domingo, 24 de julio de 2016

Proyecto del agua: más allá de la novela de terror y ciencia ficción



Proyecto del agua: más allá de la novela de terror y ciencia ficción

Luis Paulino Vargas Solís

Desde hace meses vengo leyendo (y escuchando) críticas muy encendidas contra el proyecto del agua. Yo, la verdad, no tenía una posición formada sobre el tema, aunque sí me preocupaban los graves defectos que se le atribuían. Ya para entonces, sin embargo, algo en tales cuestionamientos me generaban mucho malestar: los encendidos ataques personales en contra de quienes lo promovían, en muchos casos personas que respeto mucho. A mis ojos eso desacreditaba –y no poquito –los cuestionamientos planteados. Y no solo por el atropello gratuito a esas personas. También, y de hecho más importante, por las rajaduras y resentimientos en los sectores progresistas y de izquierda que ello provocaba –y hasta el día de hoy– lo cual reedita una vieja historia en las izquierdas costarricenses: los círculos viciosos autodestructivos, que imposibilitan el avance de ninguno proyecto progresista viable y facilitan que la hegemonía neoliberal y conservadora conserve plena vigencia.

Un buen día me senté a leer el proyecto. Y de entrada me llevé una gran sorpresa. Es que una de las críticas reiteradísimas que yo había leído, era la que afirmaba que se había eliminado la disposición de que el agua debía estar disponible “en cantidad y calidad adecuadas” ¡¡¡Pero si precisamente ÉSO es lo que se dice en el primer artículo del proyecto!!! Un enorme signo de interrogación se me pintó en mi cabeza a partir de ahí, el cual iba más allá del disgusto provocado por la degradación –por completo innecesaria– hacia el insulto personal.

He seguido leyendo los cuestionamientos, y noto que hay como una especie de explosión demográfica. Se multiplican fuera de todo control. Sobre todo es llamativo el intento por construir escenarios apocalípticos y de catástrofe, que se asegura serían las consecuencias derivadas de ese proyecto, especialmente en relación con el concepto de “bien económico” mencionado en un inciso del artículo 2. Una vez traspasado ese umbral, resulta imposible tomarse en serio lo que se diga.

Muchas críticas son jurídicas. No puedo opinar al respecto. Acaso sean valederas. Acaso no. Que lo digan los expertos. Los cuestionamientos en cuanto al contenido del proyecto muchas veces se reiteran alrededor de cuestiones totalmente opinables (por ejemplo: ¿qué es mejor? ¿Que la gestión del agua esté en manos del MINAET o de SENARA? Hay que ser superlativamente “carga” para dar una respuesta concluyente, puesto que SENARA mismo no tiene, ni de lejos, un historial impecable). Como ya lo adelanté, el ataque se centra en los conceptos de “valor económico” y “bien económico”, sin los cuales no quedaría mucho por decir y de donde surgen apocalípticas predicciones de mercantilización y privatización del agua.

Aclaremos: “bien económico” y “mercancía” no son necesariamente conceptos sinónimos. Lo ilustro con el siguiente ejemplo: las papas producidas por una campesina para el consumo suyo y de sus dos niños ¿es un "bien económico"? Sí, claro que lo es porque su producción conllevó trabajo humano y uso de diversos insumos y herramientas. Hay costos de producción y hay una actividad económica que hace posible disponer de las papas que nuestra campesina y sus hijos consumirán. Ese "bien económico" llamado "papas" ¿es una mercancía? No, claro que NO. Es exclusivamente un "valor de uso" siendo también un "bien económico". No es "valor de cambio"; no es mercancía; no se vende en el mercado. O sea: "bien económico" y "mercancía" no necesariamente son lo mismo. De hecho, por milenios la humanidad  produjo “bienes económicos” que solo excepcionalmente se transformaban en mercancía, cuando en su mayor parte eran simplemente valores de uso compartidos, regalados o simplemente distribuidos para atender diversas necesidades humanas, sin que nunca adquiriesen estatus de mercancía.

Ahora bien, ¿decir que el agua es un “valor económico” y “un bien económico” la transforma en mercancía? Veamos.

