sábado, 18 de abril de 2015

¿Sobrevivirá el gobierno de Luis Guillermo Solís?




¿Sobrevivirá el gobierno de Luis Guillermo Solís?

Luis Paulino Vargas Solís

A punto de cumplir su primer año, el gobierno de Luis Guillermo Solís da una imagen de derrumbe y caos. Lo cual resulta mucho más intrigante, si recordemos que un año atrás lo que teníamos era un presidente alzado en gloria por un apoyo popular arrollador ¿adónde fue a parar ése, al parecer vigoroso caudal político?


Acaso la respuestas deban empezar a hurgarse en el proceso electoral mismo. Quizá ahí mismo quedaron sembradas –por propia decisión de don Luis Guillermo- las semillas venenosas que luego han venido a hacer de su gobierno lo que, cada vez más, parece ser una apuesta por el desastre. Mi tesis la resumo así: siendo candidato, y al comando del PAC, Solís optó por una fórmula estrechamente electorera, basada en dos o tres premisas principales: ofrecer “cambio”; descafeinar ese cambio a fin de inmunizarse contra la campaña del miedo desatada contra Villalta y el FA; formular esa propuesta de “cambio sin amenaza” alrededor de oportunistas coaliciones de facto con sectores moderadamente conservadores desprendidos de los partidos tradicionales, en especial la Unidad, y algunas representaciones del progresismo vinculado a movimientos sociales.

En buen medida, pareciera haber sido una fórmula electoralista para tratar de garantizarse el gane, más que construir una base política sólida desde la cual emprender algún proyecto cuyo contenido tuviera al menos alguna novedad apreciable, aún si sus pretensiones no fueran, ni mucho menos, revolucionarias. Se intentaba así equilibrar dos factores que, en principio, son contradictorios: el cambio y la continuidad. Lo primero intentaba satisfacer una muy generalizada demanda ciudadana. Lo segundo buscaba complacer a los sectores hegemónicos.


El reclamo por un cambio era seguramente menos difuso de lo que alguna gente pretende, al menos en cuanto sí existe un mínimo de claridad respecto de las aspiraciones básicas que le dan contenido a esa idea. En particular las siguientes: a) transparencia, honestidad, eficiencia y calidad en el manejo de los asuntos públicos; b) una reorientación de la economía que proveyera alguna mejoría, así fuera gradual, en relación con algunas preocupaciones básicas: empleo, pobreza y desigualdad; c) la pacificación en una colectividad cada vez más violenta. Y, en resumidas cuentas, recuperar la esperanza en el futuro, algo extremadamente urgente en un país donde cunde el desaliento y la desesperanza.

Ninguna de estas cosas podría cumplirse sin desagradar, en grados variables, a los poderes económicos, políticos y mediáticos dominantes. Incluso un esfuerzo decidido por establecer criterios de honestidad desagradaría a grupos de poder económico habituados a hacer buen negocio en relación con compras o inversiones del sector público. Pero avanzar en el terreno del empleo, la pobreza y la desigualdad es virtualmente imposible si no se asume el desafío de reorientar la estrategia económica vigente, lo cual desagradaría profundamente a intereses muy poderosos vinculados con la banca, el comercio importador, la especulación inmobiliaria o la inversión transnacional.

En el primer aspecto –honestidad, transparencia, eficiencia- es evidente que Solís y su gobierno han quedado en deuda. En el segundo, lo único claro es que se ha optado por darle continuidad a los aspectos definitorios de la estrategia económica prevaleciente. Ello es así en relación con tres componentes clave:

a) Las políticas sobre tratados comerciales y atracción de inversión extranjera, prácticamente privatizadas, puesto que, aparte de COMEX, son lideradas por PROCOMER –una entidad andrógina, medio privada, medio pública- y CINDE, una ONG que recibe fondos públicos pero que funciona enteramente como entidad privada.

b) Las políticas monetaria, cambiaria y bancaria en manos del Banco Central, que continúan bajo un enfoque dogmático y ortodoxo.

c) La política fiscal, donde parece optarse por una vía que profundizaría la inequidad del sistema impositivo.

