martes, 12 de enero de 2016

La economía de Costa Rica en 2016 (II): la capacidad productiva desperdiciada



La economía de Costa Rica en 2016 (II): la capacidad productiva desperdiciada
Luis Paulino Vargas Solís

Entre 1950 y 1979, en lo que propongo designar como el “Proyecto Histórico Desarrollista”, la economía de Costa Rica creció a una tasa promedio anual del 6,5% la cual casi duplicaba el crecimiento de la población. Así, el PIB per cápita crecía a alrededor del 3,2% por año.  Durante el período neoliberal –lo llamaré “Proyecto Histórico Neoliberal”– específicamente en los “buenos” años del período 1984-2007, la economía crecía en promedio 5% al año, mientras la población lo hacía al 2,3%. O sea, en términos per cápita el crecimiento bajó al 2,7%, con el agravante de que es un período –especialmente desde finales de los noventas–  en que el ingreso y la riqueza se van concentrando en pocas manos, de forma que ese crecimiento se repartía muy desigualmente, con escaso o nulo beneficio para la mayor parte de la población. Desde 2008, este año incluido, el crecimiento promedio anual se desplomó al 3,1%, mientras la población crecía al 1,4% al año. Lo cual significa que, por habitante, el crecimiento bajó al 1,7% anual, pero en años donde, además, la inequidad distributiva continuó agudizándose, de modo que la mayor parte de la población ni cuenta se dio de tal crecimiento.

Así pues, durante el período neoliberal que inicia en 1984 (en otra ocasión trataré de explicar el porqué de esta fecha), se entremezclan dos tendencias de signo negativo: un crecimiento más lento con una inequidad distributiva en ascenso. De ahí la extendida sensación de que las condiciones de vida no mejoran. Siendo lo anterior cierto en general, algo nuevo empieza a acontecer en 2008. De ahí en adelante, el dinamismo de la economía, tanto en términos absolutos como relativamente al crecimiento de la población, se instala en un nivel clara y sostenidamente inferior.

Dejemos de lado los tiempos del desarrollismo y el Estado interventor y asistencial, en que el crecimiento era mucho más rápido y la desigualdad tendía a reducirse. Veamos solo el período del Proyecto Neoliberal. Como ya indiqué, durante el lapso 1984-2007 el crecimiento promedio fue del 5% al año. Eso sí, la economía manifestaba un comportamiento cíclico muy marcado, de modo que ese promedio esconde altos y bajos repetitivos, incluso momentos en que se crecía al 7-8% anual (en tres bienios: 1992-93; 1998-99; 2006-07) y momentos donde el crecimiento se desplomaba al 2-3% (1990-91; 1995-96; 2000-2002). Nunca fue posible sostener aquellos altos índices de expansión más allá de dos años seguidos, pero lo interesante es que, por su lado, las “fases bajas” jamás duraron más de tres años y enseguida daban lugar a una recuperación vigorosa que fácilmente elevaba las tasas de crecimiento al 6% o más.

Desde 2008, este año incluido, las cosas parecen empezar a funcionar de otra forma. Tras el auge especulativo de 2006-2007 hubo un bajón pronunciado del crecimiento en 2008 (por debajo de 3%) seguido de un decrecimiento en 2009 (-1%). Esa contracción es la primera –y por ahora la única– que la economía costarricense experimenta desde el fuerte retroceso, cercano a un -10%, que se dio en el bienio de crisis 1981-1982. Tras la caída de 2009, la recuperación posterior no merece ese nombre, puesto que su punto culminante fue un crecimiento del 5% en 2012, o sea, alrededor de un 60-70% por debajo de los picos altos registrados en cualquiera de las tres fases de auge anteriores, y escasamente igual al promedio histórico del período neoliberal. 

Después de lo cual hubo una especie de nuevo retroceso varios escalones más abajo, de modo que en 2013 y 2014 se crece por debajo del 3,5%, es decir, un 30% por debajo del promedio histórico del Proyecto Neoliberal. En 2015 el crecimiento ha caído a menos del 3%, lo que supone una deficiencia de alrededor del 45% en relación con ese promedio.

