domingo, 19 de julio de 2015

Grecia post-referendo: demencia galopante


Grecia post-referendo: demencia galopante
Luis Paulino Vargas Solís

Yanis Varoufakis, exministro griego de finanzas
La crisis de las llamadas “hipotecas basura” en Estados Unidos empezó en 2006 y se desplegó, ya de forma inequívoca, en 2007. Hacia finales de 2007e inicios de 2008, la crisis hipotecaria se metamorfoseó como crisis financiera, cuando muchos gigantes financieros –de hecho, todos los más grandes bancos– entraron en gravísimos aprietos. Luego el problema se transmitió a la economía real. Se precipitó así la recesión mundial más severa desde el decenio de los treinta del siglo XX, lo cual trajo un agudo deterioro del empleo. Hacia 2010, cuando se suponía que lo peor de la tormenta había pasado, se hicieron públicos los graves problemas en que se encontraba Grecia; la real dimensión de su déficit fiscal había sido oficiosamente escondida con la entusiasta complicidad de grandes bancos transnacionales. Explotó así la crisis de la deuda europea, que luego fue sumando, una tras otra, terribles y destructivas réplicas: Irlanda, Portugal, España, incluso Italia. En ciertos momentos las nubes del huracán ensombrecieron a la mismita Francia.

Cuando en 2007-2009 se precipita la crisis global, cuyo centro eran los propios Estados Unidos, la fuerza de las circunstancias impuso un diagnóstico: la desregulación financiera había sido una pésima idea; sus consecuencias resultaban catastróficas. Ante la magnitud excepcional de la recesión, y el temor de que diese lugar a una segunda gran depresión, Keynes fue desempolvado de los anaqueles enmohecidos adonde las escuelas de economía lo habían confinado. De hecho, todas las potencias económicas –China incluida- pusieron en marcha programas de estímulo fiscal de una escala sin precedentes en la historia, mientras sus bancos centrales aligeraban las políticas monetarias hasta llevar los tipos de interés a mínimos jamás registrados. Conforme las prescripciones de la ortodoxia dominante, no se debió hacer nada de esto, ya que, según su decir, toda intervención pública en los mercados es inútil y la única forma sensata de resolver las cosas es dejar que esos mercados actúen por sí mismos, sin ninguna interferencia. Haber actuado de esa forma habría seguramente conducido a una depresión que, quizá, habría dejado chiquitita (dado el alto nivel de integración actual de la economía mundial) la de los treinta. Se ratificó que Keynes tenía razón: ante coyunturas depresivas de este tipo la intervención pública es indispensable, como necesaria es la permanente vigilancia sobre los mercados, incluso en épocas de relativa normalidad.
 
Angela Merkel, canciller alemana
Pero con la crisis europea de la deuda, los zombis de la ortodoxia salieron nuevamente de sus tumbas. Se optó por una política de austeridad que provocó una profunda recesión. A tal punto que, poco a poco, y como sin querer, fue de nuevo necesario reconocer, en parte al menos, que aquellas enmohecidas recetas no funcionaban. No solo se aliviaron las metas fiscales restrictivas, sino que el Banco Central Europeo (BCE) desobedeció  los mandatos alemanes y comenzó a incurrir en algunas sonoras herejías. Anunció que compraría toda la deuda pública que fuese necesaria a fin de frenar la especulación. Que de no haberse optado por tal impostura heterodoxa pueden ustedes apostar que el derrumbe de España, Portugal, Irlanda y hasta Italia –y por lo tanto de la zona euro, y hasta de la Unión Europea en pleno- habría sido completo. Y luego, y un paso más allá, el BCE, a imitación de la Reserva Federal estadounidense (pero con costosísima tardanza), optó por una política de “facilitación cuantitativa”. O sea, poner a funcionar la maquinita para inyectar liquidez en las economías.

