domingo, 13 de julio de 2014

Costa Rica frente a la economía mundial: un futuro incierto



Costa Rica frente a la economía mundial: un futuro incierto
Luis Paulino Vargas Solís

Un artículo reciente en The New York Times (Welcome to the Everything Boom, or Maybe the Everything Bubble, escrito por Neil Irwin) comentaba acerca de la proliferación mundial de burbujas especulativas. Se hacía ver que esta irrefrenable proclividad especulativa podría tener que ver con una persistente y extendida insuficiencia de oportunidades rentables para la inversión productiva. En un contexto mundial de abundancia de ahorros ociosos, esos recursos no encuentran salida redituable en la producción. De ahí su fuga especulativa, en una especie de juego caótico que da bandazos de un lado a otro: oro, petróleo o alimentos; infraestructura pública, construcción residencial o comercial; bonos de los gobiernos o acciones en las bolsas de valores. Lo que sea.

Alguna gente –por ejemplo Ben Bernanke, antiguo presidente de la Reserva Federal estadounidense- lo han planteado en términos de un exceso de ahorros a nivel mundial, aunque recientemente ha modificado su tesis para mirar la moneda por el anverso: más que ahorros en exceso, dice Bernanke, lo que existe es insuficiencia de inversión. El presunto exceso de ahorros a menudo ha sido relacionado con China, en virtud de la frugalidad en sus estilos de vida, y el poderío de su dinamo económica que genera enormes superávits en su comercio exterior y da así lugar a la inmovilización de gigantescas reservas monetarias expresadas en las divisas más importantes, principalmente dólares.

Sea cualquiera de los dos factores mencionados –los ahorros de más o las inversiones de menos-, o bien la combinación de ambos, lo que ello ocasiona se bifurca en dos consecuencias: la tendencia hacia un estancamiento económico persistente y la fuga hacia la especulación y, por lo tanto, el surgimiento reiterado de grandes e insostenibles burbujas.

Mas, en realidad, el problema no se limita a la frugalidad de China y sus excesos de ahorro. Tiene que ver más bien con la tendencia hacia la concentración del ingreso y la riqueza, es decir (y como lo ha demostrado el economista francés Tomás Piketty) la agudización abismal de las desigualdades. Ese es un fenómeno mundial del que pocos países escapan, y del cual resultan cuatro consecuencia: (a) la depresión de las posibilidades de consumo a disposición de la gran mayoría de la población (inclusive las “clases medias”); (b) la espiral del endeudamiento privado tratando de sostener el consumo; (c) la crónica debilidad de la demanda que a su vez limita el crecimiento económico y las posibilidades rentables para la inversión empresarial; (d) riqueza excesiva concentrada en muy pocas manos, sin posibilidad de uso productivo alguno, en búsqueda, por lo tanto, de opciones especulativas donde obtener ganancias ficticias y momentáneas.


Con un agravante adicional: las nuevas industria punta – tecnologías de la información y las comunicaciones, biotecnología, nanotecnología- no parecen tener el potencial dinamizador que, en momentos más propicios, sí poseían otras industrias, como la automovilística en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El caso es que, incluso entre economistas de la corriente dominante –como Lawrence Summers, Secretario del Tesoro en el gobierno de Clinton y asesor de Obama por dos años- ha prendido la idea de que la economía mundial podría estar actualmente atrapada en una situación de estancamiento a largo plazo. Paul Krugman se ha hecho eco de esta idea, la cual en realidad no es nueva. Entre los economistas críticos, ya Paul Sweezy, Harry Magdoff y Paul Baran la habían anticipado, como en períodos recientes lo han profundizado, entre otros, Anwar Shaikh, Michel Husson, Jorge Beinstein y Steve Keen. Incluso, y ya desde los treinta del siglo XX, el propio Keynes lo previó como una tendencia a muy largo plazo del capitalismo. Por su parte, Hyman Minsky supo esclarecer los mecanismos auto-alimentados del juego especulativo.

