jueves, 27 de agosto de 2015

¿Y qué carajos hacer con el tipo de cambio?





¿Y qué carajos hacer con el tipo de cambio?

Luis Paulino Vargas Solís

En mi artículo anterior (“¡Qué problema con el tipo de cambio!”) expliqué por qué considero que el valor del dólar en términos de colones no refleja apropiadamente la realidad de la economía costarricense. Muy en resume la cuestión es la siguiente: la abundancia relativa de dólares en Costa Rica no refleja su realidad productiva fundamental, puesto que no es producto de su éxito exportador, ya que en el intercambio de bienes y servicios con el resto del mundo nuestro balance es siempre negativo. Tal excedente de dólares refleja la anomalía profunda de una economía mundial que, en medio de una crisis de largo plazo, está inundada de tumultuosas masas de capitales financieros en busca de rentabilización. Costa Rica es un destino posible para lograr tal cosa, lo cual se ve facilitado por el régimen vigente de irrestricta libertad de movimientos de capitales.

El valor irreal del tipo de cambio pone a la planta empresarial costarricense en una situación comprometida frente a sus competidores externos, todavía más en cuanto ha sido un proceso  que ha venido provocando daño acumulativo durante un período muy prolongado. Se podría intentar saldar ese déficit competitivo mediante una elevación espectacular de los niveles de productividad, pero ello no deja de ser una pretensión voluntarista bastante ilusa (¿qué hace creer que los otros países no puedan lograr una mejoría comparable de productividad?). Podría hacerse por vías espurias, mediante recorte de salarios, precarización laboral y evasión de impuestos y obligaciones con la seguridad social. Pero ello en realidad debilitaría aún más la economía al contraer la demanda interna, aparte que por esa vía terminaríamos sentados sobre un depósito de dinamita que en cualquier momento explotaría.

Sin duda se necesita corregir el tipo de cambio. Ello es cada vez más necesario. Y, sin embargo, devaluar nunca es un proceso inocuo. Menos aún en las actuales circunstancias, sumamente problemáticas tanto a nivel nacional como mundial.

Una devaluación desordenada genera pánico y fuga de capitales y, con seguridad, encendería la inflación lo que, a corto plazo, impactaría muy negativamente sobre las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Podríamos vernos entonces abocados a una situación similar a la de los primeras años ochenta del pasado siglo, cuando la inflación se disparó mientras la economía y el empleo caían aparatosamente. No se debe permitir que tal cosa ocurra.

Solo una vía razonable queda a mano: que sea un proceso gradual  y controlado. Lo cual equivale a regresar a las minidevaluaciones, cosa que, desde luego, escandalizará a la ortodoxia económica prevaleciente. Y, sin embargo, es la única opción sensata hoy disponible.

Pero ello a su vez supone que el Banco Central sea capaz de manejar la disponibilidad relativa de divisas –es decir, el “calce” entre la cantidad de dólares que se ofrece y la que se demanda- de modo que el tipo de cambio vaya ajustándose de forma gradual y ordenada.

Supóngase que persiste la situación que hemos visto a lo largo de los últimos años (desde hace un decenio o más) en que el país ha sido receptor –aunque con las oscilaciones esperables- de grandes entradas de capitales. Ello le dificultaría gravemente la tarea al Banco Central, puesto que le obligaría a comprar grandes cantidades de dólares para hacer que este fuese ajustándose progresivamente al alza, todo lo cual resultaría sumamente costoso.

Si subieran las tasas de interés en Estados Unidos –algo que viene siendo anunciado desde hace ya dos años–  la tarea se facilitaría, ya que ello muy probablemente reduciría la afluencia de capitales hacia Costa Rica. Pero dado que la crisis iniciada en 2007 no parece tener fin, y ante las renovadas turbulencias que sacuden la economía mundial –ahora centradas en China– no hay entonces seguridad de que esa alza de los intereses estadounidenses acontezca en un plazo cercano.