Primero que nada, una precisión: en rigor no es correcto decir que el agua es un derecho humano. Lo que es un derecho humano es la provisión de agua “en cantidades y de la calidad adecuadas”. Lo cual inmediatamente advierte acerca del hecho de que garantizar ese derecho conlleva costos: trabajo humano; materiales, equipos, instalaciones, laboratorios, etc. Inevitablemente hay un “valor económico” que hace que el agua sea un “bien económico” en el sentido de que su provisión conlleva costos.


Que sea un bien económico no significa que sea mercancía. De ninguna manera. Significa que es ineludible cargar un precio o tarifa sobre el agua, lo cual no excluye la posibilidad de subsidiar a los más pobres. Nada obliga a que ese precio conlleve ganancia en sentido capitalista, ni que resulte de un proceso productivo donde se generó “plusvalía”, si es que se prefiere expresarlo en términos marxistas. Ese precio o tarifa debe reflejar el costo promedio de llevar un litro de agua al tubo de la casa, incluyendo la depreciación más un plus que financie las inversiones para mejorar y ampliar el servicio, preservar mejor el agua, etc. Y ni un céntimo de ganancia capitalista.

Hay quienes agregan que el reconocimiento de un costo económico es también una forma de visibilizar la escasez del agua. Creo que aquí hay un error, porque ello conlleva la idea (propia de la economía neoclásica) de que los precios son indicadores de escasez y cumplen una función de racionamiento. Si bien en otros casos eso puede ser correcto, no lo es en el del agua ya que implicaría admitir incrementos de precios cuando por alguna razón el agua escasee.

Eso es inaceptable desde el momento en que se reconoce el agua como derecho humano, pero además innecesario en el tanto existan los mecanismos políticos adecuados. Serán éstos últimos los que se encarguen de racionalizar el consumo de agua, desde dos criterios estrechamente relacionados: a) el agua como derecho humano; b) la prioridad del consumo humano. Felizmente ambos criterios están claramente estipulados en el proyecto, de una forma tal que delinean sin equívocos el espíritu que, en lo fundamental, lo anima. Por ello mismo, y más allá de las fantasiosas historias de terror construidas alrededor del concepto de “bien económico” y todo el simplismo exacerbado que pretende reducir el proyecto a ese solo y aislado inciso, esa racionalidad de fondo de la propuesta, hace sumamente arduo y difícil ningún intento de privatización y mercantilización del agua.

No discuto una cosa: este proyecto pudo haber sido mejor de lo que es. Y, en efecto, hay cuestionamientos que son válidos, aunque éstos no alcanzan a subvertir ese espíritu fundamental que le anima. Por ello creo que es mejor aprobarlo que no aprobarlo. Difícilmente se logrará, en muchos años, aprobar otra ley del agua cuanto menos equiparable con esta. Pero si se aprobase, de inmediato debe empezar la lucha para enmendar lo que requiere corrección y mejora.


sábado, 2 de julio de 2016

Europa y el "Brexit": crisis e implosión



Europa y el “Brexit”: crisis e implosión
Luis Paulino Vargas Solís

Es seguramente cierto que, a la base de la crisis de la zona euro está una mala concepción y un mal diseño. Una unión monetaria sin unión bancaria y, lo que es peor, sin un manejo unificado de las finanzas públicas y la política fiscal. Esa es una fórmula que contiene en sí misma la semilla del desastre. Pero eso solo es una parte de la historia; porque, a su vez, el desastre se hacía posible en la medida en que el euro funcionó desde la lógica del más fuerte y para consolidar esa superior fortaleza. Quiero decir: el euro se subordinó al poderío alemán para afirmar ese poderío. Y ello significó grandes superávits y acumulación de reservas en Alemania, y, correlativamente, déficit y deuda en los países más débiles de la periferia europea. Con la explosión de la crisis hipotecaria en Estados Unidos y la posterior deriva hacia la crisis financiera mundial y la recesión global, se crearon las condiciones para la tormenta perfecta del euro. De ahí para acá, los golpes han venido uno tras otro, en sucesión al parecer inacabable, todo complicado –casi al infinito– por el absurdo de políticas austeritarias, de inspiración neoliberal, que pretenden resolver los problemas de deuda mediante el recorte y la restricción en los países endeudados. Lo cierto es que tales políticas simplemente replican en tiempos de crisis la lógica subyacente al sistema euro en tiempos de “normalidad”, en el sentido de que consolidan la posición de Alemania como país superavitario y obligan a los países deficitarios a un esfuerzo brutal de restricción que los hunde en la depresión y, con ello, agudiza al extremo sus problemas de endeudamiento.