De tal modo, hay razones para pensar que la demencial burbuja hipotecaria que condujo a la crisis mundial iniciada en 2007 (de la cual el mundo aún no se recupera) ha sido tan solo un ejemplo particularmente hipertrofiado de un fenómeno que, según todas las trazas, empezó a manifestarse mucho antes que esa crisis explotara y que, sin la menor duda, volverá a repetirse, y quizá muy pronto.

¿Tiene esto alguna importancia para Costa Rica? Contundentemente sí. Por la sencilla razón de que durante los últimos treinta años, el proyecto neoliberal hegemónico ha gestado un complejo entramado de vínculos que profundiza nuestra inserción en esa economía mundial caótica e inestable y nos ponen en posición sumamente frágil y vulnerable. Los tratados comerciales son un buen ejemplo de tal cosa, no simplemente por el grado de apertura y exposición que imponen en lo comercial frente a países de muy superior potencial productivo, sino por las condiciones de excepcional privilegio que generan a favor de los capitales extranjeros, incluso los de índole puramente financiera-especulativa. La obsesión alrededor de una política de atracción de inversiones extranjeras devenida núcleo central de toda la estrategia económica, lo ilustra adicionalmente.

Bien podríamos decir que el país entero ha sido puesto a girar alrededor de tales políticas y que, de la mano de éstas, los desequilibrios y asimetrías internas se profundizan, mientras se agrava la indefensión ante las descontroladas oscilaciones de la economía mundial. Esto conlleva una renuncia al desarrollo, pero, sobre todo, una renuncia a la construcción de una economía sólida y sostenible que provee el soporte material necesario para el logro de una sociedad inclusiva, democrática, justa y ecológica.

Es indiscutible que, frente a una situación con tales características, la construcción de vías alternativas se vuelve tarea extremadamente ardua. Y, sin embargo, es por completo indispensable hacer el intento. No imagino que Costa Rica pueda cortar vínculos con el mundo capitalista rico, e incluso replantear esos vínculos no sería fácil. Pero, para empezar, ese replanteamiento tiene que empezar a intentarse –con tacto, sutileza, paciencia y empeño- mientras se van gestando otras condiciones que provean nuevas bases para el desarrollo del país.

Por el momento, y mientras continúen vigentes las tesis económicas al uso, poquísimo espacio nos quedará para el optimismo: seguiremos altamente expuestos a los impactos negativos de una economía mundial atascada en el estancamiento, que oscila arriba y abajo al compás de los grandes ciclos especulativos y la hinchazón y posterior derrumbe de sucesivas burbujas.

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domingo, 6 de julio de 2014

La iglesia católica de Costa Rica y la homosexualidad: Carta al señor Arzobispo



José Rafael Quirós, Arzobispo

La iglesia católica de Costa Rica y la homosexualidad:
Carta al señor Arzobispo

Luis Paulino Vargas Solís

Monseñor José Rafael Quirós Quirós, Arzobispo Metropolitano:

Me dirijo a usted de forma atenta y respetuosa para comentar la nota que usted hizo pública en días recientes, y la cual usted tituló “La Iglesia no discrimina”.

Celebro que usted deplore –como lo hace al inicio de su nota- el que alrededor  de los asuntos relacionados con las minorías sexualmente diversas de Costa Rica, se dé lugar a actitudes y discursos que promueven la confrontación. Sin embargo, y con todo el respeto que usted se merece, le hago ver que su carta es, en sí misma, una invitación abierta a la confrontación, y ello en dos sentidos. Primero, puesto que, de forma explícita, usted niega el reconocimiento de algunos de los derechos básicos que esas minorías reclaman ¿O acaso usted imagina que quienes formamos esas minorías habríamos de interpretar como un gesto de amistad el que se nos nieguen incluso los derechos más elementales? Segundo, porque al mismo tiempo, y de forma bastante clara, usted desliza insinuaciones ofensivas y degradantes en contra de las personas que somos parte de esas minorías. Su discurso es entonces contradictorio pero además es inexacto cuando afirma que son “algunos Medios de Comunicación” (sic) los que “…estimulan un ambiente de confrontación”. No son tales medios quienes lo hacen. La confrontación late -intensa y belicosa- en las palabras que usted escribe.

