viernes, 21 de noviembre de 2014

Economía y derechos humanos ¿un diálogo imposible?



Economía y derechos humanos ¿un diálogo imposible?
Luis Paulino Vargas Solís

Si juzgáramos el status científico de la economía con arreglo al grado de sofisticación matemática de su teorización, habría que reconocer que, con todos los honores, es una ciencia casi tan rigurosa como la física, y mucho más elaborada que cualquier otra ciencia social. Pero, en realidad, esa sería una conclusión demasiado apresurada. Lo cierto es que esa elegante fachada esconde algunas ruinas bastante miserables.

Hablo –necesario es aclararlo- de la corriente dominante de la economía, aquella que ha inspirado y guiado el núcleo principal de las políticas económicas en Costa Rica y en casi todo el mundo durante ya más de treinta años. Los fundamentos teóricos de esta economía han recibido críticas demoledoras que nunca han sido satisfactoriamente contestadas, cuando, por otra parte, es claro que su capacidad para la generación de respuestas sensatas y eficaces es realmente pobre. Intentaré ilustrarlo.

Primero, la crítica a la teoría del capital formulada por el Cambridge crítico y progresista de Inglaterra -con Joan Robinson y Piero Sraffa a la cabeza- en su larga polémica (entre 1953 y 1976) con el Cambridge neoclásico y conservador de Massachusetts, Estados Unidos, con Paul Samuelson como principal exponente. Un segundo caso: las críticas –provenientes de teóricos como Frank Ackerman y Alejandro Nadal entre otros- a la coherencia interna y la pertinencia económica de la teoría de la competencia perfecta, lo cual es asunto discutido por décadas e incluso en años recientes. En ambos casos quedaron al desnudo debilidades que socaban gravemente la solidez de ambas construcciones teóricas, con consecuencias fatales para el edificio teórico completo de la economía hegemónica.

Por otra parte, ya en los años treinta del siglo XX, John Maynard Keynes había formulado una crítica devastadora a la ortodoxia económica de la época. Al introducir la noción de incertidumbre, replantear radicalmente el papel del dinero y cuestionar en profundidad algunos otros supuestos, pulverizó el dogma de la “Ley de Say” que sostenía esas teorías.

Es curioso, sin embargo, como en cada uno de estos casos la ortodoxia económica ha maniobrado –con habilidad y cinismo- para seguir vigente como si nada hubiese ocurrido. En el caso de Keynes, rápidamente apareció una “síntesis neoclásica” (planteada inicialmente por el economista inglés John Hicks y retomada por algunos otros, entre ellos el mencionado Samuelson) la cual buscaba neutralizar los abrumadores cuestionamientos formulados por Keynes. Luego surgirían otros sofisticadísimos desarrollos teóricos (principalmente las teorías de las expectativas racionales y de los mercados eficientes) que pretendían poner nuevamente en pie, los falsos ídolos que Keynes derrumbó. En lo que atañe al debate Cambridge vs. Cambridge la cuestión fue mucho menos sutil: completamente derrotados en el campo teórico, literalmente terminaron por hacerse los desentendidos. Algo similar parece acontecer con las críticas a la teoría de la competencia perfecta: no obstante haber sido fulminada, sigue viva en los libros de texto y las aulas de muchas universidades y en el sentido común dominante de los economistas profesionales.


Así pues, la economía hegemónica es como una casa vieja habitada por fantasmas. Una idea-zombi; un muerto viviente que comparte el lecho con acaudalados empresarios; presidentes, senadores, diputados e influyentes periodistas. Justo eso es lo más grave: el zombi sigue teniendo tremendo poder y, por lo tanto, enorme capacidad destructiva. Tal connivencia con gente de tan rimbombante estatus explica, en parte importante, la vigencia que conserva este espectro errabundo: porque es una ideología conveniente para intereses de mucho peso. De ahí que estos se prodiguen procurando insuflarle vida no obstante encontrarse bien muerta.

En concordancia con sus falencias teóricas, esta teoría económica con seguridad provoca insensibilidad frente a los problemas sociales y humanos más acuciantes de nuestro tiempo. Es algo inherente a su visión epistemológica, es decir, le viene en la sangre, como parte de su herencia genética.

Ilustraré esto último en referencia a dos detalles clave: el concepto de “agente económico” que la teoría propone y su concepción del tiempo.

El “agente económico” se supone sea cualquier participante individual en la economía. La teoría usualmente habla de dos tipos de “agentes”: el consumidor y la empresa (jamás trabajadores y capitalistas, conceptos de los cuales esa teoría abomina). A tales agentes se les atribuyen principalmente dos características: (a) son racionales en el sentido de que buscan maximizar ciertos resultados (el consumidor maximiza la satisfacción derivada del consumo; la empresa maximiza ganancias); (b) poseen perfecta información o, cuanto menos, toda la información necesaria y relevante para tomar sus decisiones económicas. Obviamente estoy simplificando, pero en lo antes dicho residen las bases fundamentales de la teoría, desde las cuales se logra luego “demostrar” que los mercados se auto-regulan de forma automática y establecen equilibrios virtuosos.