Y aunque la zona euro no es la Unión Europea (UE), sí es la parte principal y decisiva de ésta, sobre todo desde el punto de vista económico. De ahí que, inevitablemente, la crisis del euro ha arrastrado al resto de los países de la UE, ya en todo caso golpeados por la Gran Recesión inicialmente gestada en territorio estadounidense. De modo que si la economía mundial entró en una crisis de larga duración iniciada en 2008 –y cuyos capítulos más recientes se escenifican en Brasil, Rusia y la misma China– Europa ha sido, con seguridad, uno de sus puntos más calientes, al punto, incluso, que durante estos años hubo varios momentos en que la situación europea amenazaba con arrastrar a la economía mundial al abismo.

Y, sin embargo, es sabido que el descontento con el proyecto europeo antecede a la crisis iniciada en 2008, de modo que no podría decirse que esta última lo haya provocado, pero sí que lo agudizó. La UE ha sido, sobre todo, un proyecto del gran capital transnacional y financiero europeo, y solo secundariamente una idea que represente los intereses y necesidades de los pueblos. Y ese rasgo, que marca la insuficiencia de su capacidad para la inclusión equitativa y que ha erosionado su legitimidad política, se ha evidenciado con especial crudeza con motivo de la crisis económica. Esta ha sido gestionada en función de dos grandes ámbitos de interés: la poderosa banca transnacional, por un lado, y la propia Alemania, como poder económico nacional principal de la zona euro y de la UE. La imposición de los intereses financieros incide en la imposición de políticas austeritarias aferradas a un enfoque moralizante absurdo y, por lo tanto, a la locura que pretende forzar que las deudas sean pagadas a cualquier costo, en vez de reconocer que esas deudas ya sobrepasaron largamente los umbrales de toda viabilidad económica. Por otra parte, este enfoque consolida la

posición superavitaria de Alemania, la cual es el reflejo en el espejo de los déficits de los países de la periferia europea. En su conjunto, esto traza una ruta de devastación. Las políticas de austeridad deprimen las economías por lo que, lejos de disminuir, las deudas resultan cada vez más monstruosas, cuando, por otra parte, la negativa de Alemania a asumir su cuota de responsabilidad hace que su prosperidad aparente se asiente en el hundimiento de los países en problemas, lo cual conduce –tarde o temprano– a socavar la solidez de la propia Alemania. Lo razonable habría sido un recorte efectivo de las deudas; la puesta en funciones de un mecanismo de “europeización” de esas deudas; y, en lo que Alemania compete, el reciclaje de sus superávits como importaciones desde los países endeudados, y como aporte dentro de un programa más amplio de inversiones que permitiese devolver dinamismo a la economía y recortar el desempleo.

En ese contexto, el ya célebre “Brexit” es el episodio más reciente de esa inacabable crisis europea, aunque un episodio que podría tener graves consecuencias a mediano y largo plazo, sobre todo por su potencial efecto catalizar a favor de las fuerzas centrífugas que tienden a fragmentar la UE. La insatisfacción general con el proyecto UE y, en particular, la frustración acumulada por una larga crisis económica que ha recargado sus costos sobre grupos medios y clases trabajadoras, a lo cual se suman las tensiones políticas y sociales asociadas a la migración, sobre todo desde países del norte de África y el mal llamado Cercano Oriente, en virtud de guerras, desplazamiento de poblaciones enteras y situaciones de crisis humanitaria en las que, sin excepción, el occidente rico –Estados Unidos y Europa– tiene responsabilidades de primer orden.

En fin, un humus sumamente fértil para la demagogia, el fascismo, los nacionalismos trasnochados y la xenofobia. Estas fuerzas oscuras han estado detrás del “Brexit”, alimentados por esta confluencia perversa de crisis económica; imposición de intereses estrechos; destructivas políticas austeritarias y crisis migratoria, todo sobre el telón de fondo de una proyecto europeo aquejado –casi genéticamente– de graves déficits democráticos y de inclusión.