En su conjunto, durante el período 2008-2015 (ambos años incluidos) se creció a una tasa media anual del 3,1%, o sea, casi un 40% inferior al mencionado promedio histórico del 5%.

Supóngase que esa media anual del 5% representa el potencial de crecimiento de la economía costarricense bajo el Proyecto Neoliberal. Es una presunción razonable que resume la evolución de largo plazo entre 1984 y 2007. Dado lo anterior,  la caída de los índices de crecimiento  durante los últimos ocho años (2008-2015, ambos incluidos) a 3,1% abre un hueco enorme: al concluir 2015 el PIB de Costa Rica es un 16% menor de lo que potencialmente habría sido si se hubiese mantenido el promedio (con las oscilaciones de corto plazo usuales) del 5%.

Y siendo que los datos del PIB presentan diversas limitaciones que disminuyen su capacidad para reflejar de forma confiable la realidad, conviene entonces considerar también los datos sobre empleo. Y estos claramente ponen de manifiesto, de forma cruda y elocuente, el enorme desperdicio de capacidad productiva que padecemos. Desde hace cinco años la tasa de desempleo se mantiene consistentemente por encima del 9% y, por momentos, incluso arriba del 10%. La población ocupada más la población subempleada ha venido representando durante este tiempo arriba del 20% de la fuerza de trabajo. La informalidad laboral no para de crecer y ya supera el 45% del total de la población ocupada. Puesto de otra forma: en los últimos tres años, entre 450 mil y 500 mil personas trabajadoras han estado desempleadas o subempleadas. En 2014 por primera vez en la historia se registraron más de 900 mil personas en condiciones de informalidad laboral –por tanto en trabajos de muy baja calidad– cifra que recientemente llegó a 942 mil personas.

Que una proporción tan sustancial de nuestra población trabajadora carezca de un buen trabajo (y con seguridad el porcentaje respectivo sobrepasa holgadamente el 50% de la fuerza de trabajo) implica una pérdida gigantesca de producción potencial. Pero, lo que es más importante, implica una afrenta inaceptable para la dignidad y el bienestar de esas personas y sus familias.

Por otra parte, y con esto concluyo, ello permite entender una cuota importante del problema fiscal que estamos teniendo. Estimaciones que he hecho sugieren que el déficit fiscal podría estar en niveles muy manejables del 3% o menos del PIB, tan solo con que éste hubiese crecido a la tasa histórica promedio del 5%. Este es un aspecto que retomaré posteriormente.

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sábado, 26 de diciembre de 2015

La economía de Costa Rica en 2016 (I): anemia crónica



La economía de Costa Rica en 2016 (I): anemia crónica
Luis Paulino Vargas Solís

La economía de Costa Rica durante el año 2015 semeja un automóvil cuya caja de cambio se averió por lo que solamente puede avanzar en “segunda”. Pero la cosa no es nueva. Allá por 2006-2007 avanzaba rauda y veloz en “quinta” (creciendo entre 7 y 8% anual), pero ya en 2008 se empezaron a detectar problemitas en la famosa caja de cambios. La cosa claramente se agravó en 2009 pero algunas reparaciones improvisadas permitieron que se pudiera avanzar en “tercera” (entre 4 y 5% anual) durante el trienio 2010-2012. Pero desde 2013, este año incluido, el daño es agravó y de “segunda” ya no se logra pasar (se crece entre 3 y 3,5%). Y así hasta el día de hoy, aunque ha habido momentos durante este 2015 en que, al caer el crecimiento por debajo del 3%, casi, casi hubo que bajar a “primera”. Digamos que, aunque a rastras y en medio de bufidos, el carro todavía camina. Peor sería que se detuviera del todo y todavía más si se quedase pegada la marcha atrás y el vehículo retrocediera.

