domingo, 17 de mayo de 2015

La teoría económica neoclásica: ridícula y peligrosa



El "virtuoso" equilibrio neoclásico

La teoría económica neoclásica: ridícula y peligrosa
Luis Paulino Vargas Solís

Hace unos meses puse un comentario en Facebook protestando por las enormes vallas publicitarias ubicadas a la vera de muchas carreteras de Costa Rica. La razón de mi malestar es de fácil comprensión: la contaminación visual y el estropicio que provoca en el paisaje. Alguna gente reaccionó negativamente al comentario, aduciendo que era algo que se hacía en propiedad privada y con recursos privados. Tomarse en serio ese argumento equivale a admitir que la empresa privada está autorizada a hacer lo que quiera –contaminar ríos, talar bosques o secar humedales, por citar tres ejemplos- sin importar los perjuicios ecológicos y sociales que ello implique. Pero, con mucha seguridad, hay aquí también a una presunción de significación aún más fundamental: aquella según la cual permitir que los mercados funcionen sin ninguna regulación, es la forma más apropiada de garantizar riqueza, empleo y prosperidad.

Podríamos acaso considerar que esto nace del ya clásico concepto de “mano invisible” formulado por Adam Smith en su libro “La riqueza de las naciones” (1776). Y, sin embargo, eso no sería del todo correcto. La verdad es que Smith lo propuso teniendo ante sus ojos la realidad de un naciente capitalismo industrial, en el que todavía prevalecían mercados donde concurrían muchas pequeñas empresas en competencia. Es por lo menos anacrónico traerse esa idea, así tan a la ligera, al capitalismo contemporáneo, cuya fuerza dominante son las grandes corporaciones transnacionales. Pero también es un poco injusto, pues el propio Smith reconocía y deploraba que los empresarios individuales intentasen coludirse para favorecer sus propios intereses en desmedro de los del público en general.

Y, sin embargo, es cierto que la idea de la “mano invisible”, en manos de teóricos posteriores de la economía, pasó a convertirse en una poderosa metáfora que pretendía sintetizar la capacidad atribuida a los mercados capitalistas para autorregularse de forma virtuosa. Con el desarrollo de la economía neoclásica durante el último tercio del siglo XIX, y de la mano de economistas como Walras, Jevons, Menger, Marshall y Böhm-Bawerk, la metáfora propuesta por Smith terminó siendo una imaginativa y elegante construcción teórica: la de la competencia perfecta y el equilibrio general (todo lo cual mereció por parte de Schumpeter -notable economista de la primera mitad del siglo XX-el calificativo de “economía exacta”).

El keynesianismo bastardo de Hicks y Samuelson
La teoría neoclásica consolidó la idea de los mercados capitalistas como el reino de la racionalidad perfecta, siempre en equilibrio y dotados de poderes milagrosos que les permitía retornar automáticamente al equilibrio cada vez que éste sufriese alguna alteración. La crítica formulada por el economista estadounidense Veblen a inicios del siglo XX, no obstante su agudeza, no logró ni hacerle cosquillas a aquel paradigma ya para entonces dominante. La de Keynes durante el decenio de los treinta sí le causó mucho mayor daño, ayudado en parte por el ridículo en que esa teoría quedaba ante los acontecimientos de la Gran Depresión. Y si bien Keynes tuvo aliados brillantes –como Kalecky o la profesora Robinson- en menos de lo que canta un gallo su revolución teórica fue reabsorbida por los neoclásicos (en especial Hicks y Samuelson), quienes le limaron la uñas y la descafeinaron, convirtiéndola en un engendro que adulteró completamente los principales hallazgos de Keynes.

Ese “keynesianismo bastardo” –así lo calificó Robinson- dominó hasta el decenio de los setentas del pasado siglo. La crisis económica padecida en esos años preparó el terreno para el renacer, a pleno pulmón, de la economía pre-keynesiana. De hecho, y en adelante, desaparecía toda mención a Keynes; los zombis salieron de las tumbas pero con disfraces nuevos: las teorías de las expectativas racionales, los ciclos reales de los negocios, los mercados eficientes. Y toda una plétora de economistas galardonados con el Nobel de economía: Lucas, Merton, Scholes, Sargent, Fama.