He de decirle que, por supuesto, resulta muy inspirador y gratificante leer una vez más que la iglesia acoge y respeta a las personas homosexuales. Aunque usted no lo dice en su nota, puedo válidamente suponer que usted adhiere a la condición -impuesta por la doctrina oficial- según la cual ese respeto y acogida están subordinados a que la persona homosexual se mantenga en castidad y renuncie a su vida sexual. He de decirle, sin embargo, que tal imposición constituye en realidad otra forma de violencia en contra de tales personas –una invitación a la confrontación, por lo tanto- que no lo es menos por mucho maquillaje de “amor” con que se le quiera embellecer. Ello es así, especialmente en lo que respecta a las personas homosexuales católicas, tan groseramente maltratadas por su iglesia. Bien sabemos, y mucho respetamos, que los curas hayan decidido vivir en castidad (compromiso que, como es de general conocimiento,
frecuentemente cae en el olvido), pero ello no les autoriza para pretender que la misma receta le sea impuesta a personas a las que no les interesa seguir ese proyecto de vida. El sexo de la persona con quien uno se acuesta no debería ser nunca, ni en sitio alguno, razón para determinar el trato que a una persona se le dé. Es también lamentable que la oficialidad católica no comprenda que una vida sexual satisfactoria es, para la mayoría de las personas, una condición necesaria para el logro de una buena calidad de vida.

Hay también violencia en la afirmación según la cual las personas homosexuales damos motivo de “detrimento” en perjuicio “de la institución matrimonial y la familia”. Cosa que se reitera y reafirma cuando unos renglones más abajo se afirma que la “unión del hombre y la mujer…debe ser defendida de toda amenaza que ponga en peligro su solidez y existencia”. Es perfectamente claro, dado el contexto planteado, que la tal “amenaza” proviene de estas mismas minorías.

Todo lo anterior es simplemente falso pero, sobre todo, es injurioso. Los problemas que viven el tipo de familias que ustedes defienden y la concepción de matrimonio a la cual se aferran no son provocados por estas minorías. Esta es además una insinuación estigmatizante, la cual convoca a la violencia y la discriminación en contra de estas minorías. Son palabras de confrontación que contradicen la prédica de amor e inclusión del Jesús evangélico.

Dice usted además cosas que, de tan desatinadas, resultan muy llamativas. Por ejemplo, esta frase suya: “…es necesario marcar la diferencia entre la tendencia homosexual como fenómeno privado y el mismo como conducta pública”. Es una frase oscura y confusa que se presta a variedad de interpretaciones. Una posibilidad es que haga referencia a la práctica homoerótica. De ser ese el caso, estaríamos entrando en el terreno del absurdo total ya que, hasta donde se sabe, estas minorías jamás han reivindicado el “derecho” a tener sexo en público. Ahora, que si de lo que se trata es de impedir que las personas homosexuales hagamos pública nuestra condición de tal, entonces estaríamos en presencia de un llamado a la violación de principios constitucionales fundamentales, relativos a la libertad de expresión.

Otro detalle: el tipo de unión matrimonial al que ustedes hacen referencia, y la correspondiente forma de familia, no tienen nada de “natural”, según lo que la oficialidad de la iglesia sustenta y usted claramente sugiere en su nota. Es preocupante que las jerarquías católicas aún no lo sepan. La propia Biblia lo ilustra, puesto que en ella abundan las historias de poligamia, no siendo claro por qué ustedes insisten en darle validez eterna a algunos contenidos de ese libro (particularmente aquellos que dan material para alimentar el odio en contra de las minorías sexualmente diversas), mientras ignoran a conveniencia algunos otros que resultan menos propicios a la ideología que ustedes defienden.

