jueves, 23 de octubre de 2014

Crisis fiscal y estancamiento económico: Costa Rica una economía en depresión



Crisis fiscal y estancamiento económico:
Costa Rica, una economía en depresión

Luis Paulino Vargas Solís

El 20 de octubre pasado La Nación publicó una nota titulada “Gasto de consumo de las familias pierde potencia”. Varios indicadores son examinados para dejar en evidencia lo que, en todo caso, viene siendo obvio para cualquier analista económico medio informado: que el gasto de consumo de familias y personas ha venido perdiendo fuerza, dentro de un movimiento declinante que empieza a manifestarse en 2010 y el cual, por lo tanto, se ha prolongado por un período extenso sin que, a la fecha, muestre signos de mejoría. Al día siguiente, ese mismo medio publicó una nota que hace referencia al modestísimo ritmo de crecimiento de las exportaciones. Si uno se remite a la página web del Banco Central, podrá confirmar que éste es un fenómeno que empezó a manifestarse desde tiempo atrás. En los años posteriores a 2009 las exportaciones no lograron recuperar su dinamismo previo a ese año, pero, en particular, en los últimos dos años han quedado prácticamente estancadas. Si revisamos la información atinente a inversión de las empresas (según el indicador “formación bruta de capital”), se notará que también esta variable muestra un comportamiento declinante.

Las razones de por qué ocurren tales cosas son diversas. En el caso del consumo de las familias inciden con seguridad dos factores: el agudo deterioro del empleo y el trazo declinante que el poder adquisitivo de los salarios viene dibujando por ya varios años. No sabemos si podría estar incidiendo también el peso de un endeudamiento acumulado que, llegados al momento actual, obliga a un ajuste restrictivo del gasto familiar. Probablemente hay también hay un factor subjetivo: la gente se siente insegura y teme por su futuro, lo cual la lleva a ser más comedida en su gasto. No es, sin embargo, algo antojadizo, ya que, como he indicado, detrás está la realidad de una muy mala situación del empleo y un deterioro tendencial y acumulativo del poder adquisitivo de los ingresos familiares. Imposible entonces no sentirse pesimistas.

El débil comportamiento de las exportaciones es seguramente consecuencia de un par de factores: el estancamiento general que padece la economía mundial, incluyendo los principales mercados de las exportaciones de Costa Rica, y, a la par, el alto grado de sobrevaloración del colón frente al dólar. Lo primero recorta el dinamismo de la demanda proveniente del mundo; lo segundo eleva los costos relativos de las exportaciones y las pone en riesgo de perder mercados.

Aunque siempre hay sectores a los que les va mejor, lo cierto es que todo esto demarca un contexto general poco propicio para muchas empresas, las cuales seguramente perciben que sus ventas no van bien y que, por lo tanto, sus ganancias no se mueven como quisieran, siendo que, además, aquellas que compiten con productos importados, también sufren el castigo de la sobrevaloración del colón frente al dólar. Y aunque no es infrecuente que las empresas traten de resolver el problema mediante una presión laboral más intensa y jornadas más largas (es a eso a lo que en Costa Rica llaman “eficiencia”), y procuran además contener los salarios, al cabo esos mecanismos resultan dañinos. Ello es así puesto que la resistencia física y mental de las personas trabajadoras no es infinita y su motivación y productividad declinan cuando se abusa de su esfuerzo y capacidad. Pero, además, la opción de restringir los salarios actúan como un bumerang: se deteriora el poder adquisitivo de las personas, lo que a su vez incide negativamente en el consumo y, por lo tanto, frena las ventas de muchas empresas.

En vista de todo lo anterior, no es de extrañar que también en las empresas cunda el pesimismo, lo que las hace más cautelosas a la hora de decidir sobre nuevas inversiones. Ello se refleja en los datos no muy halagadores de la “formación bruta de capital”.