Cierto que en algunos casos ha habido algún fortalecimiento de una nueva izquierda, concomitante, por cierto, al hundimiento de los partidos socialdemócratas y socialistas tradicionales, carcomidos hasta la raíz por su vergonzante capitulación ante el neoliberalismo. Pero, contrario a las ilusiones que alguna gente se hacía, la crisis tiende a fortalecer mucho más las derechas fascistas. Lo cual tiene antecedentes históricos que se tiende a olvidar con más facilidad de la que conviene.

Seamos claros: grandes crisis, como las que vive Europa, en mayor grado alimentan la involución fascista que el fortalecimiento de alternativas democráticas y solidarias.

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martes, 21 de junio de 2016

Los argumentos homofóbicos de "última generación"



Los argumentos homofóbicos de “última generación”
Luis Paulino Vargas Solís

Las diversidades sexuales vienen dando lugar a un cambio cultural de profundas implicaciones, con impactos en la vivencia de la sexualidad, en las familias, la afectividad y las identidades de género. Acosado y sobrepasado por esta marejada, el conservadurismo religioso y moral ha venido recomponiendo posiciones y, en especial, construyendo nuevos discursos desde los cuales contrataca e intenta preservar la vigencia declinante de los zombis a los cuales se aferran. Es a eso a lo que aquí llamo “argumentos diversofóbicos de última generación”. Mi propósito en este artículo es ofrecer un acercamiento preliminar a la discusión de esa suerte de neodiscursividad diversofóbica.

1)   El lobby gay: las diversidades sexuales han sido objeto, en forma sistemática, de un proceso de “monstrificación”, que tiene posiblemente raíces médicas en la patologización de la homosexualidad que se impuso en el siglo XIX, pero que adquiere mayor virulencia con base en un discurso que se pronuncia desde la moral religiosa dominante. De tal modo, las personas sexualmente diversas hemos sido acusadas de destruir la familia, pervertir la niñez y corromper la sociedad. A esto se le suma la atribución reciente de la existencia de un “lobby gay”, imaginado como una conspiración política muy poderosa, urdida a nivel internacional con el fin de presionar sobre gobiernos, parlamentos, empresas y medios de comunicación, con el expreso objetivo de imponer aquella “agenda” presuntamente corruptora y destructiva. A la sanción propiamente moral –inherente a la acusación de ser algo así como “ángeles del mal”– se suma la imagen de un poder político orientado por terribles intenciones y sumamente amenazante. O sea: si ya se nos debía temer por ser perversos, ahora debe temérsenos adicionalmente por movilizar un poder político que, contra toda evidencia, quieren imaginar grande, poderoso y arbitrario.

2)   La intolerancia de las diversidades sexuales: la cuestión discurre más o menos así: “no estoy de acuerdo con la forma de vida de esas personas ni con que debamos cambiar la sociedad a como ellas lo exigen, y eso debería ser respetado. En cambio, esas mismas personas, que tanto piden respeto, son intolerantes con mis puntos de vista”. Eufemismos aparte, lo que aquí realmente se dice es lo siguiente: “creo que no debe haber ningún reconocimiento de los derechos de las personas sexualmente diversas, y que éstas deben permanecer en el mismo sitio donde siempre han estado: discriminadas, pospuestas y violentadas; ocultas y silenciosas”. Luego, y cuando nos rebelamos y protestamos frente a esa pretensión, se interpreta que hacer tal cosa es de nuestra parte una muestra de irrespeto e intolerancia. Puedo admitir que, en ocasiones, nos hemos exaltado y hemos mostrado indignación y hasta furia. Políticamente no es lo más prudente, y, sin embargo, es muy humano. En realidad nos están exigiendo que, tras el golpe en una mejilla, en silencio nos limitemos a poner la otra mejilla.


