domingo, 13 de abril de 2014

Intel en breve ¿Qué significa, en términos económicos, su retiro de Costa Rica?



Intel en breve ¿Qué significa, en términos económicos, su retiro de Costa Rica?

Luis Paulino Vargas Solís

Dimensionemos brevemente la cuestión de Intel. Voy a intentarlo utilizando principalmente datos publicados por el semanario El Financiero (edición impresa del 14 al 20 de abril de 2014, pp. 4-7). Como sabemos, este es un medio dedicado a embellecer y hacerle propaganda a las grandes empresas, sobre todo las extranjeras. De tal modo, esas cifras no son sospechosas, ni mucho menos, de animadversión a tan poderosa corporación transnacional.

Según este medio, en 2012 las compras de Intel a empresas suplidoras costarricenses sumaron $62,7 millones. Parece una cifra importante, pero, como de costumbre, ello depende del tipo de anteojos con que usted las mire. Es un monto moderadamente importante –palabras usadas por el propio semanario- para esas empresas, pero insignificante en términos macroeconómicos. Por ejemplo: resulta que en ese año Intel exportó $2.385 millones (cifras del mismo medio). Quiere decir que esas empresas suplidoras nacionales proveyeron tan solo un 2,6% del valor exportado por Intel.

Ello confirma lo que ya bien sabíamos: el valor agregado aportado por Costa Rica a la producción de esa empresa es sumamente limitado. Por ello mismo, su impacto real –más allá de la magia de las estadísticas- es también muy limitado, lo mismo en los buenos que en los malos tiempos.

Esto último se confirma mejor con otros datos que menciono más abajo. Pero antes es interesante repasar de qué tipo de empresas suplidoras estamos hablando. Al respecto nos dice El Financiero: “…la mayor parte de los proveedores están vinculados a servicios de cafetería, alimentación, seguridad, limpieza y jardinería”. O sea, servicios muy básicos. Nada que tenga que ver, ni de lejos, con servicios o manufacturas de alto nivel tecnológico ¿Dónde está entonces la transferencia de tecnología y el aprendizaje que la presencia de Intel presuntamente nos dejaría? Pues aparentemente sería el resultado derivado del nivel de calidad que esa empresa exige, y del prestigio que presuntamente deja el haber sido su proveedor. Sin duda, eso es bueno, pero es un resultado extremadamente pobre, sobre todo si se le compara con las promesas hechas y las expectativas alimentadas con la llegada de esta empresa.

Hay otros datos, que el mencionado semanario aporta, que resultan realmente contundentes. Me refiero a las cifras relacionadas con el efecto neto sobre la balanza comercial del país (exportaciones de bienes menos importaciones de bienes), derivados de la presencia de Intel. Para empezar, resulta que, sin Intel (datos para 2012) el déficit comercial se reduciría por un monto de $150 millones. Lo cual, de ser correcto, significaría una cosa: que en el mencionado año Intel importó más de lo que exportó. Pero, todavía más, según los datos de El Financiero, esa misma situación se dio en 8 de los 14 años comprendidos en el período 1999-2014, es decir, en esos 8 años lo importado por Intel excedió de lo exportado. Si sumáramos los datos correspondientes a “renta de la inversión” (remesa o envío de ganancias a la casa matriz), lo que se obtendría en la cuenta corriente de la balanza de pagos sería seguramente un saldo negativo: a lo largo de estos años Intel habría sacado de Costa Rica más dólares de los que aportó. Quedaría por ver si el monto de inversión extranjera directa (IED) aportado por esa empresa podría compensar ese saldo negativo en la cuenta corriente. De cualquier forma, y aún si al final los números fuesen positivos, las cifras obtenidas serían, hasta en el mejor de los casos, sumamente modestas.

