lunes, 20 de octubre de 2014

Seguro social para parejas homosexuales ¿A brinquitos se conquista el Everest?



Seguro social para parejas homosexuales
¿A brinquitos se conquista el Everest?

Luis Paulino Vargas Solís

Al revisar el historial del movimiento de las diversidades sexuales en Costa Rica a lo largo de los últimos años, parece dibujarse un patrón que ha adquirido cierta regularidad. Dos parecen ser sus características más notables: (a) los picos de transitoria agitación espasmódica seguidos de fases prolongadas de aletargamiento; (b) una concepción política fragmentaria que imagina un proceso de lucha dividido en muchos pequeños avances.

Lo primero –los momentos de agitación- generalmente obedece a factores externos al propio movimiento. En los últimos años vimos unos tres episodios de ese tipo: en relación con el referendo que algunos sectores impulsaban para que se decidiera por voto popular sobre algunos básicos derechos humanos que este colectivo reclama. Luego a propósito del nombramiento de Justo Orozco como presidente de la comisión legislativa de derechos humanos. Creo recordar que hubo un tercer momento de ebullición relativamente intensa a propósito de algunas manifestaciones públicas muy insultantes por parte del mismo señor Orozco.

Es posiblemente cierto que ese rasgo espasmódico está presente también en algunos otros sectores, pero no sería descabellado pensar que, por razones culturales e históricas, ello tiende a manifestarse con más agudeza en el caso de las diversidades sexuales. El caso es que los  breves momentos de intensa agitación dan lugar a fases largas de adormecimiento y modorra, en la que solamente algunas dirigencias mantienen alguna presencia pública, pero con escasos y más bien débiles ligámenes con el colectivo. En el período reciente, cuando Orozco desaparece del escenario legislativo sustituido por diputados evangélicos políticamente más sutiles e inteligentes, se arriesga que, ante la ausencia de estímulos externos reactivantes, la modorra se prolongue y agudice.

Queda, sin embargo, cierto bagaje que, posiblemente, alguna perdurabilidad tiene. Es que esos momentos álgidos implican visibilización en el escenario político nacional, hecho de grandísima importancia para un colectivo social que históricamente se vio forzado a sobrevivir en espacios subterráneos; invisible, soterrado e imperceptible. Ello comporta dos consecuencias positivas: primero, porque ha obligado a la sociedad costarricense a reconocer que estas minorías efectivamente existen y que la heterosexualidad es una manifestación mayoritaria pero no exclusiva; y porque, no obstante sus limitaciones, esos episodios de protesta y movilización alguna educación política dejan, al menos entre los segmentos más educados del colectivo.

Por otra parte, se ha hecho usual que la dinámica política del movimiento se resuelva a lo largo del tiempo como en una especie de juego de pequeños brinquitos; como si se tratara de escalar el Everest a paso de tortuga. Prevalece así una suerte de sicología colectiva que motiva festivas celebraciones cada vez que uno de tales saltitos tiene lugar. Por ejemplo, cuando la Sala Constitucional respaldó algún reclamo de una pareja gay o lésbica maltratada en algún sitio público. O cuando el presidente Luis Guillermo Solís izó la bandera del arcoíris en casa presidencial. El caso más reciente ha sido la decisión de la Caja Costarricense del Seguro Social que permite que un miembro de una pareja homosexual extienda el seguro familiar de salud a su compañera o compañero.


Evidentemente aquí “aplican restricciones”…más que notorias, por cierto. Por un lado la decisión no incluye el derecho a pensión, lo cual hace que el beneficio deba necesariamente tener carácter transitorio, ya que de otra manera quien lo recibe se quedaría sin pensión para cuando tenga edad de jubilarse. Vendría a ser una especie de salida de emergencia, cuando alguno de los miembros de la pareja queda sin empleo. No ofrece respaldo a un proyecto de largo plazo en que una pareja homosexual –por la razón que fuere- decide que solo una de las dos personas tenga trabajo remunerado. Claramente hay aquí una mutilación, o sea, una especie de derecho a medias, al alcance, entonces, de personas que acaso son…¿nada más que ciudadanas a medias?