Ésa como al modo de anemia crónica que desde 2008 padece la economía nacional, ha abierto un hoyo enorme entre lo que se produce y lo que potencialmente podría producirse. Según como se le mida –y yo por mi cuenta y riesgo he intentado hacerlo– al cabo de estos ocho años el hueco al que hago referencia alcanza ya una magnitud equivalente al 16% aproximadamente. Esto lo explicaré mejor en un artículo que publicaré luego, pero el caso es que ello significa que el tamaño de la economía costarricense (medido por su Producto Interno Bruto, PIB), es un 16% menor de lo que potencialmente podría ser. Lo cual es realmente mucho.

La anemia económica crónica, que abre ese abismo entre lo que se produce y lo que potencialmente debería producirse, genera un enorme rezago en la creación de empleos (lo cual se agrava por otros factores que aquí omito). Sin embargo, el gobierno de Solís dice que 2015 ha sido un año de mejoría del empleo. Ello resulta harto cuestionable. A decir verdad, los índices de desempleo y subempleo se mantienen dentro de los mismos rangos (entre 9 y 10% en el primer caso; entre 12 y 14% en el segundo) en que ha estado durante todos estos años. Lo cual es realmente muy malo. Muy posiblemente lo que el gobierno interpreta como mejoría es sencillamente una oscilación de corto plazo, normal dentro de una tendencia persistente a largo plazo. Cuando, por otra parte, el problema de la informalidad laboral continúa un curso de agravamiento sostenido y, para empeorar la cosa, los datos recientes sugieren una posible tendencia a la contracción en la fuerza de trabajo, lo cual significa que hay gente que podría estarse saliendo de los mercados laborales a causa de la fatiga que les provoca el vano esfuerzo, a lo largo de meses, por conseguir trabajo.

Esto a su vez impacta en las condiciones de vida de centenares de miles de familias y, sin duda, tiene consecuencias sociales muy negativas. Pero también es, con mucha certeza, una de las causas principales detrás de la persistencia del problema del déficit fiscal. Desde 2009 éste es relativamente elevado y, con los años, crece gradualmente (cercano ya al 6% del PIB), lo que provoca un incremento sostenido de la deuda pública (próxima al 60% del PIB). Ello es así puesto que la debilidad económica y el grave deterioro del empleo impactan negativamente sobre los ingresos del gobierno y, en consecuencia, agrava el déficit. No es el único factor detrás de este problema, pero sí uno de los más importantes.

Ese es, a grandes rasgos, el panorama de la economía costarricense al concluir 2105. En lo esencial, la sintomatología es prácticamente idéntica a la que empezó a manifestarse en 2008. O sea, hablamos de un largo interregno de penumbras. La presión negativa que esto pone sobre la calidad de nuestra convivencia social y la legitimidad del sistema político es grande, y tiende a serlo cada vez más conforme los problemas se perpetúan sin que se avizore ninguna salida aceptable.

¿Podría esto cambiar en 2016? Es muy poco probable. Pensemos que ello depende principalmente de dos cosas: que la economía mundial mejore significativamente de forma que jale hacia arriba las exportaciones y por esa vía la economía costarricense; y, segundo, que a lo interno se introduzcan al menos algunos correctivos básicos que incidan positivamente sobre el desempeño económico. Yo no apostaría a favor de ninguna de estas dos cosas.

El panorama económico mundial está ahora dominando por el bajón de las llamadas economías emergentes, incluso China, pero también, y más acusadamente, Rusia y Brasil. En el contexto de una recuperación mediocre en Estados Unidos y Europa y una incierta evolución de Japón, ello simplemente hace que las nubes de tormenta sigan ensombreciendo las perspectivas. La leve mejoría en Europa –que tiene lugar sobre el telón de fondo de un enorme retroceso acumulado– sigue como pegada con saliva. La recuperación estadounidense –que ha sido lenta y jamás levantó vuelo– está siendo sometida a una dura prueba, en virtud de la decisión de la Reserva Federal de revertir su súper-expansiva política monetaria y elevar las tasas de interés. Es por lo tanto improbable que la economía mundial aporte ningún empuje vigoroso que infunda energía a nuestra desfalleciente economía. Cierto que esta atonía mundial nos ha beneficiado a través de los bajos precios del petróleo. Pero hay razones diversas  que ponen en duda sus presuntos efectos positivos (favorece el consumo interno pero agrava la revalorización del colón).