Mantener intocadas tales políticas, implica mantener incólume el núcleo duro de la estrategia neoliberal. De ahí en más, los bienintencionados intentos en aspectos como la seguridad y soberanía alimentaria o el impulso de la economía social-solidaria equivalen a ponerse a jugar “jackses” en medio de un partido de rugby por el campeonato mundial.

La apuesta electoral de Solís oportunistamente priorizó el gane. Renunció así a crear la plataforma política que podría sustentar un programa serio que eventualmente tuviese la capacidad de introducir alguna modificación en ese núcleo duro. Pudo haber sido, sin excesivas pretensiones, una propuesta concebida según lo propio de la tradición histórica del reformismo costarricense, actualizada y remozada en lo que fuese necesario. Claro que esto no habría gustado a los intereses que han hegemonizado el desarrollo del país. Sería, por lo tanto, un desafío político mayúsculo. Pero no hacerlo convierte la oferta de cambio en un ejercicio retórico sin contenido ni consecuencias. Implicaría traicionar las expectativas populares –algo sumamente grave- pero asimismo arriesga renunciar a una identidad y carácter propios; o sea, hacer del gobierno Solís un gobierno más. Un lujo que, sin duda, no podría dárselo un partido y un político cuyo ascenso se alimentó de una expectativa básica: la del cambio.

Si llegó con la bandera del cambio, acaso se hacía urgente haber   clarificado lo que por tal cosa se entendía, ya desde el inicio mismo. Ese fue un reclamo que, reiteradamente, yo mismo formulé por entonces, y el cual fue sistemáticamente descalificado aduciendo que se exigía del gobierno resultados que era imposible alcanzar cuando apenas se iniciaba. Obviamente no era esa la intención. Un año después la pregunta sigue en pie: ¿en qué consiste el cambio ofrecido? Haber eludido la respuesta podría deberse a dos posible razones: jamás se tuvo claro en qué consistía tal cambio o bien simplemente se optó por archivar el compromiso asumido.

Y si bien defraudar las expectativas populares seguramente tendría consecuencias para Luis Guillermo Solís y para el PAC, al cabo la gran perdedora podría ser la democracia costarricense. Porque se estaría asestando otro golpe –quizá el más demoledor de todos- a la confianza ciudadana. No olvidemos que esa confianza es alimento indispensable para la democracia.

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sábado, 11 de abril de 2015

Jorge Guardia y el "equilibrio" del tipo de cambio



Jorge Guardia y el “equilibrio” del tipo de cambio

Luis Paulino Vargas Solís

¿Está el tipo de cambio colón-dólar en “equilibrio”? El reconocido economista Jorge Guardia afirma que sí, y en auxilio de su punto de vista invoca el peso intelectual de tres autoridades: el Banco Central (BC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, en la cúspide, el dios-mercado.

La argumentación de fondo es bastante defectuosa. Al citar al FMI se aduce la situación de aparente sostenibilidad de la balanza de pagos, en cuanto el déficit en la cuenta corriente se sitúa en los alrededores del 5% como porcentaje del PIB o poco más, lo cual se financia satisfactoriamente con las entradas de capitales. Además, el monto de las reservas monetarias en manos del BC alcanzan para financiar más de cinco meses de importaciones y la situación de deuda externa no plantea presiones significativas. Por lo demás, y al citar al BC, y, en especial, al hacer referencia al (dios) mercado, el argumento se vuelve muy simpático: básicamente nos dice que el tipo de cambio está en equilibrio porque no hay desequilibrios visibles. O sea: está en equilibrio…porque está en equilibrio. Tamaña agudeza, pues…