Con seguridad, ha sido gracias a ese giro heterodoxo que el BCE adoptó, que las economías europeas de la periferia han frenado su caída libre. Pero recuperarse, lo que se dice recuperarse, es todavía algo muy lejano. Por ejemplo ¿cuándo podrá España reducir sus catastróficos índices de desempleo del 25% a niveles al menos aceptables del 5-6%? Serán muchos años, y, entretanto, una generación entera ha visto sus perspectivas de vida destruidas en esta crisis. Aunque, y en todo caso, está visto que las fragilidades del euro siguen plenamente vigentes y que en cualquier momento pueden dar lugar a nuevos desbarajustes.

Pero el caso de Grecia es, con seguridad, asunto aparte. Desde 2010, y sin incluir el más reciente, dos “rescates” financieros (alrededor de 215 miles de millones de euros) han sido implementados, acompañados por masivas políticas de austeridad fiscal. Cierto: esta crisis griega viene antecedida por múltiples desordenes, abusos y corruptelas. Nada de lo cual resultaba sostenible para una economía que, conforme a los estándares del capitalismo desarrollado, se sitúa en niveles muy inferiores de productividad y competitividad. Pero quienes enfatizan la moralina, para justificar desde ahí el “castigo” al pueblo griego, no deberían olvidar que no solo las oligarquías de ese país –que muy poco, si algo, han sufrido con todo esto– fueron las principales beneficiarias de los excesos incurridos, sino que los grandes bancos transnacionales –franceses y alemanes, principalmente- fueron invitados de honor en el festín, el cual financiaron a manos llenas. Entonces ¿cómo entender que los “rescates” hayan ido íntegramente al pago de las deudas con esos bancos, mientras la sociedad griega en pleno era lanzada a lo más profundo del abismo? Se protege la rentabilidad de los bancos, mientras a la gente se la envía al infierno. En ese contexto, todo discurso moralizante pierde sentido y se vuelve un grosero oxímoron.
 
El capitulante primer ministro Tsipras
Las condiciones de fragilidad de la economía griega, en combinación con el alcance brutal de las políticas de austeridad que se le exigieron, han implicado para este país un retroceso económico de vértigo. El caso es que, ya desde el inicio, debió reconocerse que la deuda era impagable. Estando Grecia en situación de insolvencia, solo una salida razonable quedaba: la reestructuración de la deuda. Al no reconocerse esa realidad, y al insistirse en obligar a Grecia a sacar recursos de donde no los había, se terminó por provocar un desplome económico catastrófico. Cuando ahora Europa impone nuevas y mucha más draconianas medidas de austeridad, con ello un solo resultado se asegura: que la depresión económica continúe profundizando hasta el límite del genocidio. La deuda griega, que hace largo rato es impagable, pasa así a ser una categoría completamente abstracta. No existe puesto no hay forma posible de pagarla, y siendo que no existe sin embargo conserva intacto, y cada vez más violento, todo su poder esclavizante sobre el pueblo griego.

Solo hay una salida sensata: reconocer que la tarea urgente es lograr que la economía griega crezca de nuevo y genere empleos. La ortodoxia económica de la austeridad empuja en sentido contrario: hacia el abismo. Para crecer no solo se necesita una política expansiva que debería estar centrada en amplios programas de inversión que modernicen la economía griega y eleven su productividad, sino que es igualmente indispensable una profunda reestructuración de la deuda. La ortodoxia económica neoclásica –y por lo tanto la ideología neoliberal– una vez más fracasan. Se ratifica: Keynes tenía razón.

Cualquier otra cosa es demencia galopante, combinada con una indisimulada y enfermiza dosis de crueldad de tintes nazi-fascistas.

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lunes, 13 de julio de 2015

Déficit fiscal en Costa Rica ¿el apocalipsis?



Déficit fiscal en Costa Rica ¿el apocalipsis?
Luis Paulino Vargas Solís

Según se afirma el déficit fiscal podría ocasionar una verdadera hecatombe. Y, sin embargo, mucho de lo que se afirma es simplemente falso. En otros casos se trata de advertencias que, siendo válidas, son atribuidas de forma simplista al déficit, dejando por fuera otros factores igual o incluso más importantes. Veamos.