Por otro lado, es claro que al gobierno de Solís ya no le queda espacio político para ningún cambio de alguna significación. Por razones que amerita discutir por aparte, omitió hacerlo cuando aún tenía alguna posibilidad de intentarlo. A estas alturas el poquísimo oxígeno que le resta seguramente será absorbido por el problema fiscal, bajo la presión brutal ejercida por la prensa comercial, las cúpulas empresariales y las élites políticas conservadoras.

Esos poderosos sectores claramente intentan imponer una agenda unilateralmente centrada en lo fiscal según un enfoque sesgado hacia lo restrictivo y austeritario: primero, reducción del gasto público; segundo, y condicionado a lo anterior, aumento de impuestos, en  especial, el Impuesto al Valor Agregado (IVA) con incremento de su tasa. Ninguna de estas cosas favorecerá el crecimiento de la economía. El conjunto de tales medidas recortará el crecimiento económico en varias décimas, quizá un punto porcentual o más. Lo cual significa que si en 2015 ésta creció menos del 3%, podría caer por debajo del 2% en 2016.

Si esto fuera correcto (espero estar completamente equivocado) ello significa que no habrá mejoría –posiblemente más bien deterioro– en la situación del empleo, con todo el tremendo costo social y humano que ello conlleva. Pero además esto complicará aún más el problema fiscal, e incrementará los costos sociales asociados al intento por resolverlo.

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domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Mejora la economía de Costa Rica?



¿Mejora la economía de Costa Rica?
Luis Paulino Vargas Solís

El gobierno de don Luis Guillermo Solís nos da un mensaje de optimismo: la economía de Costa Rica da signos de considerable y sostenida mejoría. Mencionan básicamente dos tipos de indicadores: los del empleo derivados de las recientes encuestas continuas de empleo que elabora el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) y los datos del “índice mensual de actividad económica” (IMAE) que publica el Banco Central de Costa Rica (BCCR).

Hacen ver que la tasa de desempleo cayó desde 10,1% en el primer trimestre de este año, a 9,5% en el segundo y hasta 9,2% en el tercer trimestre. Y en lo que al IMAE se refiere, destacan que desde abril de este año ese indicador empieza a mostrar cierta mejoría, cuando anteriormente, y por once meses seguidos, había venido “cuesta abajo”. Todavía podría agregarse que también el subempleo mejoró.

(El IMAE es un indicador que recopila información mensual y da seguimiento al comportamiento de la producción en los principales sectores de la economía nacional).

Todo esto es cierto. El problema es que el gobierno opta por destacar algunos datos aislados, ocultando bajo la cama algunas cuestiones tan importantes como incómodas.

Así, y en lo que al IMAE se refiere, bueno es tomar en cuenta que éste muestra la ciclicidad natural de la propia economía capitalista; ésta pasa por fases de mayor o menor dinamismo, que el índice sencillamente recoge y refleja (aunque de manera incompleta e imperfecta). Así, el índice mostraba una desaceleración continua a lo largo de los once meses comprendidos entre mayo 2014 y marzo 2015, e inicia un proceso de leve aceleramiento a partir de abril de este año. Hasta ahí, no hay nada de que sorprenderse.

