martes, 15 de noviembre de 2016

Las vidas que sí importan. A propósito de la renuncia de Villalta a la candidatura presidencial



Las vidas que sí importan
A propósito de la renuncia de Villalta a la candidatura presidencial

Luis Paulino Vargas Solís

En la carta por medio de la cual Villalta comunica su renuncia a la candidatura presidencial del Frente Amplio, hay una consideración que ha disgustado a algunas personas, sobre todo quienes en mayor medida estuvieron vinculadas a las viejas luchas emancipatorias de la izquierda de los setenta y ochenta del pasado siglo. Me refiero a aquella parte de su carta en que él hace referencia a lo que en el pasado las izquierdas más valoraban y exaltaban: el sacrificio de la vida personal –y por tanto el sacrificio de las personas más amadas y cercanas– en bien de la revolución. Esa concepción ética evidentemente alimentó las luchas guerrilleras, a las cuales llegaban muchos hombres, pero también mujeres, que sacrificaban todo –eventualmente la propia vida– por un ideal: el de la fundación de una sociedad en la que se superarían todos los males del capitalismo y se establecería el reino de la justicia, la libertad y la paz.

En retrospectiva, sabemos que, en general, no se logró lo que se buscaba. No se alcanzó a establecer aquella sociedad superior, no obstante la mucha sangre derramada y las muchas muertes acaecidas. Evidentemente detrás de esto existía el convencimiento de que la persona, individualmente considerada, no importaba. Era solo un átomo dentro de un colectivo, y era este colectivo el que sí tenía valor. La vida podía ser sacrificada alentando la esperanza de que, como si del ciclo de la vida en la naturaleza se tratase, esa vida sacrificada renacería en la vida mejor que futuras generaciones podrían gozar en una sociedad nueva que, algún incierto día en un impreciso futuro, sería fundada.

Pasado el tiempo, creo que hemos llegado a la conclusión de que el individuo sí vale. Pero, para mejor decirlo de una forma que eluda conceptos que podrían tener alguna reminiscencia neoliberal, hoy reconocemos que cada vida humana importa, y que esas vidas concretas –cada una de ellas– es un valor no solo superior, sino, de hecho, un valor supremo. Esto, creo yo, es profundamente subversivo –diría que revolucionario– precisamente porque el capitalismo desprecia las vidas concretas de las personas concretas, y no tiene empacho en sacrificarlas cuando le resulte necesario o conveniente. El mercado capitalista al desnudo, lo hace de continuo, en una contabilidad siniestra de vidas malogradas, de vidas destruidas, de vidas cegadas. Pero, igualmente, los poderes imperialistas del mundo operan sobre esa misma base; se imponen a través de un recuento inacabable de muertes. Pero es del caso que, no bastando con lo anterior, esta sociedad occidental hegemónica y colonialista, gusta de establecer jerarquías: vidas que importan y vidas que no importan. Por lo tanto, muertes que merecen ser lloradas y muertes frente a las cuales se impone el silencio y la indiferencia.

Reivindicar que cada vida importa, y que cada vida tiene derecho a ser vivida dignamente, es, a mi parecer, el signo distintivo de un proyecto de sociedad radicalmente otro. Otro, respecto de la vieja concepción de izquierda que llamaba al sacrificio de vidas hoy en el altar de una sociedad nueva en un futuro indefinible. Y otro respecto de la lógica destructiva del capitalismo y de una civilización occidental acostumbrada a despreciar las vidas que no corresponden a sus patrones culturales y fenotípicos.

Es bajo esta clave que yo leo las palabras de Villalta, o lo cual sumo su certera citación del principio feminista de que lo personal es político, lo cual esencialmente nos dice una cosa: si queremos cambiar el mundo no basta con cambiarlo a nivel macro; es indispensable cambiarlo también desde la vivencia cotidiana, el hacer y el convivir de todos los días. Puesto de otra forma: una sociedad no será realmente igualitaria, solidaria, justa y libre, si no lo es desde la vivencia cotidiana de las personas y las familias que la constituyen; desde las casas en barrios y pueblos; desde la cuadra o la calle en esos barrios y pueblos. No es justo quien nunca aprendió a serlo ni lo practica en cada una de sus relaciones personales.

Una sociedad donde cada vida importa, donde cada vida tiene el derecho a ser vivida dignamente, donde cada vida convive en paz y solidariamente con cada una las demás vidas. He ahí, creo yo, la base indispensable para construir, a un mismo tiempo, los grandes cambios que transformen los sistemas de propiedad, la forma como se distribuye el ingreso y la riqueza, los mecanismos por medio de los cuales se deciden los asuntos de interés colectivo, y, finalmente, nuestras formas de relacionarnos con la naturaleza.

martes, 8 de noviembre de 2016

El "nadadito de perro" de la economía costarricense



El “nadadito de perro” de la economía costarricense

Luis Paulino Vargas Solís

Si uno trata de mirar el largo plazo de la economía costarricense –dígase por ejemplo los últimos 25 o 30 años– el trazo que se obtiene permite dimensionar mejor, y hacer más claro y comprensible,  lo que acontece con la economía costarricense en el período más reciente. Me refiero, en particular, al presente año 2016, durante el cual se registra un mejor desempeño económico que en los años previos. De hecho sería el primer año desde 2012 que el crecimiento de la economía sobrepasa el 4%. Dentro de una perspectiva cortoplacista y estrecha, esto es valorado positivamente tanto por el gobierno como por los medios de comunicación. El consenso de los economistas del establishment coincide en el mismo punto de vista. Y, sin embargo, al mirar ese largo plazo al que hice referencia, fácilmente se constata que, en realidad, la economía sigue atrapada en un ciclo de crecimiento mediocre, del que no parece haber posibilidad alguna de salir.