Ese pre-keynesianismo redivivo justificó los procesos de desregulación financiera en cuyo seno se incubaron las sucesivas crisis financieras de los últimos decenios, hasta culminar con la de 2007 y, enseguida, la terrorífica debacle de finales de 2008. Lo cual hizo obligatoria una intervención estatal masiva, en ausencia de la cual el sistema financiero mundial se habría derretido como mantequilla en agua hirviente, desatando en consecuencia una crisis de enormes proporciones. Fue preciso hacer justo lo que la teoría económica hegemónica rechazaba como indeseable: movilizar recursos públicos y propiciar una activa acción estatal, para cuanto menos intentar remendar los colosales estropicios realizados por los banqueros.

La crisis desnudó lo que ya sabían muchos economistas heterodoxos: que esa teoría dominante es falaz, irrelevante e inconsistente, y por lo tanto inútil, además de muy peligrosa.

En su momento, Keynes llamó la atención sobre ciertos hechos
Otra versión del keynesianismo bastardo
fundamentales: la incertidumbre en el funcionamiento de los mercados capitalistas y, en ese contexto, la presencia de elementos de irracionalidad y el importante papel que juega el dinero. Estas tres cuestiones planteaban una crítica de profundas consecuencias para la ortodoxia de la época. Ello fue ignorada por el “keynesianismo bastardo” que devino dominante en los decenios siguientes, el cual redujo la revolución de Keynes a algunas frivolidades sobre la “inflexibilidad de los salarios”.

Con Robinson, Sraffa, Pasinetti y otros economistas críticos del Cambridge británico, quedo hecha trizas la teoría neoclásica del capital y, con esta, su “función de producción”, y su teoría de la distribución.

Críticas posteriores (desde el llamado “teorema de Sonnenschein-Mantel-Debreu” a los trabajos recientes de Frank Ackerman y Alejandro Nadal) han demostrado la inconsistencia de las teorías de la competencia perfecta y el equilibrio general, las cuales son piedra basal de todo el edificio neoclásico. Steve Keen ha mostrado, a su vez, las incoherencias de la teoría de la empresa, y otros como Lars Palsson Syll y Paul Davidson han reivindicado, sobre renovadas bases, la vigencia del problema keynesiano de la incertidumbre y las consecuencias teóricas devastadoras que ello tiene para las construcciones teóricas neoclásicas puestas de moda en las últimas décadas. El “individualismo metodológico” en que se sustenta esa teoría ha recibido también un cuestionamiento radical.

Todo esto tiene una implicación práctica importantísima: deja sin asidero alguno las propuestas de política económica que promueven la desregulación de los mercados y el debilitamiento del sector público. Detrás de esas propuestas quedan tan solo la ideología y algunos poderosos intereses.

Y, sin embargo, esa misma teoría –no obstante sus enormes falencias- es la que, embutida en los libros de texto, sigue formando las ideas económicas de muchos profesionales, no solo en economía sino también muchas otras áreas. Y, lo que es peor, ése sigue siendo el catecismo para muchos partidos políticos y líderes alrededor del mundo. Lo cual ratifica que, mucho más que una cuestión académica o científica, este es un asunto de decisiva importancia para sociedades y países enteros.

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viernes, 8 de mayo de 2015

Política económica en el primer año de la administración Solís: la marca de la continuidad



Política económica en el primer año de la administración Solís: la marca de la continuidad

Luis Paulino Vargas Solís

Luis Guillermo Solís llegó a la presidencia de la república plateando algo así como un mensaje de “cambio no amenazante”, es decir, su oferta no implicaba una ruptura profunda pero sí un replanteamiento que debía marcar una diferencia fácilmente reconocible respecto de quienes le antecedieron durante los últimos treinta años. Hablamos, asimismo, de un presidente que fue activo opositor al TLC con Estados Unidos y que en campaña electoral reiteradamente habló de replantear las políticas en materia de tratados comerciales. Y si bien siendo candidato no puso mayor énfasis en los graves problemas del empleo, sí fue enfático en su preocupación por la pobreza y la desigualdad, lo cual inevitablemente traería de vuelta –si había franqueza y seriedad en lo planteado- a la cuestión del empleo.