Su planteamiento tiene un defecto que, ya de entrada, lanza un manto de sospecha: apela al argumento de autoridad. Además, como acabo de indicar, cierra con un razonamiento circular y tautológico. Pero también es necesario interpelarse acerca de la noción de equilibrio que maneja el señor columnista. Al respecto, sin embargo, un hecho paradójico salta a la vista: Guardia habla de equilibrio para referirse a un tipo de cambio cuyo valor actual ha estado poderosamente influido por reiteradas intervenciones del BC. Recordemos que Guardia es parte de esa nutrida cofradía de economistas costarricenses que concurren, unánimes y convencidos, en la teoría según la cual el equilibrio es algo que solamente está al alcance de la divina sabiduría del mercado, exento de toda intervención. Entonces ¿cómo considera de “equilibrio” un tipo de cambio reiteradamente tocado por las “sucias” manos del BC?

Y, sin embargo, es posible que ni tan flagrante contradicción ni las falencias lógicas mencionadas sean lo más importante. El problema está realmente en los criterios, explícitos e implícitos, desde los cuales se habla de equilibrio.

Para clarificarlo recordemos las referencias de Guardia en relación con los criterios emanados del FMI. El “equilibrio” resulta entonces un asunto de flujo de caja atinente al balance entre las entradas y salidas de divisas en la balanza de pagos. Ello conlleva una violenta trivialización del problema, reducido a una cuestión de elemental técnica contable. Desde un punto de vista científico lo importante no son tales flujos contables, sino las fuerzas económicas que subyacen a esos datos. Posiblemente por razones teóricas, pero también de orden epistemológico, Guardia ignora tal discusión. Y no se vale aducir razones de espacio, ya que es imperdonable que no haya ningún reconocimiento –aunque solo fuese como insinuación- de que el tema del “equilibrio” es mucho más que un asuntito contable.


Empecemos por dar cuenta del propio concepto de equilibrio. Este solo tiene sentido como un estado virtuoso y de armonía en que fuerzas opuestas se compensan las unas a las otras y se estabilizan mutuamente. En la realidad eso no existe: los mercados jamás se estabilizan –excepto por períodos muy cortos- y solo excepcionalmente alcanzan situaciones que, más que armónicas, puedan también ser consideradas virtuosas. Se adivina detrás de esa imaginación, la teorización sobre el equilibrio general y la competencia perfecta, cuyos “padres fundadores” fueron Walras, Jevons y Menger. Posteriormente se ha demostrado que incluso en sus versiones posteriores más sofisticadas (el modelo Arrow-Debreu), tiene graves inconsistencias.

O sea: evitemos un equívoco en el que Guardia intenta enredarnos: el de aducir “equilibrio” del tipo de cambio para descartar la posibilidad de que se encuentre sobrevalorado. Esto último implicaría, no que esté lejos del “equilibrio”, sino que no refleja de forma aceptable ni razonable las realidades de nuestra economía.

Consideremos entonces esas realidades. Hay primero un problema de periodización que Guardia omite y que tampoco parece haber sido tenido en cuenta por el FMI ni por el BC. Quiero decir: para entender la situación del tipo de cambio hay que examinar cuanto menos el período 2006-2014, en relación con dos procesos vinculados:

a)    Los superávits sostenidos en la cuenta de capitales de la balanza de pagos, que, en general, exceden ampliamente de los déficits en la respectiva cuenta corriente. Ello genera una abundancia relativa de dólares, lo cual se refleja en el crecimiento tendencial en las reservas del BC.

b)   La relativa estabilización del valor nominal del tipo de cambio durante ese tiempo (el 1 de enero de 2006 el tipo de cambio era de $1=C495; el 1 de enero de 2015 su valor fue C533; en el entretanto, y durante largo tiempo, estuvo anclado en los C500).

A estos dos datos, debemos agregarle un tercero: durante ese tiempo los índices de inflación en Costa Rica han estado sostenidamente por encima de los correspondientes a los países que son nuestros socios comerciales. Entre 2006 y 2014, la inflación acumulada de los socios comerciales de Costa Rica, según datos del BC, suma 27% cuando la de Costa Rica alcanza al 83%, mientras en términos nominales el tipo de cambio tan solo se elevó un 7%. En breve: los costos de producción se han incrementado en Costa Rica mucho más que en países que son socios comerciales, lo cual inevitablemente impacta en la competitividad de las exportaciones y el turismo y, más en general, en la competitividad de la economía en su conjunto, incluidas las actividades que compiten con importaciones.