A la anterior, agrego por mi cuenta lo siguiente:   

Serán 1300 personas que se queden sin trabajo a raíz del traslado de la manufactura de Intel hacia países asiáticos. Algo sin duda muy lamentable, y por supuesto, muy doloroso para esas personas. Pero, por favor, no olvidemos que el total de personas empleadas en Costa Rica supera los 2 millones, que hay 185 mil personas desempleadas, 260 mil personas en situación de subempleo y 700 mil personas que trabajan sin gozar de seguro social. Es lamentable que 1.300 trabajadores de Intel queden cesantes, pero aún más deplorable resulta el que se olvide que el problema real es muchísimo más grande que eso, y que inversiones extranjeras del tipo Intel jamás lo resolverá. Al respecto tengamos también cuenta que los 2800 empleos de Intel existentes anteriormente a este recorte de operaciones, son apenas el 0,13% del total de personas empleadas.

Por lo tanto, es absolutamente imposible que Intel aporte el 6% del PIB
El indigno y cobarde plañido de las élites
como con ligereza se ha dicho. Si se considerara el costo fiscal que su presencia en Costa Rica ha implicado, más el costo asociado al beneficio de tarifas eléctricas súper reducidas (en ambos casos hay un subsidio disfrazado), tendríamos razones sobradas para decir que ha habido un sobredimensionamiento realmente irresponsable y abusivo del aporte de esta corporación a la economía nacional.

Queda finalmente la idea que atribuye a Intel un efecto difuso e incuantificable, pero presuntamente positivo: la imagen internacional positiva que esa empresa contribuiría a danos. Lo cual es por lo menos sorprendente  ¿realmente la imagen internacional de Costa Rica depende de una empresa como esta? Creo que debería interesarnos mucho más cultivar una imagen internacional asentada en logros reales y significativos en materia de educación y salud; desarrollo y participación democrática; solidez institucional; paz social; equidad e igualdad; efectivo respeto a la naturaleza; plena vigencia de los derechos humanos.

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martes, 8 de abril de 2014

Luis Guillermo Solís ante el desafío de una ciudadanía desapegada, voluble y fragmentada



Luis Guillermo Solís, presidente electo

Luis Guillermo Solís ante el desafío de una ciudadanía desapegada, voluble y fragmentada

Luis Paulino Vargas Solís

Todavía en el mes de diciembre de 2013, y en plena campaña electoral, Luis Guillermo Solís no pasaba de ser un rostro desconocido, al que apenas muy vagamente se lograba identificar como candidato del partido “de Ottón Solís”. Por esos días, Johnny Araya se derrumbaba estrepitosamente en las encuestas, mientras el candidato de izquierda, José María Villalta, emergía sorpresivamente como una opción electoral viable.

Fácil recordaremos que ello sacó de la tumba todos los espectros de la guerra fría, y dio pretexto para una campaña sucia –masiva y a gran escala- claramente orientada a la monstrificación del joven candidato y su partido. Sectores muy amplios de la población, que gradualmente se iban decantando a su favor, empezaron a titubear ante las terroríficas perspectivas que les pintaban.

El Partido Liberación (PLN) no fue el único actor detrás de esa campaña, aunque si uno de los principales, junto a medios comerciales de prensa, cámaras empresariales y alguna importante embajada extranjera. Se frenó así el avance de Villalta. Y mientras Araya y el PLN gastaban sus energías y enfocaban sus baterías en este último, Solís preparaba, con notable habilidad y sentido de oportunidad, su ascenso; hábilmente se les coló por la cocina.

Pero, en realidad, ése fue solamente un factor entre algunos otros. Sobre
Dos de febrero: la fragmentación del escenario político
todo, creo que Solís logró captar dos procesos que se estaban manifestando –al modo de fuerzas en conflicto- alrededor de la candidatura de Villalta: un sector muy importante estaba claramente optando por un cambio, pero, al mismo tiempo, manifestando recelo hacia lo que pudiera percibirse –con justificación o sin ella- como amenazante. Lo primero marcó el sorpresivo ascenso de Villalta cuando todavía nadie parecía saber quién era ese señor Solís del PAC. Lo segundo, alimentado por la aparatosa campaña de monstrificación, lo frenó.