A fin de desanimar la entrada de capitales que recibimos, debería inducirse entonces una baja de las tasas de interés locales, pero ello habría de manifestarse en las tasas pasivas (las que se pagan sobre depósitos). Hay que reconocer que ahí el margen disponible no es muy amplio, excepto que se mantengan los bajísimos índices de inflación actuales, cosa no del todo segura.

Pero aun suponiendo que esto últimos fuese factible, todavía podría ser necesario romper con la dogmática de los libres flujos de capitales y establecer algún tipo de restricciones que reduzcan los flujos de capitales, sobre todo aquellos de carácter propiamente financiero. Las posibilidades aquí son diversas, incluyendo encajes (reservas) más altas sobre fondos en dólares captados por los bancos, restricciones a la colocación de créditos en esa moneda y algún tipo de impuesto. Con esto, obviamente entraríamos en colisión con los tratados comerciales (especialmente el TLC con Estados Unidos). Tal es uno más de los riesgos absurdos a que nos ha llevado la dogmática neoliberal. Habrá que asumirlo, puesto que las condiciones prevalecientes lo exigen.

En resumen, se intentaría diseñar una ruta previsora y prudente que propicie un proceso de ajuste del tipo de cambio -ordenado, gradual y controlado- de forma que se corte a tiempo cualquier brote de especulación o pánico y se minimicen las consecuencias inflacionarias del proceso. Paralelamente deberían adoptarse políticas que protejan el poder adquisitivo de los salarios.

Obsérvese que al plantear las cosas de esta forma, de entrada estamos desafiando algunos de los presupuestos básicos del proyecto neoliberal vigente. Y no solo al cuestionar dogmas como el del libre flujo de capitales, sino además porque ponemos en marcha una concepción completamente distinta de la política económica. Juzgo que ello es indispensable en cuanto, efectivamente, hemos llegado a un umbral de agotamiento de esa estrategia neoliberal, lo que obliga a replanteamientos significativos.

Y, sin embargo, advierto que, con seguridad, entrarle al problema actual del tipo de cambio es apenas un primer paso que tendría que llevar a otros cambios, incluso de alcances mucho más significativos. De otra forma, es posible que la vuelta de la esquina descubramos que los problemas siguen ahí, y quizá peores.

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sábado, 22 de agosto de 2015

¡Qué problema con el tipo de cambio!



¡Qué problema con el tipo de cambio!
Luis Paulino Vargas Solís

Si usted le da seguimiento al comportamiento de los precios internos en Costa Rica y los compara con el promedio de los precios de los países con los cuales comerciamos, confirmará fácilmente que existe una brecha muy considerable. Supóngase que observamos los datos para el período 2006-2014. El caso es que durante ese lapso, los precios en Costa Rica aumentaron un 67% mientras los del promedio de los socios comerciales lo hacían en un 23%. Entre tanto, el tipo de cambio nominal (tal cual se registra en el mercado cambiario) se sitúa apenas un 4% por  encima de su valor de ocho años atrás. Si observásemos el período 2009-2014, la conclusión es similar: en ese lapso los precios en Costa Rica aumentaron un 32%, en los socios comerciales un promedio del 15%, mientras el tipo de cambio nominal estaba a finales de 2014 un 3% por debajo de su valor cinco años atrás.

La evolución de los precios nos da un aproximado de la evolución de los costos de producción expresados en términos monetarios. Estos costos más o menos se comportarán como lo hacen los precios. Vale decir, a lo largo de estos años se ha ido abriendo una brecha entre los costos de producción de las empresas costarricenses, y sus competidoras externas. Y ello vale lo mismo para los sectores exportadores que para los que compiten con importaciones, pero también para el turismo, en el tanto Costa Rica se vuelve más cara que otros países que ofrecen atractivos turísticos similares. No por casualidad existe la percepción generalizada de que somos un “país caro”. Pero ello también conlleva un deterioro de la competitividad de la planta empresarial costarricense, lo cual remite a un hecho objetivo insoslayable: somos una economía capitalista cuyas empresas deben competir por los mercados a su disposición frente a empresas de otros países.