1)   El déficit fiscal produce inflación
Falso. Desde 2009 –este año inclusive– se registran niveles considerables y tendencialmente crecientes de déficit fiscal hasta acercarse al umbral del 6% respecto del PIB. Entretanto, y para los mismos años, los índices de inflación cayeron a mínimos históricos, por debajo del 5% anual. En cambio, durante el bienio 2007-2008 se registraron pequeños superávits fiscales pero la inflación se disparó hasta cerca del 14% anual. En el actual 2015, con un déficit que potencialmente superaría el 6%, la inflación se ha desplomado al cero por ciento. Lo que esto evidencia es esencialmente una cosa: la relación entre déficit fiscal e inflación es mucho más compleja de lo que el común de los economistas quieren admitir.


2)   El déficit fiscal ocasiona elevación de las tasas de interés
De ser esto correcto, el efecto se haría sentir en las llamadas tasas pasivas, o sea, las que se pagan sobre los depósitos que la gente realiza en los bancos. La idea de fondo es simple: el gobierno intenta captar recursos del público para financiar su déficit y entra “a competir” con los bancos por esos recursos, lo cual eleva las tasas pasivas o tasas de captación. En realidad, esto se ha demostrado redondamente falso, puesto que, lejos de “competir” los bancos con el gobierno, más bien los bancos financian al gobierno (40% de los bonos de deuda pública son comprados por los bancos). Lo cual corresponde plenamente con la realidad fundamental de que, lejos de las falacias usuales que propalan los manuales de economía, los bancos no necesitan captar dinero para prestar, puesto que son capaces de prestar y dar créditos a partir de la nada, es decir, creando dinero literalmente sacado del aire. Y, en todo caso, los datos muestran con claridad que durante estos años de déficits relativamente elevados, las tasas pasivas han ido muy a la par del nivel de inflación, a veces un poco por encima, a veces un poco por debajo. O sea: ni han sido elevadas ni han mostrado tendencia a elevarse (al contrario más bien). Las que si son altas son las tasas activas –las que los bancos cobran sobre los créditos que conceden– pero aquí la historia es claramente otra: si esas tasas son elevadas es debido a la ineficiencia y el comportamiento rentístico de la banca, sin que nada tenga que ver el déficit. De hecho, el exceso de las tasas activas sobre las pasivas que observamos en nuestra realidad resulta simplemente impúdico. Lo cual perjudica a las actividades productivas que requieren financiamiento para sus inversiones. Acciones ajenas al déficit fiscal son necesarias: lograr que la banca sea más eficiente y regularla apropiadamente para frenar su tendencia hacia la extracción de rentas.

3)   El déficit fiscal frena la economía
Esta afirmación se sustenta en la “teoría de las expectativas racionales”, la cual se basa en un supuesto simplista e irreal: que los “agentes económicos” (empresas, consumidores) tiene la capacidad de anticipar con precisión los posibles efectos futuros del déficit y de amoldar su comportamiento, de forma racional y certera,  conforme con tales previsiones. Presuntamente ello induciría a que la inversión empresarial y el consumo de las familias se frenen, lo cual explicaría la debilidad que la economía nacional manifiesta. Esto no tiene pies ni cabeza; lo único real es que la enorme mayoría de la gente no tiene ni la menor idea acerca de las posibles consecuencias –ni las actuales menos aún las futuras– que el déficit podría acarrear. Esa suerte de racionalidad computacional y esa capacidad de “adivinación” del futuro que  se le atribuye a la gente, no pasan de ser una burda estratagema teórica, desde la que se intentan justificar las presuntas capacidades de “ajuste automático virtuoso” que se les atribuye a los mercados capitalistas. La historia ratifica que esto es falso, pero asimismo se ha demostrado que es una idea teóricamente insostenible. Y siendo cierto que la economía costarricense anda débil, las causas de tal cosa  hay que buscarlas en otro lado. Lo que sí es muy plausible es que la imposición de una política de austeridad y recorte del gasto público, seguramente deteriorarán aún más el estado de la economía.