En ese contexto, me parece, Solís supo maniobrar de forma electoralmente certera. Ignoro si lo habrá hecho con plena conciencia y deliberación o si lo suyo fue más bien  labrado a puro olfato e intuición, en un ejercicio de prueba y error. El caso es que le dio buen resultado en las elecciones del 2 de febrero, y lo llevó a culminar con un éxito rutilante el balotaje del 6 de abril.

Lo interesante en todo esto tiene que ver especialmente con la forma como se movió el electorado costarricense durante estos meses. Es algo que intento representarme gráficamente como al modo de grandes masas en movimiento sobre una superficie acuosa; vienen y van en un proceso de acomodo de imponderable evolución. A veces se puede adivinar hacia donde se trasladan –ahí seguramente estuvo el secreto del triunfo electoral de Solís- pero usualmente ello resulta imposible.

Ello retrata la complejidad de la cultura política que se ha venido gestando en Costa Rica, dentro de un proceso que empezó a manifestarse con contornos relativamente claros a inicios del nuevo siglo. Sugiero caracterizarla con base en tres rasgos principales: desapego, volubilidad y fragmentación.

Desapego en cuanto el electorado tiende a ser reacio –y cada vez más- a desarrollar lealtades con ningún partido y con ningún liderazgo. La identificación emocional de por vida se convierte en un fenómeno minoritario en proceso de gradual extinción. Ahora prevalece una especie de juego de preferencias en movimiento: en distintos momentos se opta por una u otra posibilidad, bajo una lógica que se parece más a la del consumidor posmoderno, que a la del partidario tradicional, pero que básicamente refleja un juego complejo de identidades disgregadas e intereses en disputa.

La volubilidad está directamente relacionado con esto último: se busca lo que en cada momento se percibe como mejor para el país y para sí mismo y, en general, no se cree que esa aspiración pueda estar mejor representada por un partido o candidato o candidata particular, cuando, por otra parte, distintos sectores y distintos grupos identitarios fácilmente disienten en cuanto a la escogencia de a quién confiarse. Pero ello también significa que partidos y dirigencias se mueven sobre un territorio fangoso y resbaladizo; a priori, nada les garantiza que el apoyo que captaron hoy pueda seguir vigente mañana.

La dispersión del voto en la primera ronda
Todo lo anterior redunda, finalmente, en la fragmentación del espacio político-electoral, puesto que esas masas desapegadas y volubles no evolucionan al unísono, no siendo infrecuente que unas y otras se muevan en direcciones opuestas. A veces quizá coincidan (como momentáneamente ha ocurrido, bajo muy peculiares condiciones, en esta segunda ronda electoral), pero usualmente no es el caso, y de ello da testimonio elocuente la conformación de la Asamblea Legislativa; tanto la que pronto concluirá funciones, como la que tomará su relevo.

Esta ciudadanía costarricense, difusa e inestable en sus procesos de posicionamiento político, pareciera tomar sus decisiones a partir de una mezcla de reflexiones racionales con emociones de diversa naturaleza. En el castigo inclemente que se le aplicó al PLN en la segunda ronda hay seguramente algo de todo eso. De un lado, la clara compresión de que el rumbo del país es peligroso y que, como opción de gobierno, el PLN ha dado pruebas sobradas de corrupción, prepotencia, altanería, descuido e ineptitud. De otro parte, un sentimiento de indignación que es, también, una aspiración, esencialmente emocional más que ideológica, por una Costa Rica igualitaria, justa y democrática.