El crecimiento económico de entre 4 y 4.5% que se espera para 2016 viene a ser una especie de punto culminante, después de un trienio (2013-2015) en el que se crecía apenas por encima del 3%, y a veces por debajo de esa cota. Es un dato similar aunque ligeramente menor al de los años 2010-2012. Lo interesante de todo esto es que, visto el período 2008-2016 en su conjunto, la economía parece tener un techo ubicado, a lo mucho, en el 5% de crecimiento anual. Pero este techo apenas coincide con el promedio histórico del largo período neoliberal comprendido entre mediados de los ochenta y hasta 2007. Durante ese lapso de más de dos decenios, la economía crecía en promedio al 5% anual, pero su techo, es decir, las fases de auge con sus correspondientes picos de alto crecimiento, llegaban al 8%.

Vale decir: los “auges” del período 2008-2016 (nueve años y contando) coinciden apenas con el promedio histórico de los 22 o 23 años anteriores a 2008. Y esos “auges” son inferiores en más del 60% a los auges de ese largo período previo. El promedio mismo, ha caído desde aquel 5% histórico, hasta los alrededores de 3.3 o 3.4% promedio anual. Más de un 30% por debajo.



Prestémosle ahora un poquito de atención a los componentes de la demanda, en la comprensión de que éstos son una de las fuerzas impulsoras detrás del crecimiento de la economía, es decir, que ésta recibe impulso para producir más, en la medida en que hay una demanda que motiva e incentiva esa producción. Quizá lo más llamativo aquí es la constatación de que, visto en el largo plazo, la parte correspondiente a demanda para inversión productiva (lo que en las estadísticas oficiales llaman “formación bruta de capital”), se mueve a lo largo de una tendencia descendente bien identificable. En otras palabras: en la economía costarricense la inversión que genera nueva capacidad productiva y que moderniza la economía al introducir mejores tecnologías, es un componente de la demanda cuyo dinamismo es decreciente, con el agravante de que una porción importante, y posiblemente en aumento, de lo que se invierte va a la construcción, incluso de tipo comercial (como los famosos “malls”), lo cual no contribuye ni a elevar la capacidad productiva ni a modernizar la economía.
 
¿Qué implicaciones tiene esto? Sencillo: una menor inversión productiva hoy, significa menor capacidad productiva y menor dinamismo económico en el futuro. Y como el fenómeno viene dándose de forma gradual pero sostenida a lo largo de muchos años, esa es una de las razones que posiblemente subyace al mediocre desempeño que la economía costarricense viene mostrando desde 2008. La economía costarricense pierde así potencial productivo conforme pasan los años.

Veamos ahora, con un poquito más de detalle, los factores detrás del “buen” desempeño de la economía en el actual año 2016. Visto desde el lado de la demanda, ese crecimiento algo por encima del 4% está siendo impulsado por dos fuerzas, principalmente: el consumo de las familias y las exportaciones. En cambio la inversión de las empresas y la demanda de consumo del sector público, van a pasito de tortuga.

En lo que a las exportaciones se refiere, preciso es tener en cuenta que su desempeño en los años previos fue sumamente gris, realmente depresivo, sobre todo las exportaciones de bienes. Lo que ahora observamos es una especie de efecto rebote, que casi en su totalidad está concentrado en zonas francas (crecimiento del 13%), con apenas despreciables manifestaciones en las demás exportaciones. Esto significa simplemente una cosa: ese dinamismo exportador solo generará una cuota irrelevante de nuevos empleos, y, a lo más, tendrá efectos positivos insignificantes sobre el resto de la economía.

Por su parte, el relativo dinamismo del consumo de las familias tiene su combustible principal en el endeudamiento, puesto que, de hecho, el rubro más dinámico en la colocación de créditos de los bancos es el destinado a consumo.  Lo cual representa un doble problema. Primero, que la banca costarricense, en vez de financiar inversión productiva que genere empleos, modernice la economía y eleve su capacidad productiva, lo que hace es suplir el consumo que la gente desea tener, pero que sus ingresos no le permite alcanzar. Pero esto último, no lo olvidemos, genera una espiral de endeudamiento que prácticamente esclaviza a la gente y la cual a partir de cierto momento se puede volver insostenible. Llegados a ese punto muchos problemas podrían suscitarse, incluso un proceso deflacionario asociado al hecho de que la gente se ve obligada a tratar de reducir el peso de sus deudas (“desapalancarse”), para lo cual inevitablemente deben recortar su consumo.

Es dudoso que ninguna de estas dos fuerzas desde el lado de la demanda sean sostenibles. En el caso de las exportaciones en razón del pertinaz estancamiento de la economía mundial. Y en lo que al consumo se refiere precisamente porque su principal combustible viene del endeudamiento. Sin duda hay también un problema del  “lado de la oferta” (el ámbito productivo), sobre lo cual omito aquí detalles, excepto, como ya lo indiqué, en relación con la desfalleciente capacidad inversora en nuestra economía.


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