4)   La “bomba” de la deuda pública
Se advierte: si no se para el déficit seguirá creciendo la deuda pública y eventualmente llegaremos a una situación insostenible (y entonces ¡¡¡horror!!! aparecen las comparaciones con Grecia). En principio esto es cierto, puesto que el déficit obliga al gobierno a emitir bonos de deuda a fin de cubrir el faltante de sus ingresos respecto de sus gastos. Pero se comete un error si se cree que mediante el recorte de los gastos la cuestión se resuelve. La razón es simple: la austeridad fiscal debilita adicionalmente la economía cuando, de por sí, ésta anda a rastras. Recordemos además que los ingresos fiscales dependen en grado considerable del dinamismo de la economía. Por lo tanto, si decae la economía con mucha probabilidad decaerán los ingresos del gobierno, lo cual hará que el déficit crezca en vez de reducirse y, con ello, que la deuda continúe aumentando. Pero tomemos en cuenta además que lo que importa no es tanto la magnitud absoluta de la deuda, sino su peso relativo respecto del PIB. Si éste crece muy lento –y peor aún si decrece– es muy posible entonces que la deuda crezca más rápido y que, por lo tanto, el porcentaje deuda/PIB vaya subiendo.

Tener en cuenta esto último advierte la importancia de reactivar la economía y generar más empleos de calidad. Ello contribuirá a incrementar los ingresos fiscales y reducir el déficit, cuando, al mismo tiempo, se logrará reducir la relación porcentual entre deuda y PIB.

Otras cosas son necesarias: una reforma tributaria modernizante y equitativa; reducir significativamente la evasión de impuestos. Y que el sector público de Costa Rica sea mucho más eficiente de lo que es y brinde servicios de mucha mejor calidad. Pero diferenciemos igualmente entre mutilar y mejorar. La mutilación –o sea el mero recorte del gasto público- empeorará todo. Pero además reafirmemos que dinamizar la economía y crear muchos buenos empleos es un aspecto realmente clave.

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domingo, 5 de julio de 2015

Grecia que te queremos tanto. Reflexiones sobre la crisis griega y el triunfo del "no"



Grecia que te queremos tanto
Reflexiones sobre la crisis griega 
y el triunfo del “no”


Luis Paulino Vargas Solís

1) Democracia vrs. Capitalismo

George Soros es un capitalista exitosísimo, sobre todo un especulador financiero tremendamente hábil. De hecho, uno de los hombres más ricos del planeta. En su libro “Crisis del capitalismo global” (1999) desarrolló un análisis donde contraponía democracia con capitalismo. Su conclusión, puesta en breve, fue: capitalismo y democracia no son lo mismo, y a menudo pueden ser contradictorios. No lo decía un intelectual chancletudo. Lo decía George Soros.

Menciono esto a propósito de lo que ocurre en este momento con Grecia. El gobierno de Syriza tomó una decisión: llevar a referendo popular la decisión de si se aceptan o no las exigencias extremas que les plantea el resto de Europa. Lo hizo después de haber cedido en una amplia gama de aspectos, y después de haber argumentado con solidez la inconveniencia social de las exigencias extremas que se les planteaba (por ejemplo, en relación con las pensiones más bajas o la elevación del IVA), y solicitando límites más razonables en cuanto al alcance de la “austeridad fiscal” aplicada y la magnitud del superávit fiscal primario. Su planteamiento ha estado también reforzado por una sólida estrategia conducente a recuperar el dinamismo económico, generar empleos y modernizar la economía griega.

Europa no solo se ha negado a aceptar que esto sea sometido a decisión democrática sino que desató una brutal campaña de chantaje e intimidación sobre el pueblo griego intentando forzarlo a votar por el sí. Y, sin embargo, una cosa es absolutamente clara: la deuda griega es impagable. A Grecia se le impuso un extremista programa de "austeridad" con la promesa de que así la economía saldría de la crisis y podría pagar la deuda. Como era de esperar, ocurrió lo contrario: la economía se hundió y entonces la deuda se fue a las nubes. Queda solo un camino: moratoria definitiva y que los bancos asuman la dosis de sacrificio que corresponde por un mal negocio. 