Quiero decir que, a mi parecer, sigue existiendo una noción básica de lo colectivo alrededor de ciertas aspiraciones fundamentales, que en parte se expresan racionalmente y en parte son emoción pura. Esas nociones y aspiraciones colectivas fundamentales siguen siendo el único cemento de calidad realmente significativa, que previene la deriva definitiva de las masas ciudadanas. Son las últimas conexiones que mantienen vivos los últimos resabios de viabilidad de la sociedad costarricense, y de Costa Rica misma en cuanto que país y Estado nación.
Brutal castigo al PLN en el balotaje

Es como si ello demarcase los límites del estanque sobre cuyas aguas se mueven, yendo y viniendo, esos islotes de una ciudadanía fragmentada y veleidosa. De otra forma, éstos simplemente se desbordarían. Es un básico espíritu de lo colectivo que previene la disgregación total, pero que no impide la fragmentación de identidades y el flujo oscilante de las preferencias y opciones políticas.

De ser esto correcto, se haría inevitable la siguiente conclusión: el 78% con que Luis Guillermo Solís fue electo en segunda ronda, no ofrece ninguna base sólida a la cual confiarse. Lo único que puede decirse es que las miradas están puestas sobre él y que las expectativas son elevadísimas. Pero, por ello mismo, el castigo podría ser mucho más severo si no se logra cumplir satisfactoriamente con lo que se espera.


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lunes, 31 de marzo de 2014

Costa Rica ¿el "síndrome griego" nos ataca?



Costa Rica ¿el “síndrome griego” nos ataca?
Luis Paulino Vargas Solís

Al decir “síndrome griego” me refiero a una situación en la que una economía, que ha vivido históricamente por encima de sus reales posibilidades productivas –por tanto con un déficit permanente en la balanza de sus intercambios con el resto del mundo- se ve de pronto empujada a un severo ajuste restrictivo que, echando mano de una violenta dieta, pretende ajustar el perímetro de su abdomen a la realidad de su cinturón. Tan grosero régimen de adelgazamiento es, al mismo tiempo, una penitencia por los “pecados” cometidos. Como si se dijera: “¿así que comieron más queque del que les correspondía? Pues entonces paguen por sus excesos”.

La cuestión tiene un indisimulado sesgo ideológico: usualmente se salda por el lado del recorte de los servicios sociales del Estado y el empleo público y contra los ingresos de los sectores medios y populares. En general a los “inversores” –sobre todo si son grandes, y mucho más cuando son extranjeros- les va mucho mejor.

Es, sin embargo, una medicina que generalmente no alivia la enfermedad, ni menos aún la cura. No es inusual que más bien agrave el estado del paciente, al cual pone al borde de la inanición. Así debilitado, éste resulta incapaz de hacer lo necesario para rebalancear sus cuentas, según lo que en principio se le dijo era su deber lograr. De forma que, demacrado y macilento, le toca sobrellevar la carga de una deuda cada vez más pesada.

Bueno, pues poco más o menos esa es la medicina que le han aplicado a Grecia –y a otros países europeos- provocando una horrible depresión económica con devastadoras consecuencias sociales y humanas.

Traigo lo anterior a colación a fin de ilustrar y tratar de mejor entender el
La Nación lidera la ofensiva ideológica
clima ideológico que se viene gestando en el medio costarricense en relación con el déficit fiscal. Parece imponerse un “consenso” alrededor de una fórmula con dos componentes principales: (a) el déficit fiscal es un serio problema; (b) para resolverlo necesariamente hay que “socarse la faja” (o sea: penitencia, recorte y restricción).

Que el déficit sea un serio problema es, como mínimo, un asunto controversial. Desde 2009 el país ha tenido un déficit fiscal considerable. En contra de lo que asegura la “sabiduría” económica convencional, ello no ha impactado sobre la inflación, la cual más bien ha estado en mínimos históricos. Y respecto de sus efectos sobre las tasas de interés, durante todo este tiempo tuvimos un único episodio de elevación de esas tasas (enero-octubre 2012), el cual solo en parte era atribuible al mencionado déficit. Por otra parte –y aunque jamás se querrá admitir tal cosa- lo cierto es que ese déficit seguramente ha atenuado en parte la pérdida de dinamismo que la economía ha manifestado durante estos años.