Fácil se entiende que estos “agentes económicos” nada en absoluto tienen que ver con las personas de carne y hueso, las cuales no son racionales de la forma como esta teoría postula (a menudo más bien tienen comportamientos irracionales) y, en especial, no poseen la información ni tienen la capacidad para anticipar el futuro que esta teoría les atribuye.

Ahí entra entonces la concepción del tiempo: esta economía –y en particular las absolutamente básicas teorías de la competencia perfecta y de las expectativas racionales- imaginan mercados que, guiados por ese comportamiento racional de los agentes individuales, son capaces no solo de lograr equilibrios virtuosos, sino de hacerlo en forma instantánea. Ello en una de sus posibles vertientes. Otra posibilidad es que, aún si no se diera un ajuste instantáneo, en todo caso los “agentes” poseen capacidad para anticipar el futuro con exactitud y precisión, lo que garantiza que el equilibrio virtuoso se restablezca de forma suave y armoniosa, cada vez que sufrió alguna perturbación. Es un tiempo lógico –no el tiempo real- donde pasado, presente y futuro se comprimen en un instante sin que el mundo jamás cambie.

Así son las cosas puestas en términos simplificados. Un universo imaginario que nada en absoluto tiene que ver ni con las personas realmente existentes, ni con ninguna realidad social e histórica conocida, en el que incluso se invalidan las leyes de la física al hacer posible lo imposible.

Quienes así razonan –y acontece que ese es el caso de la gran mayoría de economistas- no miran seres humanos ni sociedades reales, sino tan solo una alucinación teórica. Inevitablemente ello lastra su capacidad para la solidaridad y la empatía, lo cual se manifiesta en una manifiesta indiferencia frente a las situaciones de dolor humano, de pobreza, desigualdad y marginalización.

En conclusión: difícilmente esta economía logra dialogar con los derechos humanos o las nociones de justicia, equidad y democracia.


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lunes, 10 de noviembre de 2014

El poder de las finanzas ¿Quién manda en Costa Rica?



El poder de las finanzas
¿Quién manda en Costa Rica?

Luis Paulino Vargas Solís

Si usted revisa las tasas de interés que los bancos en Costa Rica –públicos y privados- cobran sobre el crédito destinado a actividades productivas como la agricultura, la industria y la construcción, se encontrará con que éstas oscilan en el rango de 14 al 19% anual. Entretanto la inflación se sitúa en este momento en un 5% con tendencia decreciente (fue 3,68% para todo 2013). Si luego usted mira las tasas de interés sobre depósitos, se encontrará que para un año plazo se paga un interés de alrededor del 6,5%. Adviértanse entonces dos detalles:

(a) el amplio margen entre las tasas activas (las que se cobran sobre créditos concedidos)  y tasas pasivas (las que se pagan sobre los depósitos);
(b) el amplio margen que asimismo existe entre esas tasas activas y los índices de inflación.

El punto (a) nos advierte sobre dos posibilidades: que la banca (tanto pública como privada) es muy ineficiente, lo cual se refleja en un margen muy amplio entre las tasas a las cuales se captan recursos y las tasas a las que se conceden los créditos, o bien que hay un juego de extracción de rentas, que los bancos realizan por medio de ese amplio margen. Lo más probable es que en la realidad lo que se da es una combinación de ambas cosas.

El punto (b), por su parte, refuerza la tesis de la extracción de rentas, pero en este caso directamente del bolsillo de los clientes a los que los bancos conceden crédito, toda vez que se les hace pagar unas tasas de interés que, una vez compensada la inflación, dejan un amplio margen a favor de los bancos.

Obsérvese, por otro lado, lo que ocurre con el tipo de cambio colón-dólar. Recordemos que por tres años consecutivos –entre los últimos meses de 2010 y finales de 2013- el dólar se mantuvo pegado en 500 colones o poquito más. Cierto que a inicios de 2014 las cosas cambiaron: a finales de enero empezó a darse una devaluación que llevó el tipo de cambio a cerca de 570 colones hacia el 10-11 de marzo. Luego de lo cual la intervención del Banco Central hizo que el valor del dólar volviese a deslizarse hacia abajo. Y si bien no volvió a los gloriosos 500 colones, si se ha estabilizado –desde hace ya más de cuatro meses- en los alrededores de 540 colones por dólar.