Sin excepción, todas los pronósticos del FMI han resultado fallidos. Pero las ineptas burocracias europeas y del FMI insisten en exigir que se cumpla con la deuda, en su afán por proteger los intereses del sistema financiero, sin importar el sufrimiento humano provocado. Absolutamente absurdo e irracional.

Ya lo decía Soros: capitalismo y democracia no son lo mismo; incluso pueden ser abiertamente contradictorios.

2. ¿Pagar las deudas a cualquier costo?

Curiosa la forma como alguna gente se afana por enjuiciar moralmente a Grecia y su pueblo, en relación con el tema de la deuda. Básicamente se afirma: quien asume una deuda con ello asume la responsabilidad de honrarla. Es, en rigor, una moral típicamente burguesa: de exigido cumplimiento de contratos. Tan inflexible que prácticamente sentencian: la deudas se deben pagar al costo que sea, muriéndose de hambre si es necesario. O sea, no es un ética de la vida que reivindique la dignidad de las personas como valor supremo. Todo lo contrario, más bien.

Pero estas proclamas moralizantes comenten, sin embargo, un error tan básico como garrafal. Olvidan que en la concesión de un préstamo y en la asunción de una deuda, hay dos partes que asumen responsabilidades y riesgos simétricos. El acreedor tiene la responsabilidad de garantizar que el deudor tiene efectiva capacidad para cumplir su deuda, tanto como el deudor la tiene de esforzarse por cumplirla. Y si el acreedor no cumple su deber con el rigor necesario, no puede alegar luego que ignoraba los riesgos que ello conllevaba y las pérdidas que podría acarrearle.

El caso, incluso, es que los mismos bancos transnacionales acostumbran cargar tasas más altas cuando los créditos concedidos son más riesgosos. Estados Unidos o Alemania pagan tasas bajísimas porque se les considera deudores seguros; Costa Rica las paga mucho más altas porque se le considera riesgoso. Y similar fue siempre el asunto con Grecia. Buen negocio: cobrar tasas elevadas cuando el riesgo es elevado. Ah, pero que no les hablen de las pérdidas posibles que ese mayor riesgo puede traer.

Luego vino lo que vino, producto del despilfarro con que se actuó en Grecia y del cual los bancos transnacionales han sido cómplices directos. A los bancos les gustaba sacar ganancias de ese desorden pero no apechugar las consecuencias que ello tendría. Y mientras al pueblo griego se le ha exprimido hasta el extremo más absurdo, se hace lo imposible por salvar el negocio bancario. De hecho, todos los "rescates" aprobados han sido en beneficio exclusivo de los bancos. Entretanto la economía griega se hundía y la pobreza y el desempleo se iban por las nubes. Agencias como el Banco Central Europeo, el FMI o la Comisión Europea actúan enteramente en función de los intereses de las finanzas y a espaldas de los pueblos europeos.

Y en el proceso, además, la democracia ha sido pisoteada de forma deplorable. Y no solo en Grecia, por cierto.

3. La deuda griega: demencia galopante

Los manuales de economía enseñan que los bancos son “intermediarios financieros”: en una ventanilla reciben los ahorros de una gente y en la otra colocan ese dinero como crédito concedido a otra gente. Esos mismos manuales afirman que el total de dinero en la economía –llamada oferta monetaria– lo determina el Banco Central al determinar la “base monetaria”, como quien dice el dinero primario que engendra (vía una cosa llamada “multiplicador bancario”) el resto del dinero. Estos decires son básicamente falsos. Lo cierto es que la casi totalidad del dinero es creada por los propios bancos comerciales, simplemente porque sí, literalmente del aire. Lo hacen cada vez que conceden un préstamo, que tan solo es una anotación contable y un registro digital en la computadora, la cual, convertido en un depósito a favor de alguien, le proporciona a esa empresa o persona –o sea a ese deudor– el “dinero” para comprar o pagar algo.