Pero aún hay un segundo detalle realmente inusitado: hasta ahora las parejas heterosexuales de hecho, tenían acceso a este beneficio tan solo con tener un año de convivencia debidamente refrendada. Al extender la posibilidad a las parejas del mismo sexo, el plazo se extendió a los tres años…en perjuicio, inclusive, de las parejas heterosexuales. Para éstas lo planteado implica una degradación del derecho que ya tenían ¿no podría dar ello lugar a reclamaciones en contra de las parejas homosexuales que, no por injustificadas, resultarían en todo caso menos inevitables?

De cualquier forma, este acuerdo de la Caja fue recibido con gran entusiasmo y agradecimiento, tanto por los liderazgos del movimiento como por muchas personas que son parte del colectivo diverso. El razonamiento es el usual: es un pequeño pero significativo paso adelante. Alguien lo metaforizó en estos términos: “a pellizcos se mata un elefante”. Disimulando la desafortunada referencia al asesinato de tan magnífico animal, interpreto que ello significa que, de brinquito en brinquito, hasta la cima del Everest puede ser conquistada.

En general, no logro sentirme contagiado por ese sentimiento de complaciente conformismo. Yo más bien habría recomendado un pronunciamiento público más o menos en estos términos: “es una concesión insuficiente y limitada, basada en una idea mutilada de los derechos humanos; por lo tanto, tan solo es un motivo adicional para continuar la lucha con más decisión”.

Ese júbilo –a mi parecer excesivo- acaso provenga de la misma raíz que alimenta las agitaciones espasmódicas y transitorias y los largos períodos subsecuentes de letargo relativo. Son diversas manifestaciones de un mismo problema, atinente a la debilidad subyacente del movimiento y a su limitada perspectiva política. Lo cual con toda seguridad no es azaroso; de fondo hay toda una historia de durísima represión, siglos de ostracismo y silencio y, por supuesto, una carga de culpas que el orden hegemónico introyecta a profundidad en las subjetividades de las personas que conforman este colectivo. Todo lo cual tiene múltiples consecuencias. Para empezar, las tiene en la propia vida personal, en relación con la familia, la afectividad y la sexualidad. Pero con seguridad ello se extiende al campo profesional, laboral y, finalmente, también al terreno político.

Es que, tratándose de derechos, el primero paso es tener el convencimiento de que se tiene la necesaria legitimidad para exigirlos. Mas lo cierto es que a este colectivo –del que soy parte- le cuesta mucho creérselo. Lo cual se refleja, por ejemplo, en su dificultad para movilizarse políticamente, como en la facilidad con que se da por satisfecho a partir de cualquier nimia concesión.



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sábado, 11 de octubre de 2014

Ottón Solís y la crisis fiscal: la mística de la mutilación



Ottón Solís y la crisis fiscal:
La mística de la mutilación

Luis Paulino Vargas Solís

No es infrecuente que se diga que “ahorrar es bueno”. Lo cual tiene su dosis de verdad, pero sujeto a determinadas condiciones. Quiero decir, pues, que ahorrar puede ser bueno, pero no siempre lo es. Pongamos por caso la economía mundial en la actualidad: el panorama que ofrece es el de una máquina decrépita que a duras penas camina. Hay varias razones que inciden en esa situación, pero con seguridad una de las principales tiene que ver con el exceso de ahorro acumulado por algunos países ampliamente superavitarios en su comercio exterior –principalmente China- lo cual se trae abajo la demanda a escala mundial y frena la economía. Y, con toda seguridad, a Europa le habría ido mucho mejor en el último lustro si Alemania hubiese sido algo menos austera y si hubiese estado dispuesta a acompañar el esfuerzo de ajuste de España, Grecia, Portugal e Irlanda con una mayor prodigalidad en su gasto.

O pensemos tan solo en los “ahorros” (ideológicamente motivados) que los gobernantes de Costa Rica de los últimos treinta años decidieron hacer en inversión pública en infraestructura vial. Ese ahorro nos ha salido carísimo y ha provocado desperdicios –en importación de combustibles, horas laborales y sobre todo en calidad de vida- que con seguridad han sobrepasado con largueza los presuntos “ahorros”.