El tipo de cambio debería entonces ajustarse a un valor que, de la forma más realista posible, no genere situaciones artificialmente favorables o desfavorables para las empresas costarricenses. Ni un subsidio que tendríamos que pagar colectivamente, ni una situación de desventaja que las ponga en problemas frente a sus competidoras externas.

En el período reciente –cercano a un decenio- el tipo de cambio ha venido evolucionando de una forma tal que, de forma acumulativa, ha ido poniendo en situación cada vez más comprometida la competitividad empresarial costarricense. A estas alturas, el daño acumulado alcanza niveles realmente graves y ello se refleja en la situación de atascamiento –cercano al coma- en que se encuentra la economía costarricense.

Frente a la progresiva pérdida  de competitividad, las empresas tienden a reaccionar de formas diversas:

a) Presionan los salarios a la baja.

b) Intentan intensificar los ritmos de trabajo para lograr una mayor productividad por la vía espuria del esfuerzo laboral extenuante y abusivo, lo cual es falsamente interpretado como “eficiencia”.

c) Se pasan a terceros (se “terciarizan”) partes del proceso productivo a fin de disminuir costos salariales, trasladar riesgos y evadir obligaciones de la seguridad social.

d) Se sustituyen insumos nacionales relativamente más costosos, por otros importados, lo cual rompe los encadenamientos productivos internos, debilita los tejidos productivos de nuestra economía y reduce el valor agregado de la producción.

d) Se intenta introducir tecnologías que tienden hacia la automatización a fin de reducir la cantidad de puestos de trabajo y recortar los costos salariales.

e) Se agudiza la tendencia a evadir o eludir las obligaciones tributarias y de la seguridad social.

f) En último caso, abandonan la barca y se van a otro país.

Todos estos son intentos por mantenerse a flote cuando la competitividad se hunde. Su eficacia es harto dudosa y, al cabo, tan solo agravan los problemas. Así, el dinamismo económico se desliza cuesta abajo, al punto casi del total estancamiento, el poder adquisitivo de los salarios se contrae y las condiciones de vida de las clases trabajadoras se deterioran de forma gradual pero inexorable. Con el agravante de que, en esas condiciones, resolver el problema fiscal se vuelve una imposibilidad de hecho.

Y, sin embargo, voces muy poderosas insisten en que el tipo de cambio está en “equilibrio” y que éste es el mejor de los mundos posibles. Omitiré por ahora el sinsentido teórico y empírico del concepto “equilibrio”. En cambio enfatizaré lo siguiente: esa idea del “equilibrio”, tal cual ha venido siendo planteada por el Banco Central o por economistas como Jorge Guardia, se apoya en un razonamiento que, después de múltiples rodeos, termina aterrizando en un solo punto: de lo que se trata es de que el valor del dólar se ajuste de modo que la oferta y demanda de divisas se “equilibren” (y no es detalle menor que en sus peroratas no aparezca ni una sola vez la palabra “empleo”).

Hay razones diversas por las cuales las entradas de capitales hacia la economía costarricense han sido abundantes y tendencialmente crecientes. Los economistas convencionales intentan echarle la culpa al déficit fiscal, arguyendo que éste ha elevado las tasas de interés y, de esa forma, ha incentivado la atracción de capitales. Los datos de nuestra realidad no respaldan esa idea, la cual, sin embargo, tiene un defecto aún más grave: olvida a conveniencia las condiciones de la economía mundial durante los últimos 7-8 años, en que los bancos centrales del mundo rico han propiciado tasas de interés excepcionalmente bajas y procesos de emisión de dinero por magnitudes sin precedentes.

O sea, el mundo está inundado de liquidez en búsqueda de cualquier posible rentabilización. Debemos tener en consideración además un aspecto institucional clave: en Costa Rica se ha impuesto un régimen de irrestricta libertad para los flujos de capitales. Súmese que, puesta en el contexto centroamericano, Costa Rica posee una imagen internacional algo más favorable que la de nuestros vecinos. Al considerar este conjunto de factores queda claro por qué durante los últimos 8-10 años hemos sido receptores de masivos flujos de capital.