Más interesante y provechoso es ubicar esos movimientos de corto plazo sobre el telón de fondo de tendencias vigentes en períodos más largos. En primer lugar, reconocer que la economía nacional acumula ocho años consecutivos con un crecimiento anémico. En 2008 y, especialmente, en 2009, se sintieron los efectos agudos de la crisis económica mundial. La recuperación del trienio 2010-2012 fue muy mediocre, ya que ni siquiera alcanzó el promedio de largo plazo del período previo a 2008. Y desde 2013 y hasta la fecha –tres años consecutivos– el dinamismo económico se ha debilitado significativa y sostenidamente. En ese contexto, el “aceleramiento” en el IMAE que empezó en abril pasado resulta, hasta en el mejor de los casos, solo una mejoría leve y marginal, despreciable a decir verdad. No se adivina aquí ningún cambio significativo de tendencia, sino tan solo otra pequeña oscilación dentro lo que ha sido una  tónica persistentemente opaca, la cual inició en los primeros meses de 2008 y sigue vigente hasta hoy día (a punto de completar su octavo año al hilo).


El caso es que, en los marcos del proyecto histórico neoliberal, y a lo largo del período 1984-2007, la economía de Costa Rica creció en promedio 5% al año. Entre 2008 y 2015 (ambos años incluidos) ese promedio se desploma a 3,1%, lo que implica que al día de hoy el PIB de Costa Rica sería alrededor de un 16% inferior de lo que potencialmente debería ser si al menos hubiese mantenido el promedio del 5%. Desde ese punto de vista, el “hueco” abierto entre lo que se presume debería ser el potencial de crecimiento de la economía, y su desempeño efectivo es enorme, y ello tiene impactos de gran magnitud en diversos ámbitos, incluidos el empleo, la desigualdad social y el problema fiscal.

El gobierno celebra entonces que el crecimiento se acelera un poquitito, sin tener en cuenta que, a lo largo de ocho años, la economía ha caído en un bache deflacionarios de grandes dimensiones. Con un agravante: el aplaudido aceleramiento iniciado en abril pasado, empalidece frente a otros “aceleramientos”, bastante más pronunciados, que en diferentes momentos tuvieron lugar a lo largo de este período transcurrido desde 2008, sin que ninguno lograse sostenibilidad. Y, la verdad, nada permite creer que el registrado en estos meses la tenga, si de por sí resulta tan anémico.

Ubicado en ese contexto más amplio, lo acontecido en el empleo no ofrece mejores trazas. Si uno revisa la serie de estadísticas derivadas de la Encuesta Continua de Empleo (ECE) del INEC fácilmente detecta que, en líneas generales, los datos registrados para 2015 se insertan en la misma tónica que los que se observaron en los años anteriores, desde la primera de tales encuestas (III trimestre de 2010): tasas de desempleo en el rango del 9 al 10% y porcentajes de población ocupada en situación de subempleo en los alrededores de 12 a 14%. El panorama sigue siendo deprimente, sin que se registre ninguna novedad interesante. En cambio, no resulta para nada descabellado que, como en años previos, la pequeña mejora reciente resulte transitoria y rápidamente se revierta. 

Pero, en particular, dos datos advierten acerca de lo engañoso de todo esto. Primero, el hecho de que, en realidad, en los datos del tercer trimestre de 2015 se registra una contracción de la fuerza de trabajo. Con relación al trimestre anterior hay 7.700 personas menos desempleadas, pero también 24 mil personas menos empleadas. O sea, la fuerza de trabajo se contrajo en 32 mil personas. Con respecto al mismo trimestre del año previo (III trimestre de 2014), la fuerza de trabajo disminuye en 21 mil personas. De ahí la ilusoria reducción de la tasa de desempleo.


Un segundo dato que pone de manifiesto la fragilidad de la situación es el de población ocupada en situación de informalidad laboral, por lo tanto en empleos de muy mala calidad. En este tercer trimestre de 2015 se alcanza un máximo histórico de horror: 942 mil personas, o sea, 46% del total de las personas ocupadas. En otras palabras: 14 mil personas más que en el trimestre anterior; 58 mil más que un año antes.