Así pues, hay ahorros que pueden causar daño. Como hay ahorros que son necesarios y potencialmente benéficos. Por ejemplo: ¿qué tal que en Costa Rica, en vez de malgastar tanto dinero en enormes centros comerciales, en condominios extravagantes o especulación inmobiliaria se hubiesen generado ahorros que luego hubiesen sido canalizados hacia la inversión en ciencia y tecnología y el fortalecimiento de un tejido denso de pequeñas empresas dotadas de gran capacidad innovadora y con alto valor agregado y conocimiento incorporado en su producción? De haber tenido éxito en tal cometido, de seguro nos iría mejor hoy pero, también, de seguro les iría mejor a las generaciones venideras, las  cuales vivirían en un país cuya economía -asentada en altos niveles de productividad- sería mucho más sólida y sostenible.

Hoy ha calado hondo la idea de que los ahorros en todo lo que sea instituciones y servicios públicos son algo necesariamente bueno. Es evidente que esa presunción se alimenta del convencimiento de que el gobierno y sus diversas instituciones son ineficientes y dispendiosas. Un Estado costarricense obeso que, por lo tanto, debe adelgazar. O, mejor dicho, se le debe recortar, según el lugar común que Ottón Solís ha puesto de moda, para júbilo y celebración del poder económico y de los medios comerciales de comunicación.


Pero ¿seriamente alguien podría aseverar que la institucionalidad pública es excesiva? Porque ello implicaría afirmar que se prestan servicios o se llevan a cabo acciones que son innecesarias. Eso es manifiestamente falso, cuando lo que ocurre es evidentemente lo contrario: los servicios no son suficientes ni de la calidad deseable y, en particular, la inversión pública es mucho menor de lo que debería ser. Lo comprobamos a diario de mil formas distintas. Que las cosas podrían hacerse mejor y más eficientemente es innegable –al menos en la mayoría de los casos- pero ello convoca a la mejoría, no al recorte. Mejoría, sí, incluyendo excesos gremialistas que deben ser reconocidos con honestidad y corregidos en consecuencia. Y mejoría, sobre todo, para que se presten más servicios, más oportunos y con mejor atención. Y para que se realice mucha más inversión pública.

Es la “mística de la mutilación”, una especie de estado de arrobamiento espiritual y enajenación mental que imagina que el hacha, la tijera y el machete son artilugios milagrosos que producen consecuencias virtuosas. Pero solo cuando se las aplica al sector público, puesto que quienes así opinan jamás pensarían que deba hacerse algo para desestimular las múltiples formas de despilfarro que hoy día promueve el sector privado.

Más allá del imaginario político, mediático y empresarial que supone que la mutilación conlleva virtud, para algunos economistas la idea seguramente encuentra justificación en una teoría según la cual los mercados capitalistas, dejados al libre arbitrio de sus automatismos, producen resultados óptimos a través de procesos de equilibrio eficientes y armoniosos. Para quienes así piensan, el empequeñecimiento de lo público, al ampliar el espacio de acción de los mercados, resulta por lo tanto muy deseable.

En general, abunda la evidencia empírica e histórica que desacredita esa hipótesis, cuando, de todas formas, la teoría subyacente, en su intento por lograr rigor y elegancia matemática, termina siendo tan solo una gimnasia mental que nada dice ni nada esclarece sobre el funcionamiento de la economía real.

Bajo el influjo hipnótico de esa teorización se tiende a pensar que al recortar lo público se favorecerá la recuperación de la economía en lo inmediato y su mayor desarrollo a lo largo del tiempo. Tan solo recordemos el ejemplo que mencioné anteriormente acerca del “ahorro” en carreteras. La situación de nuestra educación pública es otro caso dramático, entre tantos otros ejemplos que podrían mencionarse. Así, la experiencia histórica deja claramente sentado que tales recortes afectan muy negativamente el desarrollo a mediano y largo plazo.