O sea, el panorama económico general está dominando por un humor sombrío y, a la vez, está afectado por un cúmulo de factores económicos de signo negativo. Ello da lugar a una suerte de círculo vicioso: produce un crecimiento económico muy bajo con graves problemas de empleo, todo lo cual a su vez incide en que el deterioro de las expectativas continúe y el estancamiento se prolongue.

Es razonable pensar que la economía de Costa Rica atraviesa una fase de depresión económica que ya se prolonga por siete años (empezó en 2008). Habló aquí de depresión en un doble sentido: por el largo período implicado y porque durante todo ese tiempo el desempeño de la economía se mantiene, de forma sostenida, por debajo de sus estándares históricos. Pero con un agravante adicional: en los últimos dos años -2013 y 2014- la debilidad económica da signos de agudización.

Desde 2009 el déficit fiscal se sitúa en niveles considerables y tendencialmente crecientes. Ya son seis años consecutivos y, con mucha seguridad, su persistencia, e incluso su tendencia a agravarse, en buena medida se deben a la debilidad general de la economía, ya que ello incide negativamente sobre los ingresos que el gobierno recauda. Pero incluso en presencia de tal déficit, la política fiscal se ha esforzado por contener al máximo sus gastos de consumo y sus inversiones, lo cual se refleja claramente en las estadísticas de cuentas nacionales. De manera que tampoco la demanda que el gobierno crea  tiene un efecto estimulante apreciable sobre la economía, ya que se la mantiene encorsetada tanto como se ha podido.

Si el anterior análisis es correcto, ello debería conducir a tres conclusiones principales:

a)    La “austeridad fiscal” tan solo recortaría adicionalmente el muy disminuido empuje de la economía, arriesgando, incluso, aproximarla a los límites de la recesión abierta;

b)   Al debilitarse aún más la economía, con ello se debilitarán adicionalmente los ingresos tributarios del gobierno, por lo que, en vez de aminorarse, el problema del déficit fiscal podría agravarse;

c)    Es tarea urgente explorar y poner en marcha nuevas alternativas de política pública, orientadas a la dinamización de la economía, para romper el círculo vicioso de la depresión económica, generar empleos abundantes y de calidad y disminuir el déficit fiscal de una forma sostenible.

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lunes, 20 de octubre de 2014

Seguro social para parejas homosexuales ¿A brinquitos se conquista el Everest?



Seguro social para parejas homosexuales
¿A brinquitos se conquista el Everest?

Luis Paulino Vargas Solís

Al revisar el historial del movimiento de las diversidades sexuales en Costa Rica a lo largo de los últimos años, parece dibujarse un patrón que ha adquirido cierta regularidad. Dos parecen ser sus características más notables: (a) los picos de transitoria agitación espasmódica seguidos de fases prolongadas de aletargamiento; (b) una concepción política fragmentaria que imagina un proceso de lucha dividido en muchos pequeños avances.

Lo primero –los momentos de agitación- generalmente obedece a factores externos al propio movimiento. En los últimos años vimos unos tres episodios de ese tipo: en relación con el referendo que algunos sectores impulsaban para que se decidiera por voto popular sobre algunos básicos derechos humanos que este colectivo reclama. Luego a propósito del nombramiento de Justo Orozco como presidente de la comisión legislativa de derechos humanos. Creo recordar que hubo un tercer momento de ebullición relativamente intensa a propósito de algunas manifestaciones públicas muy insultantes por parte del mismo señor Orozco.

Es posiblemente cierto que ese rasgo espasmódico está presente también en algunos otros sectores, pero no sería descabellado pensar que, por razones culturales e históricas, ello tiende a manifestarse con más agudeza en el caso de las diversidades sexuales. El caso es que los  breves momentos de intensa agitación dan lugar a fases largas de adormecimiento y modorra, en la que solamente algunas dirigencias mantienen alguna presencia pública, pero con escasos y más bien débiles ligámenes con el colectivo. En el período reciente, cuando Orozco desaparece del escenario legislativo sustituido por diputados evangélicos políticamente más sutiles e inteligentes, se arriesga que, ante la ausencia de estímulos externos reactivantes, la modorra se prolongue y agudice.