3)   Es una minoría que quiere imponer un tipo de sociedad que la gran mayoría no queremos. Esto tiene varias posibles derivaciones. Una es la insinuación –a veces afirmación directa– en el sentido de que queremos imponer a toda la sociedad un “estilo de vida homosexual”, es decir, como si estuviera a nuestro alcance poder emitir un decreto que ordenara: “de hoy en adelante todo el mundo será homosexual”. Obviamente esto debe ser interpretado en el contexto de la “monstrificación” a que hice referencia en el punto 1). Siendo que somos seres monstruosos, intentamos imponernos y, con ello, generamos el peligro de que la sociedad sea también monstruosa. Podría darse otras posibles derivaciones, pero en el fondo lo que se afirma básicamente es que, al querer imponer nuestro “estilo de vida”, con ello impediríamos que la gente “buena y decente”, lleve la vida que quiere llevar, como si pudiéramos obligarles a renunciar a su fe y religión, a su forma de vivir la sexualidad o al estilo de familia que quieren tener. Más allá del absoluto absurdo asociado a cada una de estas ideas, esto sí tiene una implicación política importante: lo que realmente se está proclamando es una sociedad construida alrededor de determinada moral religiosa homogénea, que no admite ningún disenso ni variante. Es, por lo tanto, una concepción antidemocrática, que descarta la diversidad y pluralidad de las sociedades humanas contemporáneas, a favor de un único estilo de vida y una única concepción de la moral, de la sexualidad, la familia y la afectividad.


4)   La cristiano-fobia de los gais: se invierten los términos, de forma que las diversidades sexuales no aparecemos como víctimas de una situación de rechazo, discriminación y violencia, sino que somos nosotras y nosotros quienes odiamos y perseguimos a las personas cristianas y a sus iglesias. Esto suma a la estrategia de “monstrificación” y agrega nuevos elementos de amenaza: no solo ensuciamos y pervertimos a la sociedad desde una conspiración política urdida con alevosía y maldad, sino que deliberadamente queremos destruir los valores e instituciones religiosas que sostienen esta sociedad. Pero esto también tiene mucho que ver con lo que indiqué en el punto 2). De lo que se trata es de convertir en una manifestación de odio e intolerancia, lo que generalmente es una reacción –y a veces, lo reconozco, una reacción higadoza– frente a discursos religiosos que históricamente han estigmatizado a las personas sexualmente diversas, contribuyendo poderosamente a la perpetuación de situaciones de violencia y discriminación. O sea: el acto de rebeldía y protesta es manipulado para transfigurarlo en un acto de intolerancia. Lo paradójico del caso es que, no obstante el rechazo expresado por diversas instituciones religiosas católicas y evangélicas, muchas personas de la diversidad sexual –posiblemente la gran mayoría– son personas religiosas y de fe. Muchas asisten a sus congregaciones y soportan en silencio la humillación de tener que escuchar discursos violentamente homofóbicos. Seguramente esas personas preferirían que su iglesia las recibiera y tratara de otra forma.

5)   Lo que quieren es que la sociedad se les acomode a favor del disfrute de sus placeres: obviamente esto está muy relacionado con lo previamente discutido, en particular los puntos 1) y 3). Es básicamente la fantasía de un poderoso y amenazante “lobby gay” y su conspiración, urdida para imponerle a la sociedad una agenda maligna y corruptora. Pero aquí explícitamente se agrega un elemento que resalta dos cosas a un mismo tiempo: nuestro capricho y nuestra corrupción, es decir, la atribución que se nos hace de un estilo de vida disipado, vicioso, promiscuo, frívolo. Lo cual es una clarísima manifestación de doble moral, tratándose de una sociedad donde las personas heterosexuales también inician su vida sexual a muy temprana edad y mantiene relaciones sexuales con muchas personas a lo largo de su vida, y donde problemas como la drogadicción y el alcoholismo, tristemente están muy extendidos. No es detalle menor el alto índice de divorcios y la opción muy generalizada por la unión libre (que, sin embargo, sí goza de reconocimiento legal cuando se trata de parejas heterosexuales). Al cabo, lo único cierto es que los “placeres” a que aspiramos las personas sexualmente diversas son los que normalmente quiere para sí cualquier ser humano: gozar de su vida sexual en forma responsable y sin remordimientos ni sentimientos de culpa; construir una familia; vivir a plenitud su afectividad. Y, sin embargo, se insiste en jugar con fantasías que evocan imágenes retorcidas sobre placeres innombrables e inconfesables, con los que se insiste en asociarnos.

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