Debemos, pues, analizar el efecto negativo que se va  acumulando a lo largo de estos años. De ahí, la importancia de una adecuada periodización, necesaria también para comprender apropiadamente la tendencia hacia un superávit sostenido de dólares en la balanza de pagos, con sus implicaciones visibles en el aumento de las reservas del BC y en la estabilización del valor nominal del tipo de cambio. Tenemos entonces un juego problemático de los siguientes factores:

a) La total liberalización de los movimientos de capitales a que ha sido sometida la economía costarricense, a partir de decisiones que datan del tiempo en que Guardia fue presidente del BC, y la cual ha sido consolidada por medio de los tratados comerciales.

b) La abundancia de capitales financieros que circulan la geografía económica mundial desde al menos los años ochenta del siglo XX.

c) Las políticas monetarias, excepcionalmente expansivas, que, a raíz de la crisis que explotó en 2007-2008, han aplicado la mayoría de los bancos centrales más poderosos del mundo –en especial la Reserva Federal estadounidense- lo que ha incrementado de forma tumultuosa tales corrientes de capitales financieros.

De donde resulta que, abandonada a fines de 2005 la política de minidevaluaciones, en el contexto del sistema cambiario “de bandas” –el cual jamás funcionó como tal- lo que se ha dado es un juego problemático entre condiciones internas y factores externos que han propiciado una revalorización tendencial (en términos reales) del tipo de cambio. Esto ha tenido lugar bajo la mirada cómplice del BC, cuya política, estrechamente ortodoxa, ha implicado un sacrificio efectivo del empleo a favor de objetivos anti-inflacionarios asumidos dogmáticamente. Este sesgo hacia una concepción financiarizada estrecha es compartido por Guardia y claramente se refleja en su concepción del “equilibrio”, del cual está ausente cualquier referencia al empleo.

Hablamos, pues, de la vulnerabilidad de la economía nacional frente a un entorno mundial turbulento. Los dólares de más que, con la activa colaboración del BC, han empujado hacia la revalorización del tipo de cambio, reflejan tales realidades problemáticas. Son signo de debilidad, mucho más que de fortaleza.

Tristemente esto nos lleva a una situación de “perder-perder”: persistir por este camino tan solo agravará las penalidades que sufrimos, pero corregirlo también conlleva costos. Y, sin embargo, es preferible proceder a un proceso de corrección gradual y ordenada, dentro de una estrategia integral de políticas que reparta los costos de la forma más equitativa posible.

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jueves, 26 de marzo de 2015

Tipo de cambio: la jarana sale a la cara





Tipo de cambio: la jarana sale a la cara
Luis Paulino Vargas Solís

Es comprensible que, en general, prefiramos un tipo de cambio en 540 colones por dólar, en vez de 600 o 620. Ello permite que los productos importados –incluidos autos del año- nos lleguen más baratos de lo que de otra forma nos resultarían, como también ello facilita irnos de paseo al extranjero, no solo porque los tiquetes de avión nos resultarán más cómodos, sino porque posiblemente hallaremos que en el país adonde vamos, “todo está baratísimo”.  Podremos así adquirir celulares, pantallas, tabletas y computadoras y cargar muchos regalos para familiares y amistades, todo lo cual embellecerá grandemente nuestra imagen de personajes cosmopolitas e internacionales.