¿Quién gana y quién pierde con esta estabilización del dólar? Es usual que se piense que la ganancia es para toda la población, entre otras cosas porque ello contribuye a que la inflación se estabilice y, obviamente, abarata relativamente los productos importados. Y, sin embargo, estos beneficios son discutibles, en primer lugar porque no obstante la relativamente baja inflación, los datos disponibles (elaborados por el INEC) claramente muestran que durante estos años de inflación reducida (2009 en adelante), los salarios sin embargo se han quedado a la zaga. A fin de cuentas, pues, el poder adquisitivo de los ingresos de la mayoría de la población va cuesta abajo.

Es ciertamente paradójico: tipo de cambio estable, baja inflación y…¿salarios reales decrecientes? Creo que la explicación de esto último hay que buscarla en tres factores estrechamente relacionados entre sí: el debilitado dinamismo de la economía, el grave deterioro de la situación del empleo y la desorganización de los trabajadores y trabajadoras. Ello ofrece un cuadro propicio al deterioro de los salarios.

Y, en fin, ¿por qué la economía se ha mantenido débil y, encima, por qué tiende a debilitarse aún más en los últimos dos años? Las razones son diversas y algunas tienen que ver con los efectos negativos derivados de la muy mediocre evolución de la economía mundial durante los últimos siete años. Pero también hay factores internos que afectan. Uno de los cuales es, muy probablemente, el tipo de cambio. El asunto es que la estabilidad aparente que durante años ha mostrado éste último, implica, cuando se descuenta la evolución de la inflación, un aumento de los costos relativos con que –comparativamente a sus competidoras externas- producen las empresas costarricenses. Y ello afecta al sector turismo, a las actividades exportadoras pero también a las industrias y actividades económicas cuya producción compite con productos importados. Una forma de ilustrarlo es viendo la evolución que registran las exportaciones costarricenses. En los años anteriores a 2008 –especialmente el bienio 2006 y 2007- crecían en los alrededores del 15% anual. Tras el bajón de 2009 y hasta la actualidad, ello ya no es posible. Hubo un amago de recuperación en 2012, el cual demostró ser muy transitorio. En los últimos dos años el comportamiento de las exportaciones es simplemente decepcionante (su crecimiento es cero o negativo).

Así pues, y en contra de lo que usualmente se cree, la situación que se registra en relación con el tipo de cambio colón-dólar genera mucho más daño que beneficio. Eso es así para la mayor parte de la economía y de la población, aunque no para los bancos. Para éstos el tipo de cambio férreamente estabilizado es un excelente negocio. En primer lugar porque ello propicia la atracción de capitales en dólares que alimentan la colocación de créditos con ganancias más que sustanciales para los bancos. En segundo lugar porque el tipo de cambio estable actúa como una ancla que frena la inflación y contribuye a mantenerla baja. Lo cual también favorece el negocio bancario, ya que, como hemos visto, estos colocan créditos sobre los cuales cobran tasas de interés mucho más altas que la inflación vigente.

Todo este juego financiero en relación con tasas de interés y tipo de cambio redunda finalmente en lo mismo: jugosas ganancias para el sector financiero. No es casualidad que la actividad financiera crezca a tasas que exceden del 7% anual cuando la economía en su conjunto lo hace al 3,5%-3,6% anual. Visto de otra forma: la proporción que los servicios financieros representaban en el PIB era del 4,0% a inicios del nuevo siglo, alcanzó 4,7% en 2006 y salta al 5,8% en 2014.

En síntesis: la conducción de la economía en gran medida responde a los intereses del negocio financiero (banca y flujos de capitales), con consecuencias muy dañinas para la actividad productiva, la generación del empleo y las situaciones de pobreza y desigualdad. Y aunque por una cuestión de extensión aquí no podré explicarlo, incluso toda la discusión sobre déficit fiscal y recortes presupuestarios está igualmente condicionada por el predominio de tales intereses.

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martes, 4 de noviembre de 2014

Austeridad fiscal: la receta equivocada



Austeridad fiscal: La receta equivocada

Luis Paulino Vargas Solís

Durante las últimas semanas un tema ha dominado el debate político en Costa Rica: el problema del déficit fiscal y, en particular, las diversas propuestas que intentan disminuirlo mediante el recorte del gasto público. En forma muy sintética, este artículo analiza algunas facetas de la cuestión que, en general, son ignoradas o invisibilizadas en ese debate.

Acerca de las consecuencias del déficit fiscal

Estas propuestas de austeridad se justifican a partir de planteamientos que atribuyen al déficit una larga serie de terribles consecuencias dañinas. Muy poco de todo ello encuentra apoyo en los datos de la realidad.

En primer lugar, se aduce que el déficit provoca inflación y elevación de las tasas de interés. Ninguna evidencia disponible respalda tales afirmaciones. Por seis años al hilo la magnitud del déficit ha sido considerable –tendencialmente creciente- cuando, al mismo tiempo, la inflación se ha sostenido en mínimos históricos.  Por su parte, las tasas de interés  han experimentado ocasionales episodios de alza. Pero igualmente se ha comprobado que es factible bajarlas a sus usuales niveles históricos, tan solo con que se apliquen las políticas apropiadas. El caso es que las condiciones de la economía durante estos años invalidan tales presunciones. Y, sin embargo, se insiste dogmáticamente en repetirlas.