La primera situación descrita –la contracción en la fuerza de trabajo– pone de manifiesto que, desalentada y decepcionada ante la imposibilidad de obtener empleo no obstante sus reiterados esfuerzos, mucha gente está optando por salirse de los mercados laborales. La segunda, acerca del crecimiento sostenido de la informalidad, evidencia que los empleos que se crean son de muy mala calidad. Para reafirmar esta idea baste observar que en el último año (comparación del III trimestre de 2015 respecto del III trimestre de 2014) el número total de personas que trabajan se reduce en 2700, mientras aumentan en 58 mil las personas empleadas en situación de informalidad laboral. O sea, no solo la población trabajadora tiende  a reducirse, sino que los que continúan laborando se están moviendo de empleos formales hacia empleos informales, lo que comporta un deterioro generalizado en la calidad del empleo.

No hay mejoría alguna. Continúa el estancamiento que, casi eternizado, abre un hueco enorme y creciente resultante del contraste entre lo realmente producido y lo que debería potencialmente estarse produciendo. Y en cuanto al empleo, el desastre es de tal magnitud que ahora las tendencias dominantes son dos: hacia la reducción de la población trabajadora y hacia la migración creciente hacia empleos informalizados.

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domingo, 1 de noviembre de 2015

1985 y 2015: Cuando las derechas se vuelven locas



1985 y 2105:
Cuando las derechas se vuelven locas

Luis Paulino Vargas Solís

El momento actual me recuerda los años de mediados de los ochentas del pasado siglo, puesto que, entonces como ahora, el ambiente ideológico se ha vuelto cargado, espeso, tóxico.

En aquellos años el país venía saliendo de la profunda crisis económica de los años 1980-82, que tanto dolor humano provocó y cuyas secuelas posteriores incluyen toda una generación que no logró completar su formación educativa. No obstante lo cual, y en lo tocante a la situación económica, el país preservaba su optimismo. Quiero decir, aún se mantenía en pie la idea, consolidada a lo largo de los decenios del proyecto desarrollista (cincuentas a setentas), de que el futuro siempre sería mejor que el pasado, y, en particular, padres y madres cultivaban con convicción la esperanza de que sus retoños gozarían de mejores oportunidades que las que ellos tuvieron.

Por lo tanto, el enrarecimiento ideológico no surgía desde lo económico. Su fuente, en cambio, era externa y, más precisamente, geopolítica: fueron años de terrible tensión militar en Centroamérica, devenida campo de batalla de la guerra fría, lo que implicó miles y miles de muertes, especialmente en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Costa Rica, en particular, estaba bajo el influjo ideológico directo que provenía de la guerra de los “contras” contra la revolución sandinista, con abierta y masiva intervención del gobierno de Reagan.

Hubo por entonces terribles presiones desde la derecha del espectro político costarricense, con la intención de que Costa Rica se involucrase directamente en el conflicto, facilitando desde nuestro territorio la operación de los “contras” y, por su medio, la presencia militar estadounidense en territorio nacional. El gobierno de Luis Alberto Monge jugó una especie de equilibrismo en la cuerda floja; ni se plegó a  las presiones provenientes de los rufianes y malhechores asentados en el gobierno de Reagan, ni dejó de tener alguna tolerancia respecto de una presencia limitada de los “contras” en nuestra frontera norte. Fue un gobierno sometido a presiones extremas, e incluso por entonces se habló de una especie de “golpe de Estado blando” que, bajo la mesa, obligó a reacomodos importantes del gabinete ministerial.


La campaña ideológica fue recalcitrante y virulenta. Si no me equivoco fue por entonces que CANARA se inauguró como destacada y agresiva tribuna de adoctrinamiento ideológico de derechas. Y lo sigue siendo, hasta la fecha. Yo estaba en la segunda mitad de mis veintes; concluida la universidad transitaba por los primeros años de mi vida laboral profesional. Tenía la edad que me convertía directamente en carne de cañón. Como tantos otros jóvenes, comprendía que aquello implicaba un grave peligro para el país, pero sobre todo una amenaza para nuestras vidas.