En contraste con lo anterior, y ya desde el primer momento, el presidente Solís decide darle plena continuidad a la política sobre tratados comerciales y atracción de inversión extranjera, copiando con total fidelidad el modelo de su antecesora, la señora Chinchilla. Este no es un asunto menor: porque estos tratados y esa política de inversiones, no simplemente son elementos de la política económica importantes en sí mismos, sino que también lo son por sus efectos condicionantes respecto de otros aspectos de tales políticas, sobre todo en una perspectiva de desarrollo a largo plazo.

Enfatizaré un caso a fin de ilustrar la cuestión: la política sobre seguridad y soberanía alimentaria, a la cual el presidente le dedica cierto énfasis retórico. Esa política entraña tres elementos básicos e interrelacionados: a) producir una porción significativa de los alimentos básicos de la dieta popular; b) hacerlo con productividad y eficiencia crecientes en condiciones ambientalmente sostenibles; y c) mediante el apoyo a la pequeña propiedad y la promoción de sus organización en cooperativas u otras formas asociativas y de cooperación. Para que esto sea factible, dos acciones necesarias (entre otras más) son las siguientes: a) limitar las importaciones de productos agropecuarios subsidiados que, por lo tanto, entrarían a competir de forma desleal y ruinosa; b) establecer estímulos diferenciados que generen formas de discriminación positiva a favor de la producción nacional.  En los marcos de los tratados comerciales aplicar estas políticas encuentra múltiples obstáculos, incluso porque se generaría el riesgo de que el país sea demandado por incumplimiento de los compromisos asumidos.

Reconozco que don Luis Guillermo no tiene mucho margen para modificar tales compromisos. Pero sí es paradójico que quiera darle continuidad a esa política aún a sabiendas de sus implicaciones, y en abierta contradicción con sus propios antecedentes y con lo planteado en campaña.

Presidente Solís presenta su informe del 1° de mayo
Así las cosas, el discurso del presidente a favor del campesinado y la soberanía y seguridad alimentaria, arriesga convertirse en una retórica hueca y sin consecuencias relevantes. No dudo que el ministro de Agricultura, don Luis Felipe Arauz, le pone a esto su mayor empeño. Sin embargo, el contexto general no es propicio, y menos aún dada la intimidad que Solís cultiva con su ministro de Comercio Exterior. Queda disponible un estrechísimo margen de maniobra, y de ello tienen plena conciencia las dirigencias campesinas.

Pasemos al otro aspecto que mencioné entre aquellos que el Solís-candidato enfatizó en su momento: pobreza y desigualdad y, de carambola, empleo. Para los más pobres entre los pobres existen, desde hace sus 25 o 30 años, un andamiaje así llamado de políticas focalizadas, cuyas limitaciones han quedado bien demostradas. No quiere esto decir que son innecesarias, aunque sí insuficientes. Se las podría mejorar, pero la verdad es que las situaciones de pobreza jamás lograrán resolverse de esa forma.

Es que la pobreza y la desigualdad son problemas estructurales, es decir, emergen de los automatismos propios de la organización y los mercados capitalistas, y la única manera de enmendar tales situaciones –al menos aliviarlas de forma suficientemente satisfactoria- es por medio de la interferencia política en esos automatismos. Esa ha sido históricamente la función de los sindicatos, de la legislación laboral, de los sistemas tributarios progresivos y de los regímenes de seguridad social. También es una responsabilidad propia de las políticas económicas: en el corto plazo mediante el estímulo que propicie la generación de empleos; en períodos más largos mediante la regulación de los mercados y la promoción de formas más democráticas de organización de la propiedad y la producción.

