jueves, 18 de diciembre de 2014

Derechos laborales e ideologías empresariales



Derechos laborales e ideologías empresariales

Luis Paulino Vargas Solís

En buena hora que haya debate sobre los derechos laborales en Costa Rica. De mi parte, he defendido públicamente tales derechos lo cual ha suscitado descalificaciones en mi contra (ya que no argumentos) que reinciden en decirme que soy “anti-empresarial”. Creo que la cuestión merece ser desgranada con cierto cuidado, pero dejando en claro que mi alegato tiene que ver con la situación que se presenta en el sector privado. Espero, pues, que no se quiera enredar la discusión haciendo referencia al sector público, cuya situación es lo suficientemente diferente como para ameritar un trato aparte.

Mi posición se resume en lo siguiente:

1)   Objetiva y justificadamente puede sostenerse que en partes muy significativas del sector privado en Costa Rica ha habido –como tendencia general- un menoscabo en la aplicación efectiva de algunos derechos laborales, no obstante estar estipulados en las leyes y la Constitución de la república, así como en tratados internacionales suscritos por el país. Ello es contundentemente claro en relación con el derecho a la organización sindical independiente, de donde resulta una situación de suma vulnerabilidad para los trabajadores y las trabajadoras, quienes deben entonces negociar su contrato y condiciones laborales sobre una base puramente individual y, en consecuencia, en el contexto de una relación muy desigual.
2)   Apoyo, pues, que se dé plena vigencia y efectividad a tales derechos, conforme lo establecen esos diversos instrumentos jurídicos vigentes.
3)   Adicionalmente soy del parecer que el país debe proponerse seriamente continuar avanzando en materia de derechos laborales, en el entendido que ello es fundamental para garantizar una sociedad más democrática, una distribución del ingreso y la riqueza más justas y una convivencia más pacífica y digna.

¿Corresponde lo anterior a una ideología o toma de posición anti-empresarial? Ello sería válido solo si aceptamos que una presunta “ideología pro-empresarial” estaría basada en las siguientes premisas:

4)   Se disimula –con silencio cómplice o actitud permisiva y complaciente- la realidad de efectivo menoscabo que actualmente se da en relación con algunos de los derechos laborales más importantes.
5)   Se considera aceptable y se cohonesta el que derechos laborales formalmente vigentes con arreglo a las leyes, la Constitución y diversos tratados internacionales, sean desconocidos en la práctica laboral concreta. Ello supondría apoyar comportamientos ilegales, anti-constitucionales y violatorios de compromisos internacionales.

Obviamente, y dados los mencionados puntos 4) y 5), esta supuesta “ideología pro-empresarial” descartaría cualquier posibilidad de un avance ulterior hacia niveles más desarrollados de los derechos laborales, según lo que indiqué en el punto 3).

Tal “ideología pro-empresarial” conllevaría de forma implícita algunos supuestos muy preocupantes, tanto en relación con su visión de la sociedad y su concepción de la democracia, como incluso respecto del funcionamiento empresarial y las bases de su “competitividad”. Ello es así en virtud de lo siguiente:

6)   Por el desconocimiento deliberado y la anulación práctica de normas jurídicas plenamente vigentes.
7)   Por la negativa a reconocer el valor de los derechos laborales, como conquistas históricas y derechos humanos sustantivos, derivados de grandes e importantes luchas sociales.
8)   Por la consecuente negativa a reconocer que esos derechos son parte esencial y uno de los componentes más valiosos dentro del legado democrático de las sociedades contemporáneas a nivel mundial.
9)   Por la negativa a reconocer que estos principios son parte importantísima dentro del entramado institucional y de derechos, indispensable para garantizar sociedades más justas, equitativas y pacíficas.

Todo lo anterior -puntos 6) al 9)- atiende a los aspectos sociopolíticos de la cuestión y a las graves implicaciones que ello conlleva. Pero también hay un aspecto económico –atinente a la así llamada competitividad empresarial- sobre lo que esto plantea serias dudas. Lo explico enseguida:

10)         Se ha puesto en evidencia una gran resistencia –incluso un indisimulado temor- en el sentido de que la organización independiente de los trabajadores y trabajadoras pueda generar presiones que dañarían la “competitividad empresarial”, en el tanto ello podría obligar a la parte patronal a negociar, sobre una base colectiva y no persona por persona, aspectos como los siguientes: condiciones salariales; procedimientos de contratación y despido; higiene y seguridad laboral; provisión de servicios; mecanismos de estímulo y reconocimiento.
11)         Claramente se entiende que se preferiría que todo esto quede sujeto exclusivamente al arbitrio de la buena voluntad del respectivo patrono o patrona. Por supuesto los hay que son, sin la menor duda, personas muy bondadosas. Pero aquí no me refiero a las cualidades personales de quienes dirigen las empresas, sino a una cuestión –los contratos laborales- que no pueden quedar a merced de la mucha o poca generosidad que cada persona pueda tener. En cambio, debe entenderse que el trabajador y la trabajadora merecen y necesitan contar con una base sólida desde la cual poder defender sus legítimos derechos y dejar claramente establecidas sus responsabilidades.


¿Significa esto que la “competitividad” de las empresas costarricenses depende entonces de una fuerza de trabajo desorganizada, sujeta al arbitrio de la buena (o mala) voluntad del patrono correspondiente? De ser ese el caso, estaríamos en presencia de una competitividad asentada sobre bases espurias y muy endebles, con el agravante de que ello puede tener (ya está teniendo) perversas consecuencias sociales, políticas y económicas que perjudicarían seriamente (ya seguramente lo están haciendo) la competitividad empresarial.

¿Cuál es la mejor forma de sostener buenos salarios y condiciones laborales decentes, sin perder rentabilidad ni mercados? Simple: siendo mucho más productivas. Y ello supone mejor organización empresarial, mejores técnicas gerenciales, más incorporación de conocimiento, una fuerza de trabajo más calificada y motivada, tecnologías superiores, capacidad para innovar. Pero, también una serie de condiciones de contexto: desde apropiada infraestructura vial y buenos puertos y aeropuertos hasta excelentes sistemas educativos y de salud y un ambiente de paz social y seguridad ciudadana. Y ni hablar de la política económica, destacadamente en relación con dos cuestiones que hoy tienen un impacto negativo fundamental: el tipo de cambio y las tasas de interés.  Todo lo cual ilustra acerca de la falacia implícita en la idea que alguna gente sostiene según la cual el “éxito empresarial” depende tan solo del esfuerzo individual.

En realidad, la economía es un sistema complejo y articulado, dentro del cual cada empresa es solo un nodo y de ningún modo un nodo autónomo. De ahí que esa presunta “ideología pro-empresarial”, es en realidad una ideología anti-laboral que puede tener perniciosas consecuencias sociales y económicas, en menoscabo, incluso, de las empresas individuales y de su competitividad.

Impulsar el desarrollo de la productividad de la planta empresarial de Costa Rica requiere, pues, de amplios procesos de diálogo y concertación. Pero nada de ello será factible si el país continúa por el camino de ahondamiento de desigualdades y anulación de derechos por el que está siendo arrastrado. La exclusión inevitablemente genera resentimiento y furia y, por lo tanto, bloquea el diálogo y ahonda la polarización.

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lunes, 15 de diciembre de 2014

La economía de Costa Rica en 2015: la recuperación que nunca llega



La economía de Costa Rica en 2015: la recuperación que nunca llega

Luis Paulino Vargas Solís

Al concluir 2014, la economía de Costa Rica acumula siete años consecutivos con un desempeño por debajo de sus estándares históricos. Aún si excluimos el bienio 2008-2009, en el que impactó la fase aguda de la crisis económica mundial, lo que observamos en el período subsiguiente (un quinquenio completo), es un desempeño mediocre que, con el paso del tiempo, tiende a deteriorarse de forma gradual. Ello se visibiliza en la evolución de diversos indicadores macroeconómicos, como el crecimiento del PIB o de las exportaciones.  Pero salta a la vista, de modo mucho más dramático, al ver los datos sobre empleo, pobreza y desigualdad. En ese contexto el problema del déficit fiscal, como tantos otros en las actuales circunstancias, ha devenido crónico. Y es que, en efecto, si quisiéramos apelar a una metáfora médica, cabría entonces hablar de un complejo síndrome en el cual concurren simultáneamente una amplia gama de síntomas, todos los cuales empezaron a manifestarse en 2009 y, llegados a 2015, no dan signo alguno de mejoría cuando, en la mayoría de los casos, parecen deslizarse por una pendiente de gradual pero sostenido empeoramiento.

¿Una economía en depresión?