Asimismo se asegura que con el déficit crece también la deuda pública y, con ello, aumenta asimismo la posibilidad de que las “calificadoras internacionales de riesgo” degraden la “nota” que le atribuyen a Costa Rica, en cuyo caso la obtención de financiamiento externo se vuelven más astringente. Esto tiene su dosis de verdad; ya hemos visto como una de esas calificadoras ha querido “castigarnos”. Sin embargo, y como es obvio, ello no tiene a corto plazo consecuencias apreciables, aunque sí podría tenerlas en períodos más largos. En particular, subrayemos que el problema de la deuda tiene una doble faceta: lo importante no es cuánto crezca en términos absolutos, sino, sobre todo, su crecimiento relativamente al crecimiento de la economía nacional (o sea, respecto del ritmo de aumento del PIB). Este segundo aspecto de la cuestión no ha recibido adecuada atención. Todo el interés, en cambio, se concentra en la restricción del gasto público para intentar frenar el alza de la deuda, sin percibir que, en realidad, devolverle dinamismo a la economía es un objetivo mucho más importante. Sobre esto último, volveré luego.


La “mística de la mutilación”

La política de recorte por la que se ha optado, se basa en una serie de supuestos no explícitos. En primera instancia, es clarísimo que se manejan hipótesis fervorosamente anti-estatistas y, en particular, fieramente estigmatizantes respecto de las personas que trabajan en el sector público. Esa es la justifican detrás de las tijeras y el machete: porque presuntamente en el sector público pululan la corrupción y la ineficiencia y porque sus empleados y empleadas gozan de grandes privilegios y son gente vagabunda e inepta.

Desde este discurso maniqueo y satanizante se impulsan políticas restrictivas que tienen el potencial de profundizar los procesos de desmantelamiento e inutilización del sector público. Ello es así puesto que, en primera instancia, las medidas restrictivas han sido promovidas sin otro criterio como no sea los juicios arbitrariamente formulados desde un despacho legislativo. Pero, además, debería ser obvio que para lograr mayor eficiencia y eficacia lo que se necesita prioritariamente es mejorar la organización y fortalecer el funcionamiento de las instituciones públicas, no debilitarlas aún más. Porque lo que se recorta simplemente desaparece, y ello sería justificable solo si se pudiera demostrar que la oferta de servicios públicos excede de las necesidades existentes. Evidentemente ese no es el caso. Lo contrario es lo cierto: ni los servicios públicos ni la inversión pública son –ni en calidad ni en cantidad- lo que debieran ser. Se necesita más y mejor, nunca menos.

La receta equivocada

Anoté más arriba que el crecimiento de la deuda pública que deriva de la
persistencia del déficit, deviene un problema que merece atención en la medida en que crezca su dimensión relativa respecto del tamaño del PIB. Ello nos remite al problema del dinamismo de la economía o, mejor dicho, al de la ausencia de ese dinamismo, según se ratifica en la persistencia (por siete años al hilo) de un crecimiento económico muy inferior a los estándares históricos de la economía costarricense, con una situación del empleo sumamente deteriorada. Ello configura lo que propongo considerar una situación de depresión económica: porque el desempeño de la economía se degrada por debajo de sus niveles históricos y porque esa situación se convierte en una tendencia que se prolonga durante un largo período sin que se avizore ninguna pronta mejoría.

En ese contexto, la obsesión fiscalista que enfatiza el recorte y la restricción implica un doble error: en primer lugar, pone el énfasis donde no debiera, distrayéndolo de lo que es realmente prioritario (la dinamización de la economía); y, en segundo lugar, porque la fórmula de la austeridad genera presiones recesivas adicionales en una economía debilitada que, de por sí, anda renqueante.

Al respecto, debe enfatizarse que, con alta probabilidad, uno de los factores que más ha incidido en la persistencia por seis años seguidos de un déficit fiscal significativo, ha sido, precisamente, el estado de crónica debilidad en que la economía ha quedado atrapada. Ello sin duda ha debilitado los ingresos que recibe el gobierno y, por lo tanto, repercute en la persistencia del déficit y en el crecimiento de la deuda. Aparte que una economía que evoluciona en ralentí es una receta segura para que el peso relativo de la deuda se incremente.

Por lo tanto, la fórmula del recorte, en cuanto seguramente agravaría la atonía económica, al cabo podría traer consigo un agravamiento del déficit y, entonces, una agudización del problema de la deuda, tanto en su magnitud absoluta como en su dimensión relativa.

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