Ahora bien, es cierto que la persistencia del déficit acarrea un crecimiento de la deuda pública. Ésta aún está en un nivel relativamente manejable. Mas, sin embargo, es claro que ha venido aumentando a un ritmo considerable, y que éste sí constituye un problema al que debe prestársele atención. Así, en 2009 la deuda pública total representaba un 43,6% del Producto Interno Bruto (PIB). Para 2012 ese porcentaje pasó a 55,8%. En su mayor parte es ese aumento corresponde a deuda interna (en colones), aunque también hay una tendencia al aumento en la deuda externa (dólares).

Y, sin embargo, la cura propuesta –una violenta dieta de adelgazamiento- no promete, ni mucho menos, resolver el asunto. Puesto en sencillo, lo que se receta es aumentar impuestos y reducir gastos a fin de disminuir el déficit. Así se reduciría la necesidad de colocar deuda para financiar tal déficit. Si por otra parte se logra que la economía crezca lo suficiente (al menos 5 a 6% anual), ello permitirá reducir los coeficientes entre deuda y PIB (el porcentaje que la deuda representa respecto del PIB).

Pero hay aquí un problema: el coctel “más impuestos/menor gasto público” es en sí misma una fórmula recesiva: saca ingresos de la economía vía impuestos, en mayor grado de los que introduce vía gastos. Ello inevitablemente implica meterle el freno al sistema económico. Este efecto podría anularse si se lograra un mayor consumo por parte de las personas, una mayor inversión productiva de las empresas y un mayor crecimiento de las exportaciones. Pero la verdad hay razones para sentirse escépticos respecto de tales posibilidades.

Primero, prevalece un ambiente de desconfianza por parte de las personas consumidoras, lo cual se ve complicado por el peso de un elevado endeudamiento privado. Ello frena las decisiones de consumo.

Segundo, el ambiente económico mundial no permite ser optimistas respecto de la evolución futura de las exportaciones, cuando, de hecho, éstas muestran, desde hace ya algunos años, un dinamismo declinante. En ese contexto, la devaluación que ha venido experimentando el colón –y que seguramente continuará en el futuro cercano- podría no dar suficiente estímulo para el impulso a las actividades de exportación y turismo.

Si la demanda (el gasto) del gobierno sufre recortes, y si el consumo de la gente se mantiene contenido y las exportaciones no alcanzan el necesario impulso, tampoco habrá razones para que la inversión productiva de las empresas se recupere. Estas querrán invertir y contratar más gente si perciben que el negocio promete. No es ése el caso actual.

Cuando, por otra parte, debo hacer notar que esas propuestas ortodoxas para la reducción del déficit fiscal, no están siendo acompañadas por propuesta alguna para la reactivación de la economía. Se está suponiendo que, sin modificar el actual régimen de políticas –zonas francas, tratados comerciales, capital extranjero- se logrará la recuperación de las exportaciones y el turismo para así salir del atolladero. La verdad, es poco probable.

Arriesgamos así vernos atrapados en el “síndrome griego”: una economía frenada, con altos niveles de desempleo y agudizados problemas de desigualdad y pobreza, y una deuda pública creciendo en espiral descontrolada.

Urge al país una propuesta fiscal compatible con el impulso a la economía y a la generación de buenos empleos y, por lo tanto, urge también una propuesta renovadora de reactivación económica.

Para empezar –y lo dejo aquí tan solo sugerido- debería plantearse una estrategia de incremento de impuestos y gasto del gobierno en cuantía similar, de modo de poner a funcionar el “multiplicador del presupuesto equilibrado”, para lo cual hay que cerciorarse que se promoverán inversiones públicas y otras formas de gasto público que garanticen un incremento significativo del empleo. Ello reactivaría la economía y permitiría una ulterior reducción del déficit fiscal vía aumento automático de ingresos tributarios.

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