Pero un detalle debiera resultar obvio: tal abundancia de dólares no refleja la realidad productiva profunda de nuestra economía, sino tan solo los colosales desajustes de una economía mundial en crisis. El tipo de cambio deviene entonces correa de transmisión por medio de la cual los efectos perniciosos de esas turbulencias mundiales se transmiten hacia nuestro interior.

Por esa vía se le ha venido infligiendo un grave daño a la economía nacional. No es el único factor que debamos considerar, pero posiblemente sea el principal ¿Qué hacer entonces? De momento solo diré: el proyecto neoliberal nos ha llevado por esta vía a una disyuntiva muy problemática. Ninguna salida será fácil. Sobre ello vuelvo en mi próximo artículo.

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domingo, 19 de julio de 2015

Grecia post-referendo: demencia galopante


Grecia post-referendo: demencia galopante
Luis Paulino Vargas Solís

Yanis Varoufakis, exministro griego de finanzas
La crisis de las llamadas “hipotecas basura” en Estados Unidos empezó en 2006 y se desplegó, ya de forma inequívoca, en 2007. Hacia finales de 2007e inicios de 2008, la crisis hipotecaria se metamorfoseó como crisis financiera, cuando muchos gigantes financieros –de hecho, todos los más grandes bancos– entraron en gravísimos aprietos. Luego el problema se transmitió a la economía real. Se precipitó así la recesión mundial más severa desde el decenio de los treinta del siglo XX, lo cual trajo un agudo deterioro del empleo. Hacia 2010, cuando se suponía que lo peor de la tormenta había pasado, se hicieron públicos los graves problemas en que se encontraba Grecia; la real dimensión de su déficit fiscal había sido oficiosamente escondida con la entusiasta complicidad de grandes bancos transnacionales. Explotó así la crisis de la deuda europea, que luego fue sumando, una tras otra, terribles y destructivas réplicas: Irlanda, Portugal, España, incluso Italia. En ciertos momentos las nubes del huracán ensombrecieron a la mismita Francia.

Cuando en 2007-2009 se precipita la crisis global, cuyo centro eran los propios Estados Unidos, la fuerza de las circunstancias impuso un diagnóstico: la desregulación financiera había sido una pésima idea; sus consecuencias resultaban catastróficas. Ante la magnitud excepcional de la recesión, y el temor de que diese lugar a una segunda gran depresión, Keynes fue desempolvado de los anaqueles enmohecidos adonde las escuelas de economía lo habían confinado. De hecho, todas las potencias económicas –China incluida- pusieron en marcha programas de estímulo fiscal de una escala sin precedentes en la historia, mientras sus bancos centrales aligeraban las políticas monetarias hasta llevar los tipos de interés a mínimos jamás registrados. Conforme las prescripciones de la ortodoxia dominante, no se debió hacer nada de esto, ya que, según su decir, toda intervención pública en los mercados es inútil y la única forma sensata de resolver las cosas es dejar que esos mercados actúen por sí mismos, sin ninguna interferencia. Haber actuado de esa forma habría seguramente conducido a una depresión que, quizá, habría dejado chiquitita (dado el alto nivel de integración actual de la economía mundial) la de los treinta. Se ratificó que Keynes tenía razón: ante coyunturas depresivas de este tipo la intervención pública es indispensable, como necesaria es la permanente vigilancia sobre los mercados, incluso en épocas de relativa normalidad.
 
Angela Merkel, canciller alemana
Pero con la crisis europea de la deuda, los zombis de la ortodoxia salieron nuevamente de sus tumbas. Se optó por una política de austeridad que provocó una profunda recesión. A tal punto que, poco a poco, y como sin querer, fue de nuevo necesario reconocer, en parte al menos, que aquellas enmohecidas recetas no funcionaban. No solo se aliviaron las metas fiscales restrictivas, sino que el Banco Central Europeo (BCE) desobedeció  los mandatos alemanes y comenzó a incurrir en algunas sonoras herejías. Anunció que compraría toda la deuda pública que fuese necesaria a fin de frenar la especulación. Que de no haberse optado por tal impostura heterodoxa pueden ustedes apostar que el derrumbe de España, Portugal, Irlanda y hasta Italia –y por lo tanto de la zona euro, y hasta de la Unión Europea en pleno- habría sido completo. Y luego, y un paso más allá, el BCE, a imitación de la Reserva Federal estadounidense (pero con costosísima tardanza), optó por una política de “facilitación cuantitativa”. O sea, poner a funcionar la maquinita para inyectar liquidez en las economías.