De modo similar, hay actividades económicas que se sentirán complacidas. El comercio importador, desde luego, sea lo que fuere que traigan: desde autos del año –como ya dije- a frijoles y arroz. Las agencias de viajes también estarán contentas de poder ofrecer, a tarifas muy cómodas, “paquetes para ir a ver a la sele” o cualquier otra ganga para viajar a Cancún u Orlando. Por su parte, la banca también se siente en su charco: puede endeudarse, traer capitales en dólares y colocar créditos en dólares…incluso entre gente que gana en colones. Y como tanta estabilidad del tipo de cambio además propicia que la inflación sea relativamente baja, pues, como dicen, “miel sobre hojuelas”: en sus créditos en colones, los bancos cobrarán a la industria o la agricultura tasas de interés que exceden en 10 o 12 puntos el índice de inflación. Como dice una persona que conozco “¿va a llorar?”. El negocio es redondo.

Ganadores
Para otra gente la cosa no resulta tan bonita. No es difícil demostrar las razones. Cosa de buscar los índices de inflación y el comportamiento del tipo de cambio de los países que exportan iguales o similares productos que los que nuestro país exporta. Y hacer otro tanto con los países que compran lo que exportamos. Con el paso de los años –sin exagerar les aseguro que la cuestión empezó allá por 2006- se verá que se acumula una diferencia negativa en contra nuestra, pues nuestros índices inflacionarios en general han tendido a ser superiores, mientras el tipo de cambio prácticamente no se movía (recordemos que por varios años se mantuvo en 500 colones por dólar, y por ya cerca de un año lo dejaron varado en 540). De ahí que resulte atractivo comprar cosas importadas o viajar con frecuencia al extranjero.

Perdedores
Y, sin embargo, ese panorama tan soleado se vuelve tormentoso cuando miramos las actividades productivas vinculadas a la exportación y el turismo o las que producen mercancías que compiten con productos importados. Fácil resulta ubicar galletas importadas baratas –o mermeladas o cerveza o pastas- en los anaqueles de los supermercados, como comprensible resulta que el comerciante importador de arroz presione para que se liberalicen las respectivas importaciones, puesto que el tipo de cambio le facilitará traerlo más barato. Cierto, salen dañadas las actividades de exportación y las turísticas. Y aunque esto involucra trasnacionales muy poderosas, también hay ahí una plétora de empresas nacionales de diverso tamaño –incluso muchas pequeñas- que generan una cuota importante de empleos. Pero es igualmente cierto, como he explicado, que salen dañadas empresas y actividades que enfrentan la competencia de productos importados.

Y si la banca o el comercio importador saben bien lo conveniente que les resulta esa situación del colón, en cambio resulta obvio que entre los sectores perjudicados hay poca claridad sobre el castigo que se les inflige. Quizá debido a que también ellos están bajo el hechizo que hace imaginar que un tipo de cambio bajo y estable es algo bueno porque sí.

Claro está que esa situación del colón frente al dólar abarata también la importación de insumos. Y no es extraño entonces que el fabricante de pastas o galletas o el frijolero agradezcan ese estado de cosas. Y, sin embargo, es harto improbable que ese efecto positivo compense el daño que las importaciones baratas de productos competitivos les provoca. Pero, además, ello también le causa perjuicio a la economía en su conjunto porque desincentiva la producción nacional de insumos y productos intermedios y propicia la dependencia de las respectivas importaciones. Lo cual agrava los desequilibrios negativos o déficits en nuestra balanza de pagos y además impide el surgimiento de nuevas actividades productivas, proveedoras de tales insumos, como también bloquea el desarrollo de encadenamientos productivos al interior de nuestra economía. Todo lo cual implica perder posibilidades de generar más empleos, y agrava la fragilidad y vulnerabilidad de la economía nacional.

Ganadores
Así, las empresas y actividades de exportación, turismo y que compiten con importaciones van viendo como las cosas se ponen cuesta arriba; su capacidad competitiva va degradándose. Pueden intentar compensar ese efecto negativo bajando los salarios. Y, de hecho, parece que lo han intentado, según se desprende de la evolución registrada por los salarios (medidos según su poder adquisitivo real). Pero ése es, hasta en el mejor de los casos, un mecanismo socialmente peligroso, que además daña adicionalmente a las empresas que producen para el mercado nacional, cuya demanda flaquea al flaquear los salarios (y mucho más dada la pésima situación del empleo). Puede también intentar mejorar su productividad, pero ello exige inversiones en mejores tecnologías, lo cual supone una capacidad financiera que pocas empresas tienen…menos aun cuando el financiamiento bancario anda por las nubes.