Sorprendentemente, y tratándose del empleo, el gobierno de Solís ha optado por la peor de todas las salidas: negar el problema. Lo cual resulta un gravísimo error puesto que, más allá de cierta irresponsable demagogia empresarial, los datos son absolutamente contundentes. Al considerar personas desempleadas, subempleadas, desalentadas (que no buscan trabajo porque se cansaron de hacerlo) o en situación de informalidad o precarización laboral, nos encontramos con cifras que muy probablemente superan las 900 mil personas (alrededor del 40 al 45% del total de la fuerza de trabajo). Y siendo inútil negar la gravedad del problema, el solo intento implica perder el sentido de urgencia que esto conlleva, lo cual a su vez produce inmovilismo y, lo que es peor, un grave daño humano y social.

Cabe entonces referirse al Banco Central, que, con seguridad, es la autoridad económica cuyo proceder ha causado mayor daño al empleo y, por esa vía, al agravamiento de los problemas de pobreza y desigualdad. El caso es que, durante este primer año de gobierno, se ha optado por darle total continuidad a un manejo de las políticas monetarias y cambiarias que preserva intacto la misma rígida ortodoxia, asentada en una teoría económica cuyo estatus hegemónico oculta la profundidad devastadora de la crítica de que ha sido objeto. Inmovilismo, pues. Lo cual se visibiliza en dos factores de crucial importancia: elevadas tasas de interés y persistente revalorización del colón frente al dólar. Ello influye de forma importante en un desempeño económico gris, cuya manifestación más problemática se da en el campo laboral: durante siete años al hilo (2008-2014, ambos incluidos) el ritmo de creación de empleos ha sido manifiestamente insuficiente, no solo en cantidad sino en calidad. Y, sin embargo, no hay indicio de que el Banco Central tenga ni el menor propósito de enmienda.

Debe reconocerse, sin embargo, que el gobierno ha anunciado una estrategia para la generación de empleo y la promoción de pequeñas empresas y de emprendimientos de la economía solidaria o social. Curiosamente esto ha quedado en manos del ministerio de Trabajo, lo cual quizá deba ser interpretado como una manifestación de ingenuo (¿o irresponsable?) voluntarismo: mientras los resortes fundamentales de la política económica –en manos del Banco Central y el ministerio de Comercio Exterior- siguen el mismo curso que traían de años atrás –en ambos casos con total respaldo del presidente y con consecuencias ruinosas para el empleo- se intenta abrir una opción diferenciadora desde un ministerio que carece de las herramientas mínimas –más allá de la buena intención de su jerarca- para lograr lo que se pretende. Se podría aducir a favor de las intenciones gubernamentales que ahora se cuenta con el apoyo de la “banca de desarrollo” y, sin embargo, sería iluso no recordar que muchas veces en el pasado se dijo lo mismo. Vale decir: esa “banca de desarrollo” ha sido como al modo de una pesadilla recurrente ¿Será esta vez diferente? Ojalá que sí, pero no nos sorprendamos si no lo fuese. Acaso el problema de fondo radique en que la “banca de desarrollo” sigue en manos de bancos comerciales orientados hacia el peculio y el negocio fácil.

No parece haber comprensión alguna respecto de un hecho básico: la economía de Costa Rica es hoy día un sistema altamente integrado y jerarquizado. Esa integración implica que difícilmente es posible construir espacios aislados que se sustraigan de las tendencias predominantes. A su vez, la jerarquización conlleva que haya actores hegemónicos que sacan especial provecho de tales tendencias sistémicas. Por lo tanto, lograr resultados diferentes más o menos significativos, demanda modificar esas evoluciones de conjunto en algún grado relativamente apreciable. De ahí que, aunque bienintencionadas, resulten ingenuas las propuestas de empleo y promoción de pequeñas empresas o de proyectos sociales y solidarios. De ahí, además, que resulte tan necesario reorientar las políticas del Banco Central y Comercio Exterior.