Pero es igualmente falso que de esa forma se favorezca la recuperación económica en el corto plazo. Lo cierto es que la economía costarricense acumula siete años dando signos de marcada debilidad. Tras el bajón de 2008 y la caída de 2009, la “recuperación” posterior no merece que se la considere tal: ha sido irregular, frágil y, de tres años para acá, marcadamente declinante. La debilidad se manifiesta simultáneamente en todos los frentes: las exportaciones, el turismo, el consumo de las familias, la inversión empresarial…pero incluso el consumo público. Sin políticas que de forma deliberada promuevan la dinamización de la economía y que, al hacerlo, busquen nuevas opciones y replantee a profundidad la vieja forma de hacer las cosas, no habrá posibilidad de levantar cabeza. Con todas las terribles consecuencias que ello tiene para el empleo y sobre el derecho a una vida digna para una altísima proporción de la población costarricense.

Para promover la recuperación de la economía y el empleo se necesita más política pública, no menos. Y, en particular, tengamos claro que, en el contexto descrito, los recortes al sector público implican llover sobre mojado, o sea, comportan sumar debilidad adicional a una economía de por sí gravemente debilitada.

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sábado, 4 de octubre de 2014

Déficit fiscal, reactivación económica y empleo: Presidente Solís, permítame una sugerencia



Déficit fiscal, reactivación económica y empleo: Presidente Solís, permítame una sugerencia

Luis Paulino Vargas Solís

El Presidente Luis Guillermo Solís ha dicho que la mejor medicina contra el déficit fiscal es una economía dinámica y vigorosa. Lleva razón el Presidente. Pero conviene subrayar que tan importante como un mayor dinamismo económico es la creación de muchos empleos de buena calidad y bien remunerados. Preguntémonos entonces: siendo que el Presidente Solís –a diferencia del diputado Solís- sí reconoce y valora este principio tan básico ¿qué nos propone su gobierno para lograr que la economía recupere fuelle y los graves problemas del empleo se resuelvan?

Cierto, el gobierno nos presentó semanas atrás una “estrategia nacional de empleo y producción”. Es un documento valioso y tiene muchas propuestas acertadas, si bien es limitado en un sentido muy básico: no reconoce que sus buenas intenciones podrían quedar atrapadas en la camisa de fuerza que impone la estrategia neoliberal. No se propone ahí enmendar el rumbo que ésta ha trazado, sino tan solo suavizar las violentas escabrosidades que hacen inhóspito ese rumbo. Ello seguramente limitaría sus posibles logros.

Enfaticemos, además, que la gente sin trabajo –o aquella que se la tiene que jugar en ocupaciones mal remuneradas- debe vivir en medio de grandes apuros económicos, los cuales exigen respuestas inmediatas. Intento así enfatizar que la cuestión de dinamizar la economía y generar empleos no es  asunto que podamos dejar para más tarde puesto que atiende a la dignidad misma de las personas. Lo cual es, sin la menor duda, algo más importante que el déficit fiscal, no obstante lo muy importante que éste pueda ser.

El inconveniente aquí es que la mencionada “estrategia de empleo y producción” ofrece respuestas que, hasta en la hipótesis más optimista, no dará frutos sino hasta dentro de varios años. No podemos esperar tanto. Mejor dicho, los alrededor de 850 mil personas  desempleadas, subempleadas o en situación de informalidad laboral  no pueden esperar tanto. Y si, de paso, con ello logramos además poner bajo control el problema del déficit fiscal, pues tanto mejor.


Pero, en fin ¿cómo diantres lograr esa urgente reactivación económica con generación de empleos? Admitamos que no existe ninguna respuesta fácil. Pensemos en el corto plazo, o sea, un año a partir de ahora ¿Cómo reactivar a corto plazo? Me permito sugerirle a don Luis Guillermo tres o cuatro cosas:

