo no tiene, ni de lejos, un historial impecable). Como ya lo adelanté, el ataque se centra en los conceptos de “valor económico” y “bien económico”, sin los cuales no quedaría mucho por decir y de donde surgen apocalípticas predicciones de mercantilización y privatización del agua.

Aclaremos: “bien económico” y “mercancía” no son necesariamente conceptos sinónimos. Lo ilustro con el siguiente ejemplo: las papas producidas por una campesina para el consumo suyo y de sus dos niños ¿es un "bien económico"? Sí, claro que lo es porque su producción conllevó trabajo humano y uso de diversos insumos y herramientas. Hay costos de producción y hay una actividad económica que hace posible disponer de las papas que nuestra campesina y sus hijos consumirán. Ese "bien económico" llamado "papas" ¿es una mercancía? No, claro que NO. Es exclusivamente un "valor de uso" siendo también un "bien económico". No es "valor de cambio"; no es mercancía; no se vende en el mercado. O sea: "bien económico" y "mercancía" no necesariamente son lo mismo. De hecho, por milenios la humanidad  produjo “bienes económicos” que solo excepcionalmente se transformaban en mercancía, cuando en su mayor parte eran simplemente valores de uso compartidos, regalados o simplemente distribuidos para atender diversas necesidades humanas, sin que nunca adquiriesen estatus de mercancía.

Ahora bien, ¿decir que el agua es un “valor económico” y “un bien económico” la transforma en mercancía? Veamos.

Primero que nada, una precisión: en rigor no es correcto decir que el agua es un derecho humano. Lo que es un derecho humano es la provisión de agua “en cantidades y de la calidad adecuadas”. Lo cual inmediatamente advierte acerca del hecho de que garantizar ese derecho conlleva costos: trabajo humano; materiales, equipos, instalaciones, laboratorios, etc. Inevitablemente hay un “valor económico” que hace que el agua sea un “bien económico” en el sentido de que su provisión conlleva costos.


Que sea un bien económico no significa que sea mercancía. De ninguna manera. Significa que es ineludible cargar un precio o tarifa sobre el agua, lo cual no excluye la posibilidad de subsidiar a los más pobres. Nada obliga a que ese precio conlleve ganancia en sentido capitalista, ni que resulte de un proceso productivo donde se generó “plusvalía”, si es que se prefiere expresarlo en términos marxistas. Ese precio o tarifa debe reflejar el costo promedio de llevar un litro de agua al tubo de la casa, incluyendo la depreciación más un plus que financie las inversiones para mejorar y ampliar el servicio, preservar mejor el agua, etc. Y ni un céntimo de ganancia capitalista.

Hay quienes agregan que el reconocimiento de un costo económico es también una forma de visibilizar la escasez del agua. Creo que aquí hay un error, porque ello conlleva la idea (propia de la economía neoclásica) de que los precios son indicadores de escasez y cumplen una función de racionamiento. Si bien en otros casos eso puede ser correcto, no lo es en el del agua ya que implicaría admitir incrementos de precios cuando por alguna razón el agua escasee.

Eso es inaceptable desde el momento en que se reconoce el agua como derecho humano, pero además innecesario en el tanto existan los mecanismos políticos adecuados. Serán éstos últimos los que se encarguen de racionalizar el consumo de agua, desde dos criterios estrechamente relacionados: a) el agua como derecho humano; b) la prioridad del consumo humano. Felizmente ambos criterios están claramente estipulados en el proyecto, de una forma tal que delinean sin equívocos el espíritu que, en lo fundamental, lo anima. Por ello mismo, y más allá de las fantasiosas historias de terror construidas alrededor del concepto de “bien económico” y todo el simplismo exacerbado que pretende reducir el proyecto a ese solo y aislado inciso, esa racionalidad de fondo de la propuesta, hace sumamente arduo y difícil ningún intento de privatización y mercantilización del agua.

No discuto una cosa: este proyecto pudo haber sido mejor de lo que es. Y, en efecto, hay cuestionamientos que son válidos, aunque éstos no alcanzan a subvertir ese espíritu fundamental que le anima. Por ello creo que es mejor aprobarlo que no aprobarlo. Difícilmente se logrará, en muchos años, aprobar otra ley del agua cuanto menos equiparable con esta. Pero si se aprobase, de inmediato debe empezar la lucha para enmendar lo que requiere corrección y mejora.