Eso es el dinero hoy: algo intangible, esencialmente ficticio pero muy real en sus consecuencias, bajo directo control de los bancos comerciales. Cosa paradójica: los gobiernos –en particular los gobiernos democráticos que se supone representan a su pueblo– han renunciado al poder de emitir el dinero y lo han entregado en manos de bancos generalmente privados. Cosa aún más paradójica: ahora son esos bancos privados los que financian a los gobiernos. Y, lo que es peor, bajo situaciones límite, los gobiernos arriesgan quedar a merced de esos bancos privados.

Básicamente eso subyace a la reciente crisis de la deuda europea (y también a la deuda latinoamericana, 30 y tantos años atrás). En el caso de Grecia, y durante los años de desorden y despilfarro, los bancos transnacionales privados creaban dinero de la nada para financiar los excesos griegos, y disfrutar también del fiestón.

Hasta que la cosa explotó en 2010. Y entonces se levantó la consigna: Grecia debe pagar sus deudas. Y con ese fin se le impuso una política de austeridad realmente salvaje, a cambio de los cuales se les daba “salvatajes” financieros que, íntegramente, iban a los bancos. Grecia “cumplió” con los bancos y ahora quedó enjaquimada con organismos oficiales: la propia Unión Europea, el Banco Central Europeo, el FMI. Y mientras tanto la economía griega se hundió de modo catastrófico, con lo que la deuda se volvió completamente impagable.

A los bancos ya no les importa lo que pase con Grecia; ya les pagaron. Pero los organismos oficiales siguen exigiéndole a Grecia que “cumpla” con sus deudas, y le siguen exigiendo más austeridad, no obstante que se ha demostrado que ese camino tiene solo un destino: el abismo.

¿No es acaso esto demencia galopante, y de las peores?

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domingo, 21 de junio de 2015

Aguacates, carne de cerdo...y los mamarrachos ideológicos del neoliberalismo



Aguacates, carne de cerdo...y los mamarrachos ideológicos del neoliberalismo

Luis Paulino Vargas Solís

La discusión sobre las restricciones establecidas sobre las importaciones de carne de cerdo y aguacates, ha resultado particularmente interesante por una cuestión que, siendo de central importancia, ha pasado sin embargo inadvertida: han salido a flote algunos de los más enmohecidos espantajos ideológicos desde los que ha sido pensada y conducida la economía del país durante los últimos treinta años. Lo cual ha dado lugar a las consecuencias que hoy observamos: una sociedad mucho más desigualdad; un ambiente político sumamente crispado y polarizado; un debilitamiento generalizado de los sistemas de seguridad social, y también una economía que ha devenido crónicamente deprimida, con problemas de empleo extremadamente graves.

Quienes combaten esas medidas de restricción a las importaciones aducen básicamente dos argumentos. El uno es “el interés del consumidor”. El otro atiende a la importancia que presuntamente tendría estos productos como insumo para varias actividades productivas.

El “consumidor” es aquí una ficción que ignora sistemáticamente un dato elemental: no hay consumidor donde no hay ingreso decente, y no hay ingreso decente donde tampoco hay empleo decente. Entonces, si las importaciones generan desempleo, no pueden, por lo tanto, beneficiar al “consumidor” puesto que estarán expulsando del mercado de consumo a miles de personas. No obstante lo cual podría todavía aducirse que beneficiaría a los “demás” consumidores, aquellos que sí preservan su empleo. Y siendo ése un planteamiento descarnadamente cínico, además omite otros dos importantes consideraciones: primero, que la desigualdad y desempleo resultantes constituyen verdaderas bombas de tiempo que, potencialmente, gatillarían una incrementada violencia social; segundo, cuando sectores enteros se arruinan y crece el desempleo, con ello se generan fuerzas depresivas que, en círculo vicioso, debilitan a la economía en su conjunto, con lo que la gente afortunada que aún hoy es consumidora, podría dejar de serlo en el futuro inmediato si perdieran su empleo.

Pero, además, la apelación al “consumidor” deviene aquí metáfora que sintetiza una estrategia económica que ha privilegiado el consumo desbordado, y en particular, un consumo importado, por sobre objetivos de efectivo fortalecimiento de la economía y generación de empleo.