Queda por referirse –cosa que haré solo muy resumidamente- al ministerio de Hacienda y el manejo de la política fiscal. Enfaticemos un detalle: en este aspecto la herencia recibida es extremadamente pesada. No obstante lo cual, es cierto que se echa en falta una propuesta integral, que articule lo fiscal con la urgencia de reanimar la economía y propiciar la generación de empleos. De ahí que, aun a regañadientes, se caiga en el enfoque ortodoxo que enfatiza la mutilación y la restricción, en vez del mejoramiento de la eficiencia y calidad de los servicios públicos. Pero donde la cuestión parece hacer aguas es en las propuestas de reforma tributaria, las cuales, en su diseño actual, afectarían principalmente a los grupos medios y populares, y podrían tener un impacto en la economía pernicioso desde el punto de vista de la reactivación del empleo.

En síntesis: la corriente principal dentro de la política económica de este gobierno, sigue siendo la misma heredada de los gobiernos anteriores, sin un solo cambio interesante. Sobre ese fondo inamovible aparecen algunos tímidos intentos de innovación. Pero éstos son tan limitados y parciales que arriesgan ser barquillos de papel despedazados por esa tumultuosa correntada hegemónica.

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domingo, 3 de mayo de 2015

Costa Rica: el proyecto neoliberal en su fase rentista-financiera (2006-2015)


El padre ideológico del proyecto neoliberal tico

Costa Rica: el proyecto neoliberal en su fase financiera-rentista (2006-2015)

Luis Paulino Vargas Solís

El proyecto neoliberal  empieza en Costa Rica hacia 1984. El antecedente inmediato fue la severa crisis económica de los años 1980-1982. Ya desde inicios de la administración Monge Álvarez (1982-1986) se adivinaba cierta tendencia a reformular las tradicionales propuestas económicas que habían caracterizado al partido Liberación Nacional hasta los años setenta. Las autoridades económicas de la época (Carlos Manuel Castillo y Federico Vargas) comenzaban a balbucear un discurso que cuestionaba el papel económico del Estado, reivindicaba las presuntas virtudes del libre mercado y enfocaba las exportaciones como el “nuevo motor” de la economía. Pero todo ello adquirió mucha mayor claridad y contundencia en los planteamientos de Eduardo Lizano, una vez que éste asumió la presidencia ejecutiva del Banco Central en 1984 (sustituyendo a Castillo). El suyo fue un ataque inclemente contra el sistema arancelario que beneficiaba a la industria de sustitución de importaciones, y, en especial, contra el entramado proteccionista que sostenía a la agricultura de producción de alimentos. E igualmente formuló todo un programa, de amplio alcance, para liberalizar el sistema financiero y fomentar el crecimiento de la banca privada. Y si bien todo esto se expresaba desde una ideología y una teorización que apelaban a las presuntas virtudes del libre mercado –incluido un feroz ataque contra la institucionalidad estatal- no hubo escrúpulo en propiciar un dispendioso neo-proteccionismo, a favor de las exportaciones no tradicionales y el turismo.

Durante una parte de los años ochenta, este proceso de reestructuración fue activamente propiciado por el propio gobierno estadounidense, a través, incluso, de masiva asistencia financiera. Ello también alivió sus costos sociales. Por otra parte, es también cierto que sus ritmos fueron más graduales y atenuados que los observados en otros países latinoamericanos, en parte, al menos, como consecuencia de la movilización ciudadana que, desde distintos sectores, se oponía a aquella agenda contra-reformista.

Y, sin embargo, con los tres programas de ajuste estructural (PAE) acordados con el Banco Mundial y diversos convenios con el FMI, se apuntaló el proceso, el cual continuó avanzando, no tan rápido como los ideólogos neoliberales habrían querido, pero siempre de modo sostenido. Con Calderón Fournier (1990-1994) se dio la desregulación completa de los movimientos de capitales y se negoció el PAE-III. Este último fue aplicado por Figueres Olsen (1994-1998), quien dio un empuje decidido a la liberalización financiera, incluyendo el acceso de la banca privada a las cuentas corrientes y el redescuento del Banco Central (reforma legal de 1995). Recordemos que poco antes (1994) se había cerrado el Banco Anglo, lo que debilitaba el sistema de banca pública.