Hoy el país parece arrastrado en una campaña de tonos muy similares que, nuevamente, es promovida agresivamente desde la derecha, generando así un ambiente ideológico crispado y cargado de  agresividad. Solo que ahora la fuente es interna y de signo económico, en un país donde, además, la gente perdió la esperanza y el optimismo. Ya nadie cree que el futuro pueda ser mejor que el pasado ni que Costa Rica ofrezca ilusión alguna que aliente y justifique el esfuerzo. Ése acaso sea el principal legado que el proyecto neoliberal nos deja al cabo de 30 años de hegemonía.

El foco de la campaña de adoctrinamiento, tiene dos objetivos visibles bien identificados: sindicatos del sector público y, en general, empleados y empleadas públicas. No remite a referentes abstractos, sino a rostros visibles fácilmente identificables. No ataca a “enemigos externos” lejanos y desconocidos, sino que claramente apunta a “enemigos internos” que están ahí, al alcance de la mano: gente conocida, con la que se coincide en la parada de buses o en el supermercado o que vive incluso bajo el mismo techo. Es cierto que el sector público amerita mejorar en muchos aspectos, pero esto es otra cosa: se trata, sin el menor disimulo, de una campaña de odio que estigmatiza y criminaliza, y que claramente abre una herida, potencialmente una herida profunda y perdurable, en el paisaje social costarricense.


Y, sin embargo, debajo de ese calenturiento discurso de odio, subyace un ataque al Estado social costarricense. Básicamente están desprestigiándolo hasta el extremo de la abyección. Esto permite legitimar y fortalecer la oposición a cualquier reforma tributaria de signo justo y progresista, indispensable para el fortalecimiento de ese Estado social. Y, en un plazo más extendido, ello seguramente permitirá fortalecer las presiones para privatizar los servicios públicos. Y, sin embargo, y al margen de lo anterior, no cabe descartar alguna suerte de golpe de Estado más o menos blando, que saque del gobierno a Luis Guillermo Solís. Es una hipótesis relativamente extrema pero no descabellada, como claramente lo sugiere el que haya un grupo en Facebook promoviendo la renuncia de Solís.

Detrás de tal demencia ideológica hay, creo, sobre todo un problema económico, que se resume en lo siguiente: sectores importantes del empresariado costarricense se sienten literalmente con el agua al cuello, sometidos a un alto estrés competitivo y, por lo tanto, afectados por la pérdida de mercados y la reducción de sus índices de rentabilidad. A su vez, ello está asociado a la confluencia de una serie de factores negativos concomitantes: el mal desempeño de la economía mundial, persistente a lo largo de un muy largo período (desde 2008); la revalorización sostenida del colón, vigente asimismo durante un plazo muy extendido, lo cual perjudica las actividades de exportación, turismo y las que compiten con importaciones; el poco dinamismo del mercado interno (asociado al deterioro de los salarios reales que el mismo empresariado promueve tratando de recuperar competitividad, y a los gravísimos problemas del empleo).

Esto da lugar a disparates como los que se dicen sobre el del precio de la electricidad o el de los combustibles, intentando con ello forzar reducciones que les ayuden a paliar sus problemas de competitividad. Pero igualmente esta situación propicia el ataque contra empleados y empleadas públicas, como a modo de estrategia destinada a reducir cualquier carga fiscal sobre las ganancias empresariales. Ello se ve facilitado por las frustraciones de las clases medias, que se sienten amenazadas por la inseguridad económica y agobiadas por la imposibilidad efectiva de satisfacer sus fantasiosas aspiraciones de estatus. De ahí su vulnerabilidad frente a la ofensiva ideológica y la facilidad con que se pliegan a ésta y se convierten en sus aliadas.

No creo que el cuadro que pinto sea excesivamente pesimista. Me parece que tan solo es realista. Pero cuando la democracia está amenazada, más vale pecar por exceso que por defecto.

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