La forma como las cúpulas de algunas cámaras empresariales han planteado el tema lo ilustra con soberbia claridad. Básicamente dicen: necesitamos importar para sostener actividades productivas diversas que utilizan como insumo la carne de cerdo o el aguacate. Y, sin embargo, es contundentemente claro que Costa Rica tiene capacidad sobrada para producir cualquiera de esas dos mercancías y hacerlo según los mejores estándares de calidad y eficiencia. O, en el peor de los casos, estaría al alcance del país el poder hacerlo: vía crédito oportuno y barato, apoyo técnico, capacitación, transferencia tecnológica, organización de productores y apoyo institucional apropiado.


En cambio se ha optado por fomentar la importación de tales productos a través de tratados comerciales y otras normativas que imponen la liberalización comercial. Con lo cual los empleos que pudieron generarse a nivel nacional se trasladan fuera –literalmente se exportan- y se generan en otro país. Y, de paso, se profundiza –en cierto modo se osifica- el desmembramiento interno de la economía, el carácter deshilachado e inconexo que la caracteriza. Lo cual debilita la posibilidad de un desarrollo nacional sólido, sostenible e inclusivo, asentado en el aprovechamiento de la dotación de recursos del país, bajo condiciones de alta productividad, con incorporación de conocimiento, alto valor agregado, equidad distributiva y respeto al medio ambiente.

Las poderosas cúpulas empresariales y otras organizaciones devienen así beligerantes defensoras de un modelo económico que destruye empleos a favor de un consumo importado y el cual, asimismo, desperdicia, en función de estrechas consideraciones de corto plazo, las posibilidades disponibles para la construcción de una economía mucho más sólida. El espantajo ideológico se transmuta en una mística importadora en cuyo altar se sacrifican empleos y se ofrenda un sistema productivo en hilachas.

En general nadie espera ni pide que el empresario promedio entienda mucho de estas cosas. Lo suyo son las ganancias de la empresa, no el estudio de los grandes problemas nacionales. Pero si es llamativa la total miopía desde la que los ideólogos hegemónicos –en especial los economistas del mainstream- intentan racionalizar estos asuntos. La suya es una mirada obnubilada por las abstracciones ideológicas del libre comercio y el consumismo importado. Bajo esa influencia, ese gran empresariado de cúpula reincide en algo que ha devenido en su caso vicio y manía: la enunciación de discursos fuertemente ideologizados; falaces y arrogantes; amenazantes e intimidatorios, por lo tanto violentos e irrespetuosos.

Un dato adicional, absolutamente fundamental, es también omitido: todas las experiencias históricas de desarrollo capitalista exitoso han incorporado una dosis considerable de proteccionismo comercial e intervención estatal. Y si bien ello admite diversas variantes según el lugar y el momento histórico específicos, una constante permanece: el libre mercado irrestricto –incluido el libre comercio sin cortapisas- nunca ha sido una fórmula exitosa para lograr el empuje necesario. Desde la Inglaterra del siglo XVIII –no obstante haber sido la primera potencia industrial de la historia- hasta China en el período reciente. Siempre ha habido un esfuerzo deliberado destinado a promover el desarrollo de una base productiva propia, suficientemente sólida y productiva. Quienes ya han alcanzado un desarrollo capitalista avanzado descubren entonces, muy a su conveniencia, las “virtudes” del libre comercio. Quienes vinieron después –por ejemplo, Francia y Alemania, cuyo proceso industrializador es posterior al inglés- tuvieron la lucidez necesaria para  levantar diques de contención que frenasen la competencia ruinosa proveniente de la potencia más avanzada. En cambio, y por esa misma época (siglo XIX), Costa Rica se abrió sin freno ni limitación al comercio con Inglaterra. Y si bien con la exportación del café se salió de la miseria colonial, fue tan solo para entrar en la categoría, que sigue vigente hasta hoy día, de país capitalista subdesarrollado y periférico.

Acaso debamos reconocer que, 170 años después, hay cosas en la realidad de Costa Rica que siguen iguales.

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