La Biblia es sin duda un libro complejo, cuya exégesis demanda mucho estudio y cuyas posibilidades de lectura e interpretación son variadas. De ahí es posible extraer justificaciones que promuevan la confrontación, al alimentar el odio en contra de algunas personas, en especial las que son sexualmente diversas. Pero también ese libro podría dar razones para propiciar el abrazo amoroso, que será tal solo si es respetuoso de lo diverso que hay en el género humano. Es muy deplorable que –incluso en desmedro de lo dicho por el Papa Francisco- usted privilegie lo primero por sobre lo segundo.



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LA CARTA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO



La Iglesia no discrimina

+ José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo Metropolitano

Cada vez que reaparece en la agenda política un nuevo intento de reconocimiento legal  de  uniones entre personas del mismo sexo, de oficio, en el debate social, algunos sectores defensores de dicho otorgamiento jurídico, enfilan sus baterías de desprestigio y descalificación a quienes les adversen, incluyendo claro está, a  la Iglesia Católica.

Algunos Medios de Comunicación, además de insistir, invariablemente,  sobre el tema en cuestión, estimulan un ambiente de confrontación  que no contribuye, para nada, a formar la opinión pública con criterios claros, sobre la base de principios éticos y en beneficio del bien común. Por lo general, sus enfoques alineados con la causa, invocan argumentos como el principio de igualdad y la no discriminación de las personas, haciendo aparecer a quienes los adversan como conservadores, fundamentalistas religiosos y homofóbicos.

No falta quien, presente dichos proyectos, en apariencia inofensivos, como una decisión que únicamente se limita a legalizar una realidad que no implica, necesariamente, un acto injusto para nadie.

Siempre hemos insistido, fundamentados en el magisterio de la Iglesia, en que los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser igualmente acogidos y respetados, atendiendo a sus necesidades espirituales, evitando todo signo de discriminación injusta. 

En el plano pastoral, “Indudablemente”, estas personas deben ser sostenidas en la esperanza. Como nos recuerda la Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales ( n. 10 1986) : "Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos merecen la condena de los Pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen". 

Esta posición no nos lleva a ignorar el hecho que es necesario marcar la diferencia entre la tendencia homosexual como fenómeno privado y el mismo como conducta pública, legalmente aprobada, convertida y promovida como una institución de ordenamiento jurídico en claro detrimento de la institución matrimonial y la familia como tal. En otras palabras, el respeto hacia las personas homosexuales no incluye la legalización de las uniones entre personas del mismo sexo. 

La unión del hombre y la mujer está inscrita en la misma naturaleza humana que así  sabiamente lo establece. Es sobre esta unión que se construye la familia, cuyo valor permanente para la sociedad y el ser humano; es innegable,  debe ser defendida de toda amenaza que ponga en peligro su solidez y existencia; en consecuencia, es una obligación básica del Estado la protección jurídica de la institución familiar, que como tal existe antes que el Estado, y no actuar arbitrariamente contra ésta, negando su deber por cálculos políticos o compromisos con los grupos activistas.

El tema debe debatirse seriamente, presentando argumentos racionales, una auténtica antropología y seguridad jurídica. Los argumentos meramente emotivos y de ánimos exaltados, solo conduce a una sociedad sin futuro.

Como Iglesia rechazamos cualquier iniciativa o acción que ultraje  la dignidad de toda persona, y seguiremos promoviendo el amor y comprensión hacia todos. Pero, asimismo, seremos coherentes  en la defensa de valores permanentes, entre ellos el matrimonio heterosexual, base de la familia. Invito al pueblo de Dios, para que siguiendo fielmente al único Maestro, no se deje confundir cuando le dicen que las sociedades de convivencia responden solo al reconocimiento de derechos patrimoniales.