Con seguridad, ha sido gracias a ese giro heterodoxo que el BCE adoptó, que las economías europeas de la periferia han frenado su caída libre. Pero recuperarse, lo que se dice recuperarse, es todavía algo muy lejano. Por ejemplo ¿cuándo podrá España reducir sus catastróficos índices de desempleo del 25% a niveles al menos aceptables del 5-6%? Serán muchos años, y, entretanto, una generación entera ha visto sus perspectivas de vida destruidas en esta crisis. Aunque, y en todo caso, está visto que las fragilidades del euro siguen plenamente vigentes y que en cualquier momento pueden dar lugar a nuevos desbarajustes.

Pero el caso de Grecia es, con seguridad, asunto aparte. Desde 2010, y sin incluir el más reciente, dos “rescates” financieros (alrededor de 215 miles de millones de euros) han sido implementados, acompañados por masivas políticas de austeridad fiscal. Cierto: esta crisis griega viene antecedida por múltiples desordenes, abusos y corruptelas. Nada de lo cual resultaba sostenible para una economía que, conforme a los estándares del capitalismo desarrollado, se sitúa en niveles muy inferiores de productividad y competitividad. Pero quienes enfatizan la moralina, para justificar desde ahí el “castigo” al pueblo griego, no deberían olvidar que no solo las oligarquías de ese país –que muy poco, si algo, han sufrido con todo esto– fueron las principales beneficiarias de los excesos incurridos, sino que los grandes bancos transnacionales –franceses y alemanes, principalmente- fueron invitados de honor en el festín, el cual financiaron a manos llenas. Entonces ¿cómo entender que los “rescates” hayan ido íntegramente al pago de las deudas con esos bancos, mientras la sociedad griega en pleno era lanzada a lo más profundo del abismo? Se protege la rentabilidad de los bancos, mientras a la gente se la envía al infierno. En ese contexto, todo discurso moralizante pierde sentido y se vuelve un grosero oxímoron.
 
El capitulante primer ministro Tsipras
Las condiciones de fragilidad de la economía griega, en combinación con el alcance brutal de las políticas de austeridad que se le exigieron, han implicado para este país un retroceso económico de vértigo. El caso es que, ya desde el inicio, debió reconocerse que la deuda era impagable. Estando Grecia en situación de insolvencia, solo una salida razonable quedaba: la reestructuración de la deuda. Al no reconocerse esa realidad, y al insistirse en obligar a Grecia a sacar recursos de donde no los había, se terminó por provocar un desplome económico catastrófico. Cuando ahora Europa impone nuevas y mucha más draconianas medidas de austeridad, con ello un solo resultado se asegura: que la depresión económica continúe profundizando hasta el límite del genocidio. La deuda griega, que hace largo rato es impagable, pasa así a ser una categoría completamente abstracta. No existe puesto no hay forma posible de pagarla, y siendo que no existe sin embargo conserva intacto, y cada vez más violento, todo su poder esclavizante sobre el pueblo griego.

Solo hay una salida sensata: reconocer que la tarea urgente es lograr que la economía griega crezca de nuevo y genere empleos. La ortodoxia económica de la austeridad empuja en sentido contrario: hacia el abismo. Para crecer no solo se necesita una política expansiva que debería estar centrada en amplios programas de inversión que modernicen la economía griega y eleven su productividad, sino que es igualmente indispensable una profunda reestructuración de la deuda. La ortodoxia económica neoclásica –y por lo tanto la ideología neoliberal– una vez más fracasan. Se ratifica: Keynes tenía razón.

Cualquier otra cosa es demencia galopante, combinada con una indisimulada y enfermiza dosis de crueldad de tintes nazi-fascistas.

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