La jarana sale así a la cara: el paraíso soñado de un tipo de cambio bajo –que incentiva importar, consumir y viajar- se revierte como un casi-estancamiento de la economía y desemboca en un agudo deterioro de la situación del empleo. Ya que, aun cuando esto sea beneficioso para el comercio importador, la banca y algunos servicios, la mayor parte de la economía –incluso partes sustanciales de los sectores agropecuarios, industrial y, por supuesto, todo el engranaje de servicios vinculado al
Perdedores
turismo- se ve perjudicada.

Al cabo, ese paraíso del consumo poco significa para las personas desempleadas, o para aquellas que tienen que resignarse con empleos malos o con la simple y desnuda precariedad laboral. Y siendo verdad que ello produce rezago creciente en la economía nacional, además impacta negativamente sobre las finanzas públicas y el déficit fiscal, puesto que los ingresos del gobierno salen  afectados por la ralentización económica.

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domingo, 15 de marzo de 2015

Diversidades sexuales en Costa Rica ¿un caso de doble personalidad?



Diversidades sexuales en Costa Rica ¿un caso de doble personalidad?
Luis Paulino Vargas Solís

Todavía a finales del siglo pasado –dígase 1998 o 99- los bares gay-lésbicos procuraban mantenerse tan imperceptibles como fuera posible. Ya por entonces, sin embargo, se había hecho innecesario poner en funcionamiento mecanismos especiales de alerta que advirtiesen de la llegada de policías. Es que apenas unos años antes, en los ochentas por ejemplo, la visita de los “pacos” obligaba a romper la rutina normal de esos establecimientos: había que “fingir heterosexualidad” puesto que si te pillaban besando a tu novio podías terminar la noche entumido de frío en una celda. En aquellos años de fines de siglo, la policía seguía haciendo sus visitas –siempre poniendo cara de bulldog- a aquellos lugares de aspecto exterior tan discreto, pero ya nadie se sentía en la obligación de experimentar un repentino ataque de heterosexualidad.

De cualquier forma, visibilizarse públicamente seguía siendo una hazaña cuyo heroísmo lo transformaría a uno en kamikaze. Ya por entonces se intentaron algunos encuentros –recuerdo en especial el que se hizo en octubre de 1998 en una casa de barrio La Granja- y así empezaba a surgir cierta conciencia política. Pero a nadie se le ocurría hacer una marcha a la luz del día por las calles de San José. Excepto, quizá, si se usaran capuchas que hicieran imposible reconocer ningún rostro. Pero ni siquiera de esa forma se intentó.

Unos años después, en 2003, el abogado Yashin Castrillo impactó el medio nacional con su reclamo -corajudamente asumido en soledad- ante la Sala Constitucional demandando igualdad para las parejas del mismo sexo. Ello anticipó la acontecido hacia 2005-2006, cuando se hizo usual ver en la televisión o en fotografías en la prensa escrita, a un hombre joven de rostro moreno y rubicundo: era Abelardo Araya, quien, en otro alarde de valentía e irreverencia, y solito, solito –sin nadie más a su lado- una y otra vez daba la cara ante Costa Rica entera, dándole al asunto un tono explícitamente político para reivindicar que había un grupo de personas –parte también de este país- cuya orientación sexual y/o identidad de género eran distinta de la mayoritaria, y las cuales reclamaban no ser discriminadas en razón de tal diferencia.

Luego todo se aceleraría notablemente. Creo que la cosa flotaba en el ambiente, en buena medida por influencias venidas de otros países donde el cambio se había adelantado sustancialmente. Ese impacto se agrandaba gracias a los nuevos medios que proporcionaban las tecnologías de la información, en particular internet. En ese contexto, el arrojo de Yashin y Abelardo fue como encender unas hojarascas secas a partir de lo cual prendió la conflagración.