Queda, sin embargo, cierto bagaje que, posiblemente, alguna perdurabilidad tiene. Es que esos momentos álgidos implican visibilización en el escenario político nacional, hecho de grandísima importancia para un colectivo social que históricamente se vio forzado a sobrevivir en espacios subterráneos; invisible, soterrado e imperceptible. Ello comporta dos consecuencias positivas: primero, porque ha obligado a la sociedad costarricense a reconocer que estas minorías efectivamente existen y que la heterosexualidad es una manifestación mayoritaria pero no exclusiva; y porque, no obstante sus limitaciones, esos episodios de protesta y movilización alguna educación política dejan, al menos entre los segmentos más educados del colectivo.

Por otra parte, se ha hecho usual que la dinámica política del movimiento se resuelva a lo largo del tiempo como en una especie de juego de pequeños brinquitos; como si se tratara de escalar el Everest a paso de tortuga. Prevalece así una suerte de sicología colectiva que motiva festivas celebraciones cada vez que uno de tales saltitos tiene lugar. Por ejemplo, cuando la Sala Constitucional respaldó algún reclamo de una pareja gay o lésbica maltratada en algún sitio público. O cuando el presidente Luis Guillermo Solís izó la bandera del arcoíris en casa presidencial. El caso más reciente ha sido la decisión de la Caja Costarricense del Seguro Social que permite que un miembro de una pareja homosexual extienda el seguro familiar de salud a su compañera o compañero.


Evidentemente aquí “aplican restricciones”…más que notorias, por cierto. Por un lado la decisión no incluye el derecho a pensión, lo cual hace que el beneficio deba necesariamente tener carácter transitorio, ya que de otra manera quien lo recibe se quedaría sin pensión para cuando tenga edad de jubilarse. Vendría a ser una especie de salida de emergencia, cuando alguno de los miembros de la pareja queda sin empleo. No ofrece respaldo a un proyecto de largo plazo en que una pareja homosexual –por la razón que fuere- decide que solo una de las dos personas tenga trabajo remunerado. Claramente hay aquí una mutilación, o sea, una especie de derecho a medias, al alcance, entonces, de personas que acaso son…¿nada más que ciudadanas a medias?

Pero aún hay un segundo detalle realmente inusitado: hasta ahora las parejas heterosexuales de hecho, tenían acceso a este beneficio tan solo con tener un año de convivencia debidamente refrendada. Al extender la posibilidad a las parejas del mismo sexo, el plazo se extendió a los tres años…en perjuicio, inclusive, de las parejas heterosexuales. Para éstas lo planteado implica una degradación del derecho que ya tenían ¿no podría dar ello lugar a reclamaciones en contra de las parejas homosexuales que, no por injustificadas, resultarían en todo caso menos inevitables?

De cualquier forma, este acuerdo de la Caja fue recibido con gran entusiasmo y agradecimiento, tanto por los liderazgos del movimiento como por muchas personas que son parte del colectivo diverso. El razonamiento es el usual: es un pequeño pero significativo paso adelante. Alguien lo metaforizó en estos términos: “a pellizcos se mata un elefante”. Disimulando la desafortunada referencia al asesinato de tan magnífico animal, interpreto que ello significa que, de brinquito en brinquito, hasta la cima del Everest puede ser conquistada.

En general, no logro sentirme contagiado por ese sentimiento de complaciente conformismo. Yo más bien habría recomendado un pronunciamiento público más o menos en estos términos: “es una concesión insuficiente y limitada, basada en una idea mutilada de los derechos humanos; por lo tanto, tan solo es un motivo adicional para continuar la lucha con más decisión”.