1)   Hacer un esfuerzo máximo por poner en marcha los proyectos de infraestructura pública para los cuales el gobierno dispone de financiamiento. Tomémoslo, sin embargo, con su dosis de prudencia, ya que, para empezar, no son cifras muy elevadas. Según lo informado el gobierno cuenta con fondos (no ejecutados) por el equivalente a algo más del 3% del PIB, a los que se le podría sumar el (poco probable) financiamiento ofrecido por la banca de algo menos del 1%. Obviamente esos montos se distribuirían a lo largo de varios años, de modo que su efecto inmediato quedaría diluido. Podría quizá recurrirse a la opción de financiamiento proveniente de fondos de pensiones, aunque no podemos ser demasiado optimistas al respecto, puesto que en ese aspecto –como en tantos otros- el sistema financiero se ha demostrado tardo e ineficiente.  En línea con lo anterior, no debería haber recortes en los gastos corrientes del gobierno, lo cual no excluye que se hagan máximos esfuerzos por suprimir gastos superfluos, mejorar la eficiencia y corregir excesos y corruptelas, pero enfatizando un propósito positivo y de construcción: no recortar para suprimir, sino depurar y limpiar para brindar más y mejores servicios. Y si se aprobaran nuevos impuestos, estos deberían ser principalmente progresivos -que tributen más quienes más tienen- y canalizarse hacia la generación de nueva demanda que estimule la economía (según el principio conocido como “multiplicador el presupuesto equilibrado”).
Una terquedad peligrosa y dañina
2)   Propiciar un ajuste gradual y ordenado del tipo de cambio para llevarlo a niveles realistas, de acuerdo con las condiciones de la economía costarricense. La sobrevaloración del colón con respecto al dólar y otras divisas mundiales importantes, ha frenado las exportaciones y el turismo y está ocasionando daño a las actividades –tanto agrícolas como manufactureras- que compiten con productos importados. Ello incide en el débil crecimiento de la economía y ocasiona destrucción de empleos. Y aunque es improbable que el reacomodo (devaluación ordenada) del tipo de cambio resulte suficiente para reactivar las exportaciones y el turismo, en todo caso sí es requisito necesario para lograrlo.
3)   Reducir las tasas de interés sobre los créditos destinados a financiar la actividad productiva. Hoy día el crédito para la agricultura, la industria manufacturera o la construcción  cobra intereses situados alrededor del 16-18%, cuando la inflación es del 5%. O sea: clavos de oro para el negocio financiero, actualmente, y desde hace años, en pleno auge. En cambio, para la producción y la generación de empleos esto resulta una carga demasiada pesada que, de seguro, impacta más fuertemente sobre pequeñas y medianas empresas ¿Cómo lograr que las tasas de interés bajen? Se me ocurren dos posibilidades: una política monetaria más laxa por parte del Banco Central que empuje hacia abajo las tasas de interés (y las reduzca en términos reales al permitir que la inflación se eleve un poco), y una acción administrativa firme por parte de las autoridades –el propio Banco Central pero también el mismo Presidente Solís- que obligue a los bancos a sacrificar una parte de sus excesivas ganancias a favor de una rebaja de las tasas. 
4)   La reactivación y relanzamiento del mercado centroamericano. Reconozco que esta posibilidad trasciende el corto plazo en sentido estricto. Y, sin embargo, es algo sobre lo que podrían lograrse avances graduales pero inmediatos, con resultados que, de forma similar, podrían empezar a visibilizarse en poco tiempo. Ello incluiría la promoción agresiva del comercio intra-regional pero, un paso más allá, la coordinación a corto plazo de políticas monetarias y fiscales y, a mediano y largo plazo, la cooperación en relación con aspectos diversos importantes para el desarrollo de nuestros países: educación, ciencia y tecnología; inversión en infraestructura; medio ambiente; nuevas opciones energéticas. Incluso la importantísima posibilidad de constituir un frente negociador conjunto. Aquí el problema es político antes que técnico y evidentemente demanda un espíritu de diálogo y cooperación que no es frecuente entre las clases dirigentes centroamericanas ¿Qué tal si Luis Guillermo Solís asume la iniciativa y lidera el esfuerzo?

Al proyectar nuestra mirada más allá de las urgencias de corto plazo, este último punto –relacionado con la recuperación y relanzamiento del mercado centroamericano y la construcción de nuevas formas de cooperación a nivel regional- podría ser la plataforma desde la cual avanzar hacia una reformulación de los vínculos del país con la economía mundial, de una forma tal que, manteniendo vigentes los lazos existentes con las potencias planetarias, nos permita, sin embargo, generar nuevas posibilidades para el comercio y la cooperación sobre bases más equitativas y solidarias.

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