Figueres Olsen fue también quien promovió la instalación de Intel en Costa Rica (1997-1998), lo cual seguramente abrió una nueva etapa en el proyecto neoliberal. Hasta 1997 todavía se trataba de una “exportación ligera”, centrada en industrias tradicionales (principalmente la maquila textil) y en productos agropecuarios y del mar. El capital extranjero jugaba un papel importante, pero el nacional todavía ocupaba espacios significativos, lo cual también era válido para la floreciente actividad turística. A partir de Intel, la estrategia vira marcadamente hacia la inversión transnacional de alta tecnología instalada en zona franca, y cuya capacidad para la generación de empleos resultaba muy limitada. La actividad turística experimentó una reestructuración similar, por el peso creciente que adquieren las cadenas hoteleras tradicionales.

La economía adquiere entonces un perfil dual, con un sector dinámico controlado por el capital transnacional y solo muy débilmente vinculado al resto de la economía y un amplio sector tradicional, relativamente menos dinámico y de inferior productividad. Excepto por el pico registrado en 1998-1999, en los años sucesivos el dinamismo económico fue relativamente menor, pero aún conservaba capacidad para sostener índices de empleo relativamente aceptables, básicamente sostenidos por el sector más tradicional de la economía.

Nuevos acontecimientos mundiales tendrán importante impacto. En los años posteriores a 2002 surge a nivel mundial una burbuja especulativa de grandes dimensiones, centrada en el sector inmobiliario y de la construcción en Estados Unidos. La abundancia de capitales se hizo sentir en Costa Rica, y ello preparó las condiciones para un cambio de escenario a partir de 2006, cuando se pasa del sistema de minidevaluación, aplicado por más de veinte años, al de bandas cambiarias. En la práctica, éstas nacieron muertas. El dólar nunca fluctuó dentro de las tales bandas, en parte porque se establecieron márgenes que, por excesivamente amplios, resultaban inviables, pero sobre todo porque, empujado por la sostenida y abundante entrada de capitales, el dólar quedó sometido a una persistente tendencia bajista.

Se inaugura así, a partir de 2006, una tercera etapa dentro del devenir de la estrategia neoliberal: la etapa rentista-financiera.

El boom inmobiliario mundial llegó a Costa Rica de la mano de enormes entradas de capitales y propició un auge especulativo e insostenible en los años 2006-2007. Entretanto se desata en 2007 la crisis económica mundial detonada por el pinchonazo de esa burbuja inmobiliaria. La fase aguda de la crisis se da a partir de septiembre de 2008 y hasta avanzado 2009. Sus secuelas negativas se hacen sentir incluso hasta el día de hoy. Durante esa período de pánico, los flujos de capitales en Costa Rica se revierten, pero se restablecen hacia 2010 cuando se logra volver a estabilizar la situación. Con ello se reinician las presiones descendentes sobre el valor del dólar frente al colón.

Así, desde finales de 2005 se registra un movimiento hacia la revalorización del dólar en términos reales. Ello socaba, de forma gradual pero sostenida, las bases en que se apoya el aparato de la exportación y el turismo que era el sostén principal de la economía, pero igualmente debilita las actividades que compiten con importaciones. En el contexto del espurio auge de 2006-2007, el desempleo se redujo gracias al boom de la construcción. Luego de la fase aguda de la crisis (2008-2009), la recuperación fue parcial y vacilante. En los años sucesivos, la debilidad económica tiende a volverse crónica, con problemas del empleo cada vez más graves, lo cual inevitablemente impacta en la desigualdad y la pobreza. Todavía algunos sectores de servicios vinculados al capital extranjero logran por algún tiempo un  dinamismo considerable. En una mirada de conjunto, dos detalles sobresalen: el decaimiento de las actividades productivas frente a la bonanza en las finanzas, el comercio importador y, más limitadamente, la especulación inmobiliaria.

El proyecto neoliberal es ya inviable pero sigue siendo hegemónico. Dicho de otra forma: nos urge un cambio, pero las condiciones sociopolíticas y las relaciones de poder impiden que se dé. 


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