Ese júbilo –a mi parecer excesivo- acaso provenga de la misma raíz que alimenta las agitaciones espasmódicas y transitorias y los largos períodos subsecuentes de letargo relativo. Son diversas manifestaciones de un mismo problema, atinente a la debilidad subyacente del movimiento y a su limitada perspectiva política. Lo cual con toda seguridad no es azaroso; de fondo hay toda una historia de durísima represión, siglos de ostracismo y silencio y, por supuesto, una carga de culpas que el orden hegemónico introyecta a profundidad en las subjetividades de las personas que conforman este colectivo. Todo lo cual tiene múltiples consecuencias. Para empezar, las tiene en la propia vida personal, en relación con la familia, la afectividad y la sexualidad. Pero con seguridad ello se extiende al campo profesional, laboral y, finalmente, también al terreno político.

Es que, tratándose de derechos, el primero paso es tener el convencimiento de que se tiene la necesaria legitimidad para exigirlos. Mas lo cierto es que a este colectivo –del que soy parte- le cuesta mucho creérselo. Lo cual se refleja, por ejemplo, en su dificultad para movilizarse políticamente, como en la facilidad con que se da por satisfecho a partir de cualquier nimia concesión.



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sábado, 11 de octubre de 2014

Ottón Solís y la crisis fiscal: la mística de la mutilación



Ottón Solís y la crisis fiscal:
La mística de la mutilación

Luis Paulino Vargas Solís

No es infrecuente que se diga que “ahorrar es bueno”. Lo cual tiene su dosis de verdad, pero sujeto a determinadas condiciones. Quiero decir, pues, que ahorrar puede ser bueno, pero no siempre lo es. Pongamos por caso la economía mundial en la actualidad: el panorama que ofrece es el de una máquina decrépita que a duras penas camina. Hay varias razones que inciden en esa situación, pero con seguridad una de las principales tiene que ver con el exceso de ahorro acumulado por algunos países ampliamente superavitarios en su comercio exterior –principalmente China- lo cual se trae abajo la demanda a escala mundial y frena la economía. Y, con toda seguridad, a Europa le habría ido mucho mejor en el último lustro si Alemania hubiese sido algo menos austera y si hubiese estado dispuesta a acompañar el esfuerzo de ajuste de España, Grecia, Portugal e Irlanda con una mayor prodigalidad en su gasto.

O pensemos tan solo en los “ahorros” (ideológicamente motivados) que los gobernantes de Costa Rica de los últimos treinta años decidieron hacer en inversión pública en infraestructura vial. Ese ahorro nos ha salido carísimo y ha provocado desperdicios –en importación de combustibles, horas laborales y sobre todo en calidad de vida- que con seguridad han sobrepasado con largueza los presuntos “ahorros”.

Así pues, hay ahorros que pueden causar daño. Como hay ahorros que son necesarios y potencialmente benéficos. Por ejemplo: ¿qué tal que en Costa Rica, en vez de malgastar tanto dinero en enormes centros comerciales, en condominios extravagantes o especulación inmobiliaria se hubiesen generado ahorros que luego hubiesen sido canalizados hacia la inversión en ciencia y tecnología y el fortalecimiento de un tejido denso de pequeñas empresas dotadas de gran capacidad innovadora y con alto valor agregado y conocimiento incorporado en su producción? De haber tenido éxito en tal cometido, de seguro nos iría mejor hoy pero, también, de seguro les iría mejor a las generaciones venideras, las  cuales vivirían en un país cuya economía -asentada en altos niveles de productividad- sería mucho más sólida y sostenible.

Hoy ha calado hondo la idea de que los ahorros en todo lo que sea instituciones y servicios públicos son algo necesariamente bueno. Es evidente que esa presunción se alimenta del convencimiento de que el gobierno y sus diversas instituciones son ineficientes y dispendiosas. Un Estado costarricense obeso que, por lo tanto, debe adelgazar. O, mejor dicho, se le debe recortar, según el lugar común que Ottón Solís ha puesto de moda, para júbilo y celebración del poder económico y de los medios comerciales de comunicación.