Subrayemos un detalle: hasta el día de hoy Costa Rica sigue siendo un país homofóbico, lleno de incomprensión y violencia contra las personas sexualmente diversas. La violencia contra las lesbianas afortunadamente se visibiliza ahora como parte de la violencia de género contra las mujeres  en general. La violencia contra los gais permanece oculta, sistemáticamente negada. La violencia contra las personas trans –en particular quienes asumen una identidad, digamos que femenina, siendo su sexo biológico original masculino- es extrema y brutal, y goza de gran legitimación social.

Y, sin embargo, es cierto que en esta materia la sociedad costarricense ha cambiado notablemente y en un período bastante corto. La visibilidad pública que Abelardo y Yashin se atrevieron a asumir en soledad, posteriormente se volvió epidemia: muchos y muchas les hemos imitado. Hay, pues, una vertiente de cambio social empujado por la eclosión cultural del colectivo de las diversidades sexuales. Esta sociedad ha debido enfrentar sus propios fantasmas. No le ha quedado de otra si no admitir que lo negado y oculto, no por ello dejaba de existir. Ahora debe reconocer –aunque a regañadientes y con gran incomodidad-  que “esas personas” efectivamente está ahí, incluso en la propia familia; en la oficina o el taller donde se trabaja; en el aula donde se estudia; en el asiento del lado en el bus o en la fila en el banco.

Así este colectivo va gestando, usualmente sin siquiera darse cuenta, una revolución cultural mayúscula. Porque reivindica una concepción y una vivencia de la sexualidad que rompe con los cánones hegemónicos, y porque gesta muy diferentes formas de familia. Pero, sobre todo, porque hace proliferar las identidades de género, las cuales dentro de este colectivo adquieren multiplicidad de matices y gradaciones. Ello ratifica que el binarismo  hombre-mujer es solo un dispositivo de poder que aprisiona los cuerpos empobreciendo la subjetividad de las personas. Esto amplía y enriquece procesos de cambio detonados por el feminismo y los movimientos de mujeres.

Abelardo Araya
El colectivo de las diversidades sexuales alimenta así una revolución cultural, y ello es posible gracias a su desfachatez e irreverencia, al desenfado con que desafía las normas tradicionales sobre familia, sexualidad y género. Y la sociedad costarricense va como a remolque de esta correntada. Entre la gente joven el proceso ha avanzado más, sin que ello implique, ni mucho menos, que los prejuicios hayan desaparecido. Para la población de más edad, esto es motivo de perplejidad. Un sector muy importante se aferra al odio y los estereotipos infamantes. Nada de lo cual detiene el cambio cultural en curso.

Paradójicamente, las expresiones políticas de este colectivo se mantienen muy a la zaga respecto de su dinámica cultural. Y en los últimos tiempos la brecha se ahonda más y más. Ello puede ser ilustrado recordando la intensa agitación política durante los meses de mayo y junio de 2012, tras la elección de Justo Orozco como presidente de la comisión legislativa de derechos humanos. En cosa de pocas semanas se realizaron dos marchas –la de “invisibles” y la del orgullo- ambas teñidas de mensajes políticos de protesta. Y en las redes virtuales y en los medios de comunicación hervía la indignación. Vino entonces la convocatoria a casa presidencial de las usuales dirigencias del movimiento. Palmaditas, promesas y algunos mensajes de calculada conciliación. El gobierno logró lo que buscaba: neutralizar el movimiento de protesta.

De entonces a la fecha, y sobre todo tras la llegada a la presidencia de Luis Guillermo Solís, la expresión política de este colectivo se desliza cuesta abajo, en irrefrenable declive. Si en mayo-junio de 2012 vimos levantarse un tigre rugiente y furioso, hoy lo que tenemos es un tigre de papel pegado en la pared.

Es como al modo de un caso de doble personalidad: un colectivo culturalmente vigoroso, que se vuelve tímido y balbuceante cuando entra a la esfera de lo político.

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