Tiene entonces sentido hablar de una situación de depresión de la economía costarricense, y ello desde dos perspectivas. Primero, porque, desde cualquier punto de vista que se le evalúe, el desempeño económico se sitúa claramente por debajo de sus tendencias históricas, incluso aquellas –más bien mediocres- del período neoliberal posterior a 1984. Segundo, porque, además, es una situación que tiende perpetuarse durante un dilatado período, el cual entra ya a su octavo año.

Pero si, además, ponemos atención al aspecto político de la cuestión, cabe entonces hablar de una nueva fase del Proyecto Histórico Neoliberal, la cual posiblemente arranca a las alturas de 2005-2006, pero cuyas consecuencias principales se hacen visibles en la etapa posterior a 2009 y hasta la actualidad. Esta nueva fase –a mi juicio la tercera en el devenir de ese proyecto histórico- está marcada por el predominio de los intereses del negocio financiero, lo cual a su vez se visibiliza en tres aspectos clave de la política económica: la política de objetivos de inflación por parte del Banco Central y, en relación con ésta, el manejo de las tasas de interés y del tipo de cambio del colón frente al dólar. Ahí se juega mucho de la suerte de la economía costarricense.

Dejemos claro esto último: tasas de interés y tipo de cambio son las dos herramientas que el Banco Central manipula para dar cumplimiento a sus metas inflacionarias. Y, a su vez, el logro de esos objetivos en materia de precios, como el comportamiento que en ese contexto adquieren las tasas de interés y el valor del dólar, claramente apuntan en un sentido: favorecer la rentabilidad del negocio financiero. Se facilita así que la banca obtenga recursos externos en dólares para alimentar los circuitos internos de crédito en moneda extranjera, como, más en general, se procura de esa forma mantener los flujos de capitales provenientes del exterior. A la vez que, con tasas de interés muy superiores al nivel de inflación, y con una diferencia sustancial entre tasas activas (las que se cobran sobre los créditos) y tasas pasivas (las que se pagan sobre los ahorros) se garantizan condiciones de elevada rentabilidad para las actividades financieras.

Todo ello, sin embargo, conlleva un costo muy alto, pues implica colgar al cuello de la economía real (no la puramente financiera) un ancla que la hace caminar a paso lento. De ahí, por otra parte, los gravísimos problemas del empleo, de los que resultan consecuencias ulteriores sobre la pobreza y la desigualdad, pero también sobre la situación fiscal, cuyo estado de crónico deterioro es principalmente reflejo de la debilidad subyacente de la economía. Aunque también es por entero razonable suponer que, de no ser por ese elevado déficit fiscal, el estancamiento económico se habría agudizado, incluso al extremo de la recesión.

Año 2015 ¿Cambiará esta situación? ¿Se recuperará la economía?


Un factor podría jugar a favor: el relativo empuje que la economía estadounidense ha adquirido durante el segundo semestre de 2014, supuesto que se sostenga durante el año que empieza. Ese país todavía representa cerca del 40% del total de las exportaciones costarricenses, y parte también importante de la inversión extranjera y del turismo que se reciben. Y, sin embargo, acontece que el resto de los centros económicos principales –Europa y Japón- siguen atrapados en un estancamiento del que no hay perspectiva alguna de pronta recuperación. Por su parte, las llamadas economías emergentes –con China a la cabeza- han perdido tracción de forma más que notable, y difícilmente tendrán una mejoría significativa en 2015. Estas condiciones más bien turbias podrían debilitar, eventualmente dar al traste, con la recuperación de la economía estadounidense.

Este escenario ha incorporado en meses recientes un factor adicional de complejización: la caída del precio del petróleo. La interpretación optimista señala que esto podría incentivar el consumo y, por esa vía, la recuperación. Pero hay un riesgo efectivo que se agudiza: el de la deflación. Ese es un fantasma que atormenta a Japón y causa angustia en Europa y del cual no está libre la economía estadounidense. Si la baja del petróleo agudizara la presión deflacionista, las consecuencias podrían ser realmente perversas.

Queda pendiente de dilucidar, además, cómo evolucionará la política monetaria de la Reserva Federal estadounidense, particularmente respecto del momento en que empezarían a elevarse de nuevo las tasas de interés: quizá hacia el segundo semestre de 2015 o acaso hasta 2016. Sí es innegable que ello provoca tremenda inquietud ¿lo soportará la economía estadounidense?

En breve: la mejoría de la economía estadounidense podría transmitir algunos impulsos positivos que mejoren en algo el desempeño de la economía costarricense el año venidero, pero, dado el contexto mundial general, es poco probable que ello pueda representar ninguna mejora significativa.

Y, sin embargo, acontece que incluso en la improbable hipótesis de una coyuntura mundial especialmente favorable, ésta chocaría contra diques internos que aminorarían significativamente sus posibles efectos positivos. Ello es así en virtud del énfasis dominante de las actuales políticas económicas,  las cuales, lideradas desde el Banco Central, se enfocan, como he explicado, en objetivos inflacionarios lo que, en la práctica, repercute en tasas de interés reales (descontada la inflación) muy altas y un tipo de cambio ampliamente sobrevaluado. Y aunque esto favorece al negocio financiero, en cambio frena la inversión productiva y la generación de empleos. Si esas condiciones no se corrigen –y por ahora no se avizora cambio alguno en la política del Banco Central- se vuelve difícil lograr una recuperación vigorosa, ni siquiera en condiciones mundiales más propicias que las actuales.

Si suponemos –como es razonable imaginar- que el Banco Central no modificará sus políticas, queda por considerar la posibilidad de que en el año venidero tenga lugar algún ajuste fiscal de relativa envergadura, lo cual no es descabellado dada la fuerte presión que el poder económico, la mayoría de partidos de oposición y los oligopolios mediáticos ejercen sobre el gobierno del presidente Solís. Si tal cosa ocurriera –un ajuste fiscal del orden del 1% del PIB según la fórmula mágica que Ottón Solís se sacó de su chistera- ello agregaría severas presiones recesivas sobre una economía que, de todas formas, anda muy debilitada..

Algunos posibles escenarios para 2015


De tal forma, y para resumir, propongo tres posibles escenarios básicos:

a)    La economía estadounidense se mantiene en curso de recuperación; Europa y Japón se salvan de la deflación; el desempeño de las “economías emergentes” no se deteriora adicionalmente; ni la política monetaria ni la política fiscal en Costa Rica sufren modificación significativa. En tal caso, la economía de Costa Rica crecería en los alrededores del 4-5% sin avance apreciable en materia de empleo y pobreza.
b)   Manteniendo las mismas condiciones anteriores, pero adicionando un ajuste fiscal significativo al interior de la economía costarricense. Esta crecería entonces en los alrededores del 2-3% con un deterioro adicional en el empleo (crecimiento de 1-2 puntos en las tasas de desempleo) y la pobreza.
c)    Condiciones menos favorable a nivel mundial –incluso cierta agudización de las tendencias deflacionistas- y el mismo ajuste fiscal interno. Ello podría llevar el crecimiento a cero o negativo, con agravamiento significativo de los problemas de empleo.

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viernes, 5 de diciembre de 2014

¿Luisguilandia?



¿Luisguilandia?
Luis Paulino Vargas Solís

Hace unos días, recién publicados los datos de algunas encuestas que estudian las percepciones de las personas consumidoras, y otras en relación con lo que llaman el “clima empresarial”, escuché las respuestas del Presidente Luis Guillermo Solís cuando la prensa lo interpelaba al respecto.

Valga recordar, primero que nada, que estos datos de reciente publicación, no aportan novedad alguna. Se tratan de tendencias consistentes fácilmente rastreables en las sucesivas encuestas que antecedieron a las que acaban de publicarse. Lo usual es que, una y otra vez, se expresen percepciones pesimistas, incluso sombrías. Las personas consumidoras se manifiestan cautas, reticentes y desconfiadas; el empresariado habla, en el mejor de los casos, de planes de contratación e inversión restrictivos y modestos, a menudo poniéndole al asunto un tono plañidero, rebosante de quejas y lamentaciones.

Esa es, en general, la atmósfera sicológica prevaleciente: nos muestra un colectivo humano que, al menos en lo económico (posiblemente también en otros ámbitos) expresa malestar frente al presente y mucho temor respecto del futuro.

El presidente Solís, por su parte, se manifestó en desacuerdo con esos datos, me parece que no dudando propiamente de la validez de las encuestas realizadas, pero sí cuestionando el fundamento de tales percepciones negativas.  Vale decir, el presidente considera que no hay razones que justifiquen tanto pesimismo, cuando, por el contrario, las cosas estarían evolucionando de una forma tal que permitiría alentar renovadas esperanzas. En apoyo de esto último, don Luis Guillermo invocaba diversas medidas de su gobierno, dando especial destaque (como se ha hecho usual en él) a sus personales esfuerzos en materia de atracción de inversión extranjera.

Si el presidente tuviese el chance de revisar algunos cuantos y muy básicos datos de nuestra realidad, y caso que estuviese dispuesto a hacerlo desde la mirada crítica de un académico independiente, o tan solo la de un costarricense objetivamente preocupado por su país, posiblemente reconocería que, en realidad, las percepciones negativas, con todo lo
limitadas que resultan en términos de su capacidad para representar de forma confiable la realidad, no andan en este caso nada descaminadas. Cuando, por otra parte, eso no debería resultar tan difícil para un presidente que fue electo favorecido por una imagen de cambio. Para un mandatario con tales características, poder señalar con cierta claridad y franqueza los problemas que toca enfrentar, debería ser entendido como paso necesario en la preparación de la ruta –seguramente escabrosa y empinada - que conduzca al anhelado cambio.


El caso es que presidentes y presidentas –y no solo en Costa Rica-  son por lo general especímenes sociopolíticos escasamente dotados para admitir con franqueza y sin maquillajes, la realidad de los países y sociedades que les toca liderar. Me sospecho, sin embargo, que esa tendencia ha tendido a agudizarse en los últimos decenios, cuando el reinado neoliberal ha ido abriendo una brecha creciente entre las expectativas y demandas que plantean conglomerados ciudadanos cada vez más complejos y multicolores, frente a la cruda realidad que ofrecen las declinantes capacidades del Estado y el movimiento sostenido hacia economías fragmentadas y mucho más inestables, en las que escasean las oportunidades y se agravan la incertidumbre e inseguridad.

Quizá por ello ha tendido a proliferar –me parece que en mucho mayor grado que en el pasado- la tendencia a hacer de cada gobierno una especie de cuento de hadas o, en todo caso, un cierto ejercicio de esquizofrenia colectiva: por un lado va la realidad de la gente común y silvestre; por el otro, bien diferente, el mundo de ensueño y los castillos encantados de quienes gobiernan.

De ahí que, con justificada razón, podamos hablar de Lauralandia, Abelandia, Chemalandia, Miguelandia o Juniorlandia, aunque con seguridad ninguna tan volada como la Oscarlandia Reloaded (no olvidemos que también hubo una primera versión), con su TLC, sus 500 mil empleos, sus automóviles Mercedes Benz y sus motos BMW.

¿Vamos camino del Luisguilandia? Espero muy de corazón que no sea el caso, pero he de admitir que hay síntomas preocupantes. La forma como el presidente reaccionó ante la prensa a raíz de las malas percepciones que transmiten las encuestas a que hice referencia, apunta en ese sentido; ya ahí empieza a dibujarse un cierto desconecte entre lo que la gente ve y lo que el presidente mira. Pero nada tan llamativo como la reiterada evocación que don Luis Guillermo hace en relación con los objetivos de atracción de inversiones con que justifica sus viajes al extranjero.

Es importante hacerlo –nos reitera una y otra vez- para así impulsar la economía y generar empleos. La realidad –la de por lo menos los últimos 16 años- no le concede mucho respaldo a tales dichos, lo cual no ha impedido que sea lugar común infaltable en los discursos presidenciales; los actuales –como bien lo estamos observando- pero también los de hace cinco, diez o quince años. Es algo así como las hadas: elemento infaltable en el cuento de ensueño presidencial con que intentan arrullarnos.

Y, sin embargo, la economía asemeja hoy día un carro cuya caja de marchas se averió por lo que solamente puede avanzar en primera; lento y pesado, atragantado en soplidos angustiosos. Todo lo cual se refleja en una situación del empleo que raya en la catástrofe, con salarios reales declinantes, pobreza al alza y desigualdad creciente. Y que tenga por seguro el señor presidente que eso no se arreglará ni con viajes de negocios patrocinados por CINDE ni con genuflexiones ante inversores extranjeros que muy poco interés tienen –y no tendrían por qué tener ninguno- en resolver nuestros problemas.

Don Luis Guillermo puede querer pintar la realidad con los colores que mejor le plazca. Al cabo, de ello dependerá el que sea, o no, un presidente con los pies bien puestos en el suelo y en capacidad de entenderse con la gente de la calle que tan masivamente le dio su apoyo electoral.

O acaso elija ofrecernos una nueva versión del viejo cuento de hadas: la Luisguilandia.

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