Pero ¿seriamente alguien podría aseverar que la institucionalidad pública es excesiva? Porque ello implicaría afirmar que se prestan servicios o se llevan a cabo acciones que son innecesarias. Eso es manifiestamente falso, cuando lo que ocurre es evidentemente lo contrario: los servicios no son suficientes ni de la calidad deseable y, en particular, la inversión pública es mucho menor de lo que debería ser. Lo comprobamos a diario de mil formas distintas. Que las cosas podrían hacerse mejor y más eficientemente es innegable –al menos en la mayoría de los casos- pero ello convoca a la mejoría, no al recorte. Mejoría, sí, incluyendo excesos gremialistas que deben ser reconocidos con honestidad y corregidos en consecuencia. Y mejoría, sobre todo, para que se presten más servicios, más oportunos y con mejor atención. Y para que se realice mucha más inversión pública.

Es la “mística de la mutilación”, una especie de estado de arrobamiento espiritual y enajenación mental que imagina que el hacha, la tijera y el machete son artilugios milagrosos que producen consecuencias virtuosas. Pero solo cuando se las aplica al sector público, puesto que quienes así opinan jamás pensarían que deba hacerse algo para desestimular las múltiples formas de despilfarro que hoy día promueve el sector privado.

Más allá del imaginario político, mediático y empresarial que supone que la mutilación conlleva virtud, para algunos economistas la idea seguramente encuentra justificación en una teoría según la cual los mercados capitalistas, dejados al libre arbitrio de sus automatismos, producen resultados óptimos a través de procesos de equilibrio eficientes y armoniosos. Para quienes así piensan, el empequeñecimiento de lo público, al ampliar el espacio de acción de los mercados, resulta por lo tanto muy deseable.

En general, abunda la evidencia empírica e histórica que desacredita esa hipótesis, cuando, de todas formas, la teoría subyacente, en su intento por lograr rigor y elegancia matemática, termina siendo tan solo una gimnasia mental que nada dice ni nada esclarece sobre el funcionamiento de la economía real.

Bajo el influjo hipnótico de esa teorización se tiende a pensar que al recortar lo público se favorecerá la recuperación de la economía en lo inmediato y su mayor desarrollo a lo largo del tiempo. Tan solo recordemos el ejemplo que mencioné anteriormente acerca del “ahorro” en carreteras. La situación de nuestra educación pública es otro caso dramático, entre tantos otros ejemplos que podrían mencionarse. Así, la experiencia histórica deja claramente sentado que tales recortes afectan muy negativamente el desarrollo a mediano y largo plazo.

Pero es igualmente falso que de esa forma se favorezca la recuperación económica en el corto plazo. Lo cierto es que la economía costarricense acumula siete años dando signos de marcada debilidad. Tras el bajón de 2008 y la caída de 2009, la “recuperación” posterior no merece que se la considere tal: ha sido irregular, frágil y, de tres años para acá, marcadamente declinante. La debilidad se manifiesta simultáneamente en todos los frentes: las exportaciones, el turismo, el consumo de las familias, la inversión empresarial…pero incluso el consumo público. Sin políticas que de forma deliberada promuevan la dinamización de la economía y que, al hacerlo, busquen nuevas opciones y replantee a profundidad la vieja forma de hacer las cosas, no habrá posibilidad de levantar cabeza. Con todas las terribles consecuencias que ello tiene para el empleo y sobre el derecho a una vida digna para una altísima proporción de la población costarricense.

Para promover la recuperación de la economía y el empleo se necesita más política pública, no menos. Y, en particular, tengamos claro que, en el contexto descrito, los recortes al sector público implican llover sobre mojado, o sea, comportan sumar debilidad adicional a una economía de por